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DÉJAME ENTRAR
Una película de
Tomas Alfredson
Interpretada por:
Kare Hedebrandt, Lina Leandersson, Per Ragnar, Henrik Dahl, Karen Berqquist

 

 

 

 

 

 

Texto: Ángel Muñoz

 

“Y si no fuera una niña, ¿te gustaría igual? Supongo que sí.”  Este diálogo entre los dos pequeños protagonistas cargado de ternura y sinceridad, y que recuerda a aquel inolvidable “nadie es perfecto” de Joe E.Brown en Con Faldas y a lo Loco en el que con una sonrisa en realidad pone por encima de cualquier circunstancia incluso física el amor y la amistad, condensa los valores de esta preciosa y original película que nos llega de la mano de un desconocido para el gran público español, el sueco Tomas Alfredson.

 

Oskar es un niño de 12 años tímido y solitario, maltratado por sus compañeros de clase. Con una madre trabajadora demasiado ocupada, y un padre gay alcoholizado que vive retirado en el campo, pasa los ratos muertos dejando pasar el tiempo en el patio del bloque de edificios en el que vive, hasta que conoce a Elli, una extraña niña tan solitaria como él, y de la que pronto conocerá que no es una niña, sino una vampiresa, y a pesar de este “inconveniente” surge entre ellos una relación profunda y sincera en la que cada uno se convierte en el apoyo fundamental del otro ante el áspero mundo que les rodea y que les da de lado.

 

Dentro del cine, el de vampiros es ya todo un subgénero en el que se han vertido verdaderos contenedores de basura, y que aun contando en su haber con algunas de las joyas del séptimo arte, hemos visto desde vampiros teenagers sedientos de sangre casi tanto como de cerveza hasta verdaderos engendros de serie Z. Y puede que las premisas del argumento antes descrito puedan llevar a equívoco, sobre todo a quien piense que va a ver una “peli de vampiros” al uso. Déjame Entrar, es una gran película, capaz de emocionar, de enternecernos y hacernos reír mientras nos deja con los ojos como platos pensando cómo es capaz de aunar de esa manera tal gama de sentimientos, como es capaz de meter en el mismo cóctel toda esa carga emocional mientras la pequeña vampiresa desangra a una de sus destrozadas víctimas.

 

Ambientada en un barrio humilde, gris y deprimente de una ciudad sueca sin nombre en los años ochenta. Rodada con una fotografía absolutamente deslumbrante, Alfredson nos regala a la vista unos planos preciosos en las dos horas de metraje que pasan en un suspiro. La galería de personajes es impagable, desde el estrafalario profesor de gimnasia hasta los alcoholizados parroquianos de un bar inmundo del vecindario que se preguntan qué estará pasando para que todos y cada uno de ellos aparezcan desangrados a manos de una extraña muchacha que ronda la gélida noche boreal. La carga emocional es tremenda, Alfredson dirge con maestría a los dos pequeños protagonistas, y con una simplicidad rotunda nos va enseñando cómo se fortalece el vínculo entre los dos niños. Las escenas escabrosas, que las hay, las matanzas de la pequeña vampiresa, los descuartizamientos… no ponen los pelos de punta, parecen algo normal, alumbrados por sinceridad de Elli, “mato porque no me queda más remedio”, es su alimento, si no muere, Oskar lo comprende, también el mataría por otros motivos más pueriles, por simple venganza, a la panda de muchachos que le atormentan.

 

El final es absolutamente redondo, el colofón perfecto a una maravillosa película, un guiño hacia la gran novela de Bram Stoker, el padre de todo este tinglado chupasangre, con Elli viajando en su caja a bordo de un tren cual Demetrio del S.XX arribando a su Yorkshire con el Conde en su panza, acompañado de su amigo, de su amante, de su fiel Oskar enamorado, hasta que él envejezca…y ella siempre tenga doce años.

 

 

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