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CUATRO MINUTOS
Una película de Chris Kraus

Interpretada por: Monica Bleibtreu, Hannah Herzsprung, Sven Pippig, Richy Müller, Jasmin Tabatabai, Stefan Kurt...

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Gratísima sorpresa. Uno se sienta escéptico delante de esta película, esperando la típica historia bienintencionada de redención carcelaria e inserción social al estilo programa "El coro de la cárcel". Y en su lugar se da de bruces con algo impactante, de una intensidad excepcional. Ya la primera secuencia donde se presenta con sólo un leve movimiento de cámara una situación tétrica de la muchacha en su celda, es un aviso de que estamos ante un producto de calidad.

 

En meses de estreno de estupendos dramas, Cuatro minutos brilla con luz propia por esa capacidad de despiste que tiene cuando uno cree que la ha visto antes de verla. El ritmo narrativo, sin apresurarse, no da tregua y uno brinca en las dosificadas catarsis (negativas y positivas) porque la tensión emocional provocada halla su salida de modo natural. Ni siquiera es empañada por una parte final donde se acentúan esos pequeños golpes de efecto y guiños comerciales que salpican sutilmente (sin mojar) todo el rodaje. Entrado uno en vereda los primeros 70 minutos (¡y cómo!), a esas alturas se perdona ya todo. Porque, bien analizado, el desenlace en su esencia no deja de ser sobrecogedor e inquietante, como el resto de la trama.

 

Hallamos en Chris Kraus un pequeño tramposo y un gran cineasta, con voz y mirada propias sin dejar de ser "potable" por todo tipo de bocas. Alguien que transmite y contagia auténtica rabia contenida. Le apoyan dos actrices sensacionales, a cuál mejor, la veterana Mónica Bleibtreu y la novel Hannah Herzsprung. Sus personajes nos suenan conocidos de películas similares, pero el tratamiento que le dan ambas y su forma de interactuar es inédita. Añadamos una banda sonora espectacular y distinta donde reuniendo a Mozart y Schumann con rock turco, se inventan dos fotogénicos modos, sin precedentes que conozca, de tocar el piano. Y por no faltarle nada, Cuatro minutos se presenta tras uno de los mejores carteles cinematográficos que recuerdo, que además no traiciona la esencia del film. Difícil ofrecer más en menos tiempo. Me mojo y arriesgo: va a ser un éxito de crítica y público como La vida de los otros; probablemente nominada al oscar a la mejor película extranjera, si no recibe antes varios premios europeos. Porque siendo nada grata de ver acabará gustando a todos con su inconfundible regusto de buen cine.

 

Nada de moralinas, sensiblerías, ideología pro-asistencial, redenciones ni superaciones personales; aquí no hay buenos y mucho menos malos, pero todos hacen de la vida del de al lado crudo infierno. Tampoco énfasis de denuncia social innecesaria; el mantenimiento de atestadas cárceles ya es en sí mismo suficiente lacra para cualquier estado ante miradas de buena fe. Hombres y mujeres hacinados y degradados, la inmensa mayoría (sobre todo ellas) por los llamados "delitos contra la salud pública" (léase tráfico de drogas). Que sepamos, el que toma droga deslegalizada (incluidos jueces y legisladores) lo hace porque quiere, mayor o menor de edad. Nadie les pone una pistola. Los chicos de 16 años son considerados menores para votar o decidir sobre si quieren chutarse, pero no para fumar, emborracharse, correr un encierro patronal, enrolarse en un ejército o ser llevados a una prisión de adultos. La información negativa y alarmista sobre la drogadicción rebosa, y hasta el suicidio es un derecho aunque no tenga reconocimiento constitucional. El delito en pequeña escala, auténtico incordio para el monopolio de las mafias policiales, debiera llamarse con mayor propiedad de "intento de ganar mucho dinero en poco tiempo", filosofía que no debiera estar penada cuando se fomenta desde los estudios y los padres (competitivos y no asociativos) pasando por los medios de comunicación y la propaganda de ofertas laborales y cursos. Pero Cuatro minutos respeta la inteligencia del público, y obvia esto tanto como si la joven pianista es culpable o inocente de lo que la mantiene presa. La tortura de 24 horas de la vida de un recluso incluso en un país presuntamente civilizado como Alemania es un desprestigio por sí sola sin subrayados.

 

En lugar de esto, aquí se habla del horror escondido tras la corrección del que obedece a pies juntillas la ley; de la incapacidad profunda de diálogo cuando alguien necesita ser escuchado y el otro más; de las dañinas larvas psicológicas que se ocultan tras el altruismo pedagógico; de cómo las personas buenas pueden tornarse monstruos de un día para otro si las cosas salen mal; de esa gratitud o arrepentimiento imposibles cuando el sujeto siente miedo, de la cadena imparable del daño al prójimo (¡pasa la bola y que no vuelva!), de si es más deplorable un rebelde violento o un represor guardando formas. Con la tragedia de estas dos mujeres machacadas nadamos ya en el tuétano de la miseria del Homo sapiens, sin largas paradas en su cenagoso exterior ya conocido.

 

Por último, una consecución de gran director de actores y de actriz descomunal que destripo y que por tanto no deberíais leer hasta que no hayáis visto la peli (Id a verla, de verdad).

 

¿Ya? Bien, entonces puedo seguir: Pese a que la muchacha hace lo imposible por ser odiada. ¿Habéis sentido también ese irreprimible deseo de darle el abrazo que se le niega todo el tiempo y suplica siempre con la mirada? ¡Larga vida a Hannah Herzsprung! ¡Un brindis por este nuevo cine alemán que no tiembla arrojando luz sobre la cara más oscura del ser humano!... Y a ráfagas, sobre esa más noble que late tan frágil.

 

 

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