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Texto: Nacho Silván
Deliciosas
palabras
Como por casualidad, un pintor que regresa a su pueblo
natal para instalarse y olvidarse de París durante una temporada
encuentra en un casi olvidado compañero de colegio a la persona
idónea para encargarse del jardín. Algo así ha pasado también con
Conversaciones con mi jardinero; la cartelera y los habituales
del cine en versión original se han ido encontrando por azar con una
película que habla de todo y de casi nada. Sencilla y a la vez
compleja. Una obra que ha ido permaneciendo en la cartelera gracias
al boca a boca y que ya es uno de los hallazgos del año que acaba.
El cine francés nos trae una buena cantidad de títulos cada
temporada. La mayoría de las veces se trata de películas bien
hechas. Sin embargo, pocas veces me llegan tanto como esta. En
Conversaciones con mi jardinero encontramos el buen hacer de un
director veterano y sobrio como Jean Becker que ha sabido poner el
foco en lo que de verdad importaba: los diálogos entre el dúo
protagonista del film. Al parecer, el primer gran mérito de Becker
fue adaptar el libro de Henri Cueco en el que se basa la película y
darle el mismo protagonismo a los dos personajes principales. Yo no
he leído a Cueco, pero parece claro que la adaptación de su obra ha
sido brillante y, sobre todo, efectiva.
Porque, como dice su propio título, lo mejor de la película
es el intercambio de ideas y palabras entre el pintor y su
jardinero. Salieron del mismo sitio y, casi 40 años después, se
encuentran en posiciones aparentemente muy distantes. Especialmente
memorable es el personaje del jardinero, ferroviario retirado, que
con su aparente ingenuidad hará recuperar a su adinerado amigo el
gusto por las cosas sencillas, el placer por ver crecer la huerta y,
sobre todo, le hará replantearse toda su filosofía de vida.
Claro está que la correcta puesta en escena y los
brillantes diálogos servirían de poco si Becker no hubiera contado
con dos actores a la altura de la película. El pintor es Daniel
Auteuil, a quien hemos visto en muchos de los éxitos del cine galo
de los últimos 20 años; el jardinero, Jean Pierre Darrousin,
inolvidable en cualquiera de las películas de Robert Guédiguian en
su querida Marsella. Ambos no sólo están en el nivel de lo esperado
sino que sostienen el film en aquellos momentos complicados en los
que parece que apenas pasa nada. Pero en Conversaciones con mi
jardinero, como en la vida, pasan cosas hasta cuando parece que
nada ocurre.
Habrá a quien le parezca una obra un tanto lenta y cercana
a una pieza teatral (apenas hay acción ni tan siquiera música) o
quien se sienta decepcionado por el final. Sin embargo, en la
mayoría de los casos esta película gustará a casi todos sin caer en
la sensiblería y nos recordará cómo es posible hacer gran cine sin
aires de grandeza. Llegar muy dentro sin apenas moverse. Emocionar
sin efectos especiales. Hacer pensar y tocar un sinfín de temas de
forma natural. Asistir, en suma, a una conversación de casi dos
horas que es una delicia. |