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Texto: Bálder Montesinos
Una adolescente argentina, superficialmente feliz (pero
feliz al fin y al cabo) en su familia conservadora y su entorno de
policías y militares, es literalmente raptada un día por los agentes
de un juez. Éste le comunica que sus verdaderos padres están
desaparecidos y que los que cree suyos probablemente no sean
inocentes.
Esta historia, basada en varias verídicas, fue de aquellas
noticias que cuando la escuchábamos hace años en un telediario
pensamos: "Qué buena película se puede hacer de esto". Y ya antes de
ésta se hizo una, La historia Oficial. Mientras que en la más
antigua el punto de vista era el de Norma Aleandro haciendo de madre
impostora que desconocía el verdadero origen de su hija, en
Cautiva regresamos a hechos casi idénticos pero desde la
perspectiva de la propia cría. Me gusta más el enfoque de la
primera, porque el viaje de transformación personal de una profesora
convencidamente derechista siempre tiene más miga que el de una
jovencita que nunca se había planteado estas cuestiones.
Todo aquí es predecible y tiene un interés puramente
documental muy superior al artístico. Aún así, el innegable gancho
humano y político de lo narrado funciona para evitar el aburrimiento
y lograr un entretenido producto de difusión histórica sobre un
momento muy oscuro de la humanidad. No hay brillantez, y echamos de
menos un Costa-Gravas que, como en Missing, cuente lo que
pasó en Chile dejando recuerdo indeleble en la memoria, perforando
la barrera de las emociones y quemándonos con la pantalla. Algo que
más tarde también consiguieron las argentinas La noche de los
lápices y Garage Olimpo, probablemente las dos películas
más espeluznantes que se hayan rodado jamás. Dos filmes que
consiguen, sin inventar ni exagerar nada que no se haya demostrado
cierto, que La lista de Schindler parezca un estético cuento
de hadas. Resultaban mil veces más aterradoras que los efectos
especiales de zombis o fantasmas, porque a diferencia de estos, los
fascistas viven y votan en nuestra misma comunidad de vecinos, y
aquellos martirios se daban no en lejanos tiempos, sino mientras
veíamos los partidos del Mundial Argentina 78 (Se están dando ahora
mismo en otros lugares, mientras lees esto). Cautiva no podía
alcanzar tanto horror ni aunque se lo hubiera propuesto, pues aborda
únicamente la punta del iceberg de los desmanes cometidos, la parte
más digerible, aunque no por ello menos indignante. Pero a los
incondicionales del espanto, tranquilizarles, porque sí van a
encontrar su pequeña ración.
Los tontorrones de siempre o los listos que siempre se
hacen los tontos protestarán que por qué se siguen haciendo
películas sobre una dictadura que acabó hace 24 años. Les doy gratis
alguna razón:
1) Los que cometieron estos crímenes concretos no sólo
siguen vivitos y coleando, sino en libertad y quemando sus millones
con ostentación en un país sumido en la recuperación económica.
2) Los que promovieron directamente aquella dictadura desde
Washington, colegas de Kissinger y Carter, siguen teniendo gran
influencia en los dos partidos, republicano y demócrata, que siguen
dirigiendo al mundo y a nuestros gobiernos con idéntica estrategia y
modos (encomiable la valentía de la película para que esto quede
claro)
3) A día de hoy todavía hay 70 casos de jóvenes como la
protagonista que aún no han sido identificados, y habrán hecho sus
carreras en universidades privadas católicas diciendo "se lo
merecían por boludos" al ver en documentales los cadáveres de sus
padres.
4) Mientras sigan viviendo la mayoría de las madres de
33.000 jóvenes que fueron torturados y arrojados vivos al mar por
pertenecer a clubs universitarios de izquierda, no servirá el
esfuerzo ni de cien telebasuras para acallar sus voces o sus dedos
señalando.
Hace pocos años el presidente del gobierno anterior
promovió, sin tener en cuenta ni a las Cortes, la participación
activa en una invasión criminal de saqueo petrolífero. La mitad de
la gente creyó o quiso creer sus argumentos, y la otra mitad
SABÍAMOS que era mentira (Como a Fagor, el tiempo nos da la razón).
¿Cuál era la diferencia entre unos y otros? Entre mil motivos más,
seguro que los que lo sabíamos éramos los "espectadores como usted"
de Erquicia, esa parte de la población que ve de vez en cuando
documentales o películas de esta índole y tiene más versiones del
"nuevo orden mundial" que la hollywoodiense.
Ver una
película es un abanico infinito de posibilidades que desconoce el
80% de la gente que va al cine. Personas para las que esto se limita
a que la sociedad anónima Disney les cuente siempre el mismo cuento
de "pe" a "pa", haciendo que el amigo tontorrón y graciosín -casi
siempre doblado aleatoriamente por un actor negro o hispano- sea
sucesivamente un pez, un jabalí, un burro o un robot. Los niños de
la guardería de mi barrio habrían detectado antes el engaño.
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