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Texto:
Ruth Bautista
Religión. Fanatismo. Cielo. Infierno. Dios. Demonios.
Calvario. Tortura. Infancia. Familia. Manipulación.
Camino
es la senda por la que Fesser nos lleva hacia todos estos conceptos.
Y alguno más. Película desorbitada, desbordante. Un camino a ninguna
parte. Contra la pared. Retrato de una sociedad conocida, resultado
de una evolución imposible del pueblo que a lo largo de sus siglos
más lejos ha llevado el integrismo religioso.
La película es un reflejo de la filosofía retorcida
instalada siglos atrás por la jerarquía religiosa católica como
método de manipulación de las masas, que aún pervive en algunos
sectores sociales: El placer conduce al infierno (al sufrimiento
eterno), y el sufrimiento al cielo (al placer eterno). Pura teoría
masoquista. Y eso que Fesser ha preferido no tocar el más extendido
de los conceptos católicos: la culpa.
El film está inspirado por hechos reales, el desarrollo de
un cáncer que acabó con la vida de una niña de 14 años en el año
1985, actualmente en proceso de beatificación. Como no podía ser de
otro modo, la película es asfixiante. Si no fuera suficiente tortura
la evolución de la propia enfermedad y sobre todo del tratamiento
médico (que Fesser muestra sin piedad), a todo ello se une el
delirio religioso de una familia, perteneciente a la “Obra de
Dios”, encarnado en una madre que ve como un regalo del cielo el
calvario de su hija, pues la acerca a Jesús. Educación castrante que
esta madre ha trasmitido a sus hijas, la pequeña Camino, y la mayor
Nuria, numeraria auxiliadora de la Obra.
Ya en anteriores ocasiones Fesser ha demostrado su mirada
inteligente, exuberante, desproporcionada y plagada de un humor que
no sabe dejar de lado. Desde los primeros cortos, como el
Secdleto de la Tlompeta (1995), sus largos El milagro de P.
Tinto (1998) y La gran aventura de Mortadelo y Filemón
(2003) o su posterior mediometraje Binta y la gran idea
(2004) donde, a cargo de UNICEF, asestaba una bofetada al
acomodamiento del primer mundo frente al llamado tercero. El humor
es parte de la vida, y de la tragedia, y está muy presente en
Camino. Lástima que en esta película el humor se vuelve negro y
más de una carcajada, inevitable, esconde un grito de descarga de
tensión, de dolor, de agobio...
La luz entre tanta oscuridad la pone el personaje de
Camino, su vitalidad y alegría. Fesser demuestra tener una magnífica
mano para la dirección de actores. Muy plausible el trabajo de la
niña Nerea Camacho (que en un prejuicio impropio considerábamos
“demasiado bella”, siendo como es una pequeña Laetitia Casta). Logra
dar vida a una feliz Camino, proporcionando un respiro constante a
la angustia de la historia. Como una gota de agua, Manuela Vellés es
perfecta para interpretar a su hermana Nuria, demostrando una
asombrosa versatilidad con este personaje. Mención aparte merecen
Carme Elías y Mariano Venancio, en el papel de padres de las
desgraciadas, quienes logran dar credibilidad a unos personajes de
psiquiátrico.
A pesar del aplauso prolongado que suscitó al final de su
proyección en San Sebastián, yo abandoné la sala sin saber muy bien
si la película me había gustado o no. Con la impresión de que Fesser
escondía muchos dobleces y segundas intenciones que nos habían
pasado desapercibidos. Pero sobre todo, con la desagradable
sensación de que se nos había sometido a una larga tortura. La
película dura dos horas y media, y posiblemente más de la mitad de
su duración es de una brutalidad psicológica que prácticamente la
convierte en una película de terror. Y mi sensibilidad personal
hubiese agradecido un recorte importante en el metraje.
Es con el paso de los días cuando estoy empezando a disipar
dudas y valorar la película. Mucho me temo que me pasará como con
los 30 minutos de Binta, que desde hace años, no consigo
sacármela de la cabeza.
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