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Texto: Bálder Montesinos
Gratísima sorpresa. Uno se sienta escéptico delante de esta
película, esperando la típica historia bienintencionada de redención
carcelaria e inserción social al estilo programa "El coro de la
cárcel". Y en su lugar se da de bruces con algo impactante, de una
intensidad excepcional. Ya la primera secuencia donde se presenta
con sólo un leve movimiento de cámara una situación tétrica de la
muchacha en su celda, es un aviso de que estamos ante un producto de
calidad.
En meses de estreno de estupendos dramas, Cuatro minutos
brilla con luz propia por esa capacidad de despiste que tiene cuando
uno cree que la ha visto antes de verla. El ritmo narrativo, sin
apresurarse, no da tregua y uno brinca en las dosificadas catarsis
(negativas y positivas) porque la tensión emocional provocada halla
su salida de modo natural. Ni siquiera es empañada por una parte
final donde se acentúan esos pequeños golpes de efecto y guiños
comerciales que salpican sutilmente (sin mojar) todo el rodaje.
Entrado uno en vereda los primeros 70 minutos (¡y cómo!), a esas
alturas se perdona ya todo. Porque, bien analizado, el desenlace en
su esencia no deja de ser sobrecogedor e inquietante, como el resto
de la trama.
Hallamos en Chris Kraus un pequeño tramposo y un gran
cineasta, con voz y mirada propias sin dejar de ser "potable" por
todo tipo de bocas. Alguien que transmite y contagia auténtica rabia
contenida. Le apoyan dos actrices sensacionales, a cuál mejor, la
veterana Mónica Bleibtreu y la novel Hannah Herzsprung. Sus
personajes nos suenan conocidos de películas similares, pero el
tratamiento que le dan ambas y su forma de interactuar es inédita.
Añadamos una banda sonora espectacular y distinta donde reuniendo a
Mozart y Schumann con rock turco, se inventan dos fotogénicos modos,
sin precedentes que conozca, de tocar el piano. Y por no faltarle
nada, Cuatro minutos se presenta tras uno de los mejores
carteles cinematográficos que recuerdo, que además no traiciona la
esencia del film. Difícil ofrecer más en menos tiempo. Me mojo y
arriesgo: va a ser un éxito de crítica y público como La vida de
los otros; probablemente nominada al oscar a la mejor película
extranjera, si no recibe antes varios premios europeos. Porque
siendo nada grata de ver acabará gustando a todos con su
inconfundible regusto de buen cine.
Nada de moralinas, sensiblerías, ideología pro-asistencial,
redenciones ni superaciones personales; aquí no hay buenos y mucho
menos malos, pero todos hacen de la vida del de al lado crudo
infierno. Tampoco énfasis de denuncia social innecesaria; el
mantenimiento de atestadas cárceles ya es en sí mismo suficiente
lacra para cualquier estado ante miradas de buena fe. Hombres y
mujeres hacinados y degradados, la inmensa mayoría (sobre todo
ellas) por los llamados "delitos contra la salud pública" (léase
tráfico de drogas). Que sepamos, el que toma droga deslegalizada
(incluidos jueces y legisladores) lo hace porque quiere, mayor o
menor de edad. Nadie les pone una pistola. Los chicos de 16 años son
considerados menores para votar o decidir sobre si quieren chutarse,
pero no para fumar, emborracharse, correr un encierro patronal,
enrolarse en un ejército o ser llevados a una prisión de adultos. La
información negativa y alarmista sobre la drogadicción rebosa, y
hasta el suicidio es un derecho aunque no tenga reconocimiento
constitucional. El delito en pequeña escala, auténtico incordio para
el monopolio de las mafias policiales, debiera llamarse con mayor
propiedad de "intento de ganar mucho dinero en poco tiempo",
filosofía que no debiera estar penada cuando se fomenta desde los
estudios y los padres (competitivos y no asociativos) pasando por
los medios de comunicación y la propaganda de ofertas laborales y
cursos. Pero Cuatro minutos respeta la inteligencia del
público, y obvia esto tanto como si la joven pianista es culpable o
inocente de lo que la mantiene presa. La tortura de 24 horas de la
vida de un recluso incluso en un país presuntamente civilizado como
Alemania es un desprestigio por sí sola sin subrayados.
En lugar de esto, aquí se habla del horror escondido tras
la corrección del que obedece a pies juntillas la ley; de la
incapacidad profunda de diálogo cuando alguien necesita ser
escuchado y el otro más; de las dañinas larvas psicológicas que se
ocultan tras el altruismo pedagógico; de cómo las personas buenas
pueden tornarse monstruos de un día para otro si las cosas salen
mal; de esa gratitud o arrepentimiento imposibles cuando el sujeto
siente miedo, de la cadena imparable del daño al prójimo (¡pasa la
bola y que no vuelva!), de si es más deplorable un rebelde violento
o un represor guardando formas. Con la tragedia de estas dos mujeres
machacadas nadamos ya en el tuétano de la miseria del Homo sapiens,
sin largas paradas en su cenagoso exterior ya conocido.
Por último, una consecución de gran director de actores y
de actriz descomunal que destripo y que por tanto no deberíais leer
hasta que no hayáis visto la peli (Id a verla, de verdad).
¿Ya? Bien,
entonces puedo seguir: Pese a que la muchacha hace lo imposible por
ser odiada. ¿Habéis sentido también ese irreprimible deseo de darle
el abrazo que se le niega todo el tiempo y suplica siempre con la
mirada? ¡Larga vida a Hannah Herzsprung! ¡Un brindis por este nuevo
cine alemán que no tiembla arrojando luz sobre la cara más oscura
del ser humano!... Y a ráfagas, sobre esa más noble que late tan
frágil.
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