música          cine          libros y comics          hemeroteca          contraportada
                en pantalla     dvd     especiales     series tv

 

 

CASSANDRA'S DREAM
Una película de Woody Allen

Interpretada por:
Ewan McGregor, Colin Farrell, Hayley Atwell, Sally Hawkins, Tom Wilkinson…

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Colin Farrell y Ewan McGregor son aquí dos inseparables hermanos de humilde familia irlandesa en Londres. Mientras el primero es un atolondrado ludópata, el segundo es avispado, ambicioso y egoísta. Nos los encontramos ensalivando cual perros de Pavlov ante el barquito de 6.000 libras que quieren comprar para compartir juergas de chavalas y cerveza. A partir de ese momento sus objetivos y destinos comenzarán a evolucionar de un modo insospechado y frenético.

 

Nadie negará que resulta gratificante alguien que escribe y filma dos largometrajes por año y siempre tiene algo que proponer, sea con mayor o menor acierto. Cassandra’s dream es una película interesante, intensa y entretenida que busca en todo momento provocar debate, interno o conversado, dejando espacio al espectador para generar opinión propia. Una vuelta de tuerca más a la obsesión acrecentada de Allen acerca del Bien y el Mal, la existencia necesaria o no del castigo y si el Destino es fabricado por sus propios usufructuarios o existe el Azar. Propuesta que podría haber sido quizá memorable si no tuviese el lastre de que ya existe anteriormente Match Point, filme que a su vez se resentía de la existencia anterior de Delitos y faltas. A diferencia de lo que ocurre entre estas dos, al menos sí se da en esta última un cambio al rubricar la tesis. Pero aparte del inevitable aroma a auto-plagio o repetición, también adolece del defecto frecuente del director de alargar guiones propios de mediometraje al tamaño de un largo insistiendo en la misma idea. Esto tiene el inconveniente de la reiteración redundante (valga la redundancia), y la virtud de la visión caleidoscópica y multiangular de un problema. Vamos, que el amigo Woody muestra el defecto compulsivo de exprimir y dar vueltas a un mismo pensamiento hasta que cree asegurado que no ofrece más caras explorables. Que los obsesivos e inseguros ejerzamos y necesitemos este tipo de terapia no quiere decir que el resto también. Y que muchos lo pasemos “pipa” con exhaustivas disquisiciones sobre un mismo punto no garantiza la diversión del resto de personas menos “tocadas”.

 

Farell y McGregor aprueban con eficaz solvencia el reto interpretativo pero sin llegar nunca a la excelencia ni a lo inolvidable. El estilo dialoguista del cineasta, primando la idea sobre la verosimilitud, tampoco es de mucha ayuda en un drama, pero no olvidemos que con él otros (y sobre todo otras) alcanzaron antaño excelsas cimas.

 

La música escrita al efecto por Philip Glass es un perfecto ejemplo de ese tipo de bandas sonoras que uno nunca compraría para escuchar “a palo seco” en su cadena pero que cumple perfectamente su función en el conjunto, aportando inquietud y tensión en aquellas partes donde lo puramente narrativo no ofrecería esa intuición premonitoria. Lo que se traduce como una estupenda banda sonora y un menos sugerente disco.

HASTA AQUÍ PARA IMPACIENTES.

 

Se insiste mucho en la tibia influencia que tiene Bergman sobre Allen y muy poco en la flagrante de Dostoyevski y Fritz Lang. Tan sólo sin la enorme sombra de dos de las obras de éstos, Crimen y castigo y Perversidad, no se hubieran dado sus dramas de estos últimos diez años. Y jugando ostentosamente con la idea de la perversión y la culpabilidad cuando él mismo fue acusado de abusar de una hija, asume de algún modo no el tono pero sí el valiente espíritu auto-vergonzante de Memorias del subsuelo. Sólo que en su caso con las dosis de ironía justas para incitar a ambigua duda (en la genial Desmontando a Harry riza el rizo en este sentido juntando al hijo con putas y acostándose con una jovencita oriental)

 

En realidad lo que comparte con Bergman (o Kierkegaard, o Unamuno, o Buñuel) es la necesidad de niño asustado de gritar a los cuatro vientos que se es ateo, tentando con esta provocación que Dios se les aparezca de una vez y les tranquilice disuadiéndoles de su convicción contraria. Incluso la presuntamente temible ira divina les aliviaría así de su soledad existencial y angustia. Poco a poco se va intuyendo cada vez más fuerte este grito en el director neoyorquino, implementando su moralismo a su pesar. Un verdadero ateo no siente la necesidad de expresarlo constantemente incitando que alguien entre al trapo y le demuestre estar equivocado. Aquí Woody se atormenta como pocas veces, parapetado tras cruel ironía.

 

Ocurre que se envejece, y la Nada deja de verse tan lejana como antaño. Entonces, se quiera o no, se siente la necesidad de “Dios”, de buscar trascendencia y sentido como se buscaba el sexo en los años de potencia y plenitud. Máxime si, como es el caso, siendo hipocondríaco, la presencia de la Muerte nunca se ha sentido muy lejana. Lo que le ocurre a la trayectoria de Allen no es una novedad mundial ni histórica. Nietzsche, adalid del vitalismo egoísta, adelantó su final recibiendo latigazos de un cochero por proteger a un caballo que estaba siendo maltratado; y el dandi elegante y conspicuo Oscar Wilde acabó “apurando hasta las heces el cáliz del dolor” escribiendo epístolas a sus conocidos sobre el verdadero Amor y el ejemplo de Cristo. Me niego a burlarme hasta que no sienta próximo mi propio finiquito.

 

Sorprendentemente, el creador de Toma el dinero y corre (muy divertida) ha acabado con los años deviniendo en un bisturí del globo capitalista sin nada que envidiar a Ken Loach. Mientras que el británico se centra en la denuncia ideológica de causas y efectos sociales, el estadounidense desmenuza sin posicionarse los recovecos del alma que llevan a cada uno a convertirse en un depredador sin empatía. De todos modos, en Cassandra’s dream no incide lo suficiente en esa línea del modo obvio que a mí me habría gustado.

HASTA AQUÍ PARA PACIENTES

 

El modo obvio que me habría gustado: el barquito no ofrece mayor diversión que un parque, ni nada que no se pueda hacer en éste si al final la chispa la ponen las chicas y la cerveza (de lo contrario es un rollo impepinable); un Jaguar se acaba comiendo los mismos atascos que el Ford Fiesta; los 300 m2 de piso sobran cuando se llega cansado de hacer el trepa y se acaba tirado en el sillón haciendo “zapping”; el televisor de plasma de 3.000 € emite las mismas paridas que uno de 100; una mujer u hombre sexy tras el orgasmo no son sino cuerpos en la cama empapados del sudor y babas propias; los columpios del jardín acumulan polvo mientras los niños pasan el día en el Liceo Francés; las piscinas son un triste foso de hojas nueve de los doce meses del año; un Chateau Petrus a solas o entre idiotas sabe peor que un Viña Alcorta con amigos de juventud…

 

El dominio y reducción de los deseos que pregonasen Confucio, Buda o los estoicos es finalmente una consecución nada difícil. No saber controlar la esclavitud destructora y autodestructiva que provocan las chorradas no es cuestión del carácter de uno, sino de tener inteligencia o no tenerla.

HASTA AQUÍ PARA CURIOSOS

 

 

Derechos Reservados Octubre 2005 © www.plataforma21.com e-mail: contacto@plataforma21.com