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Texto:
Bálder Montesinos
Colin Farrell y Ewan McGregor son aquí dos inseparables
hermanos de humilde familia irlandesa en Londres. Mientras el
primero es un atolondrado ludópata, el segundo es avispado,
ambicioso y egoísta. Nos los encontramos ensalivando cual perros de
Pavlov ante el barquito de
6.000 libras que quieren comprar para compartir juergas de chavalas y cerveza. A
partir de ese momento sus objetivos y destinos comenzarán a
evolucionar de un modo insospechado y frenético.
Nadie negará que resulta gratificante alguien que escribe y
filma dos largometrajes por año y siempre tiene algo que proponer,
sea con mayor o menor acierto. Cassandra’s dream es una
película interesante, intensa y entretenida que busca en todo
momento provocar debate, interno o conversado, dejando espacio al
espectador para generar opinión propia. Una vuelta de tuerca más a
la obsesión acrecentada de Allen acerca del Bien y el Mal, la
existencia necesaria o no del castigo y si el Destino es fabricado
por sus propios usufructuarios o existe el Azar. Propuesta que
podría haber sido quizá memorable si no tuviese el lastre de que ya
existe anteriormente Match Point, filme que a su vez se
resentía de la existencia anterior de Delitos y faltas. A
diferencia de lo que ocurre entre estas dos, al menos sí se da en
esta última un cambio al rubricar la tesis. Pero aparte del
inevitable aroma a auto-plagio o repetición, también adolece del
defecto frecuente del director de alargar guiones propios de
mediometraje al tamaño de un largo insistiendo en la misma idea.
Esto tiene el inconveniente de la reiteración redundante (valga la
redundancia), y la virtud de la visión caleidoscópica y multiangular
de un problema. Vamos, que el amigo Woody muestra el defecto
compulsivo de exprimir y dar vueltas a un mismo pensamiento hasta
que cree asegurado que no ofrece más caras explorables. Que los
obsesivos e inseguros ejerzamos y necesitemos este tipo de terapia
no quiere decir que el resto también. Y que muchos lo pasemos “pipa”
con exhaustivas disquisiciones sobre un mismo punto no garantiza la
diversión del resto de personas menos “tocadas”.
Farell y McGregor aprueban con eficaz solvencia el reto
interpretativo pero sin llegar nunca a la excelencia ni a lo
inolvidable. El estilo dialoguista del cineasta, primando la idea
sobre la verosimilitud, tampoco es de mucha ayuda en un drama, pero
no olvidemos que con él otros (y sobre todo otras) alcanzaron antaño
excelsas cimas.
La música escrita al efecto por Philip Glass es un perfecto
ejemplo de ese tipo de bandas sonoras que uno nunca compraría para
escuchar “a palo seco” en su cadena pero que cumple perfectamente su
función en el conjunto, aportando inquietud y tensión en aquellas
partes donde lo puramente narrativo no ofrecería esa intuición
premonitoria. Lo que se traduce como una estupenda banda sonora y un
menos sugerente disco.
HASTA AQUÍ PARA IMPACIENTES.
Se insiste mucho en la tibia influencia que tiene Bergman
sobre Allen y muy poco en la flagrante de Dostoyevski y Fritz Lang.
Tan sólo sin la enorme sombra de dos de las obras de éstos,
Crimen y castigo y Perversidad, no se hubieran
dado sus dramas de estos últimos diez años. Y jugando ostentosamente
con la idea de la perversión y la culpabilidad cuando él mismo fue
acusado de abusar de una hija, asume de algún modo no el tono pero
sí el valiente espíritu auto-vergonzante de Memorias del subsuelo.
Sólo que en su caso con las dosis de ironía justas para incitar a
ambigua duda (en la genial Desmontando a Harry riza el rizo
en este sentido juntando al hijo con putas y acostándose con una
jovencita oriental)
En realidad lo que comparte con Bergman (o Kierkegaard, o
Unamuno, o Buñuel) es la necesidad de niño asustado de gritar a los
cuatro vientos que se es ateo, tentando con esta provocación que
Dios se les aparezca de una vez y les tranquilice disuadiéndoles de
su convicción contraria. Incluso la presuntamente temible ira divina
les aliviaría así de su soledad existencial y angustia. Poco a poco
se va intuyendo cada vez más fuerte este grito en el director
neoyorquino, implementando su moralismo a su pesar. Un verdadero
ateo no siente la necesidad de expresarlo constantemente incitando
que alguien entre al trapo y le demuestre estar equivocado. Aquí
Woody se atormenta como pocas veces, parapetado tras cruel ironía.
Ocurre que se envejece, y
la Nada deja de
verse tan lejana como antaño. Entonces, se quiera o no, se siente la
necesidad de “Dios”, de buscar trascendencia y sentido como se
buscaba el sexo en los años de potencia y plenitud. Máxime si, como
es el caso, siendo hipocondríaco, la presencia de la Muerte nunca se
ha sentido muy lejana. Lo que le ocurre a la trayectoria de Allen no
es una novedad mundial ni histórica. Nietzsche, adalid del vitalismo
egoísta, adelantó su final recibiendo latigazos de un cochero por
proteger a un caballo que estaba siendo maltratado; y el dandi
elegante y conspicuo Oscar Wilde acabó “apurando hasta las heces el
cáliz del dolor” escribiendo epístolas a sus conocidos sobre el
verdadero Amor y el ejemplo de Cristo. Me niego a burlarme hasta que
no sienta próximo mi propio finiquito.
Sorprendentemente, el creador de Toma el dinero y corre
(muy divertida) ha acabado con los años deviniendo en un bisturí
del globo capitalista sin nada que envidiar a Ken Loach. Mientras
que el británico se centra en la denuncia ideológica de causas y
efectos sociales, el estadounidense desmenuza sin posicionarse los
recovecos del alma que llevan a cada uno a convertirse en un
depredador sin empatía. De todos modos, en Cassandra’s dream
no incide lo suficiente en esa línea del modo obvio que a mí me
habría gustado.
HASTA AQUÍ PARA PACIENTES
El modo obvio que me habría gustado: el barquito no ofrece
mayor diversión que un parque, ni nada que no se pueda hacer en éste
si al final la chispa la ponen las chicas y la cerveza (de lo
contrario es un rollo impepinable); un Jaguar se acaba comiendo los
mismos atascos que el Ford Fiesta; los
300 m2 de piso
sobran cuando se llega cansado de hacer el trepa y se acaba tirado
en el sillón haciendo “zapping”; el televisor de plasma de 3.000 €
emite las mismas paridas que uno de 100; una mujer u hombre sexy
tras el orgasmo no son sino cuerpos en la cama empapados del sudor y
babas propias; los columpios del jardín acumulan polvo mientras los
niños pasan el día en el Liceo Francés; las piscinas son un triste
foso de hojas nueve de los doce meses del año; un Chateau Petrus a
solas o entre idiotas sabe peor que un Viña Alcorta con amigos de
juventud…
El dominio y reducción de los deseos que pregonasen
Confucio, Buda o los estoicos es finalmente una consecución nada
difícil. No saber controlar la esclavitud destructora y
autodestructiva que provocan las chorradas no es cuestión del
carácter de uno, sino de tener inteligencia o no tenerla.
HASTA AQUÍ
PARA CURIOSOS
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