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CONVERSACIONES CON MI JARDINERO
Una película de
Jean Becker
Interpretada por:
Daniel Auteuil, Jean Pierre Darrousin

 

 

 

Texto: Nacho Silván

 

Deliciosas palabras 

 

Como por casualidad, un pintor que regresa a su pueblo natal para instalarse y olvidarse de París durante una temporada encuentra en un casi olvidado compañero de colegio a la persona idónea para encargarse del jardín. Algo así ha pasado también con Conversaciones con mi jardinero; la cartelera y los habituales del cine en versión original se han ido encontrando por azar con una película que habla de todo y de casi nada. Sencilla y a la vez compleja. Una obra que ha ido permaneciendo en la cartelera gracias al boca a boca y que ya es uno de los hallazgos del año que acaba.

 

El cine francés nos trae una buena cantidad de títulos cada temporada. La mayoría de las veces se trata de películas bien hechas. Sin embargo, pocas veces me llegan tanto como esta. En Conversaciones con mi jardinero encontramos el buen hacer de un director veterano y sobrio como Jean Becker que ha sabido poner el foco en lo que de verdad importaba: los diálogos entre el dúo protagonista del film. Al parecer, el primer gran mérito de Becker fue adaptar el libro de Henri Cueco en el que se basa la película y darle el mismo protagonismo a los dos personajes principales. Yo no he leído a Cueco, pero parece claro que la adaptación de su obra ha sido brillante y, sobre todo, efectiva.

 

Porque, como dice su propio título, lo mejor de la película es el intercambio de ideas y palabras entre el pintor y su jardinero. Salieron del mismo sitio y, casi 40 años después, se encuentran en posiciones aparentemente muy distantes. Especialmente memorable es el personaje del jardinero, ferroviario retirado, que con su aparente ingenuidad hará recuperar a su adinerado amigo el gusto por las cosas sencillas, el placer por ver crecer la huerta y, sobre todo, le hará replantearse toda su filosofía de vida.

 

Claro está que la correcta puesta en escena y los brillantes diálogos servirían de poco si Becker no hubiera contado con dos actores a la altura de la película. El pintor es Daniel Auteuil, a quien hemos visto en muchos de los éxitos del cine galo de los últimos 20 años; el jardinero, Jean Pierre Darrousin, inolvidable en cualquiera de las películas de Robert Guédiguian en su querida Marsella. Ambos no sólo están en el nivel de lo esperado sino que sostienen el film en aquellos momentos complicados en los que parece que apenas pasa nada. Pero en Conversaciones con mi jardinero, como en la vida, pasan cosas hasta cuando parece que nada ocurre.

 

Habrá a quien le parezca una obra un tanto lenta y cercana a una pieza teatral (apenas hay acción ni tan siquiera música) o quien se sienta decepcionado por el final. Sin embargo, en la mayoría de los casos esta película gustará a casi todos sin caer en la sensiblería y nos recordará cómo es posible hacer gran cine sin aires de grandeza. Llegar muy dentro sin apenas moverse. Emocionar sin efectos especiales. Hacer pensar y  tocar un sinfín de temas de forma natural. Asistir, en suma, a una conversación de casi dos horas que es una delicia.

 

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