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Texto: Ángel Muñoz
“Y si no fuera una niña, ¿te gustaría igual? Supongo que
sí.” Este diálogo entre los dos pequeños protagonistas cargado de
ternura y sinceridad, y que recuerda a aquel inolvidable “nadie es
perfecto” de Joe E.Brown en Con Faldas y a lo Loco en el que
con una sonrisa en realidad pone por encima de cualquier
circunstancia incluso física el amor y la amistad, condensa los
valores de esta preciosa y original película que nos llega de la
mano de un desconocido para el gran público español, el sueco Tomas
Alfredson.
Oskar es un niño de 12 años tímido y solitario, maltratado
por sus compañeros de clase. Con una madre trabajadora demasiado
ocupada, y un padre gay alcoholizado que vive retirado en el campo,
pasa los ratos muertos dejando pasar el tiempo en el patio del
bloque de edificios en el que vive, hasta que conoce a Elli, una
extraña niña tan solitaria como él, y de la que pronto conocerá que
no es una niña, sino una vampiresa, y a pesar de este
“inconveniente” surge entre ellos una relación profunda y sincera en
la que cada uno se convierte en el apoyo fundamental del otro ante
el áspero mundo que les rodea y que les da de lado.
Dentro del cine, el de vampiros es ya todo un subgénero en
el que se han vertido verdaderos contenedores de basura, y que aun
contando en su haber con algunas de las joyas del séptimo arte,
hemos visto desde vampiros teenagers sedientos de sangre casi
tanto como de cerveza hasta verdaderos engendros de serie Z. Y puede
que las premisas del argumento antes descrito puedan llevar a
equívoco, sobre todo a quien piense que va a ver una “peli de
vampiros” al uso. Déjame Entrar, es una gran película, capaz
de emocionar, de enternecernos y hacernos reír mientras nos deja con
los ojos como platos pensando cómo es capaz de aunar de esa manera
tal gama de sentimientos, como es capaz de meter en el mismo cóctel
toda esa carga emocional mientras la pequeña vampiresa desangra a
una de sus destrozadas víctimas.
Ambientada en un barrio humilde, gris y deprimente de una
ciudad sueca sin nombre en los años ochenta. Rodada con una
fotografía absolutamente deslumbrante, Alfredson nos regala a la
vista unos planos preciosos en las dos horas de metraje que pasan en
un suspiro. La galería de personajes es impagable, desde el
estrafalario profesor de gimnasia hasta los alcoholizados
parroquianos de un bar inmundo del vecindario que se preguntan qué
estará pasando para que todos y cada uno de ellos aparezcan
desangrados a manos de una extraña muchacha que ronda la gélida
noche boreal. La carga emocional es tremenda, Alfredson dirge con
maestría a los dos pequeños protagonistas, y con una simplicidad
rotunda nos va enseñando cómo se fortalece el vínculo entre los dos
niños. Las escenas escabrosas, que las hay, las matanzas de la
pequeña vampiresa, los descuartizamientos… no ponen los pelos de
punta, parecen algo normal, alumbrados por sinceridad de Elli, “mato
porque no me queda más remedio”, es su alimento, si no muere, Oskar
lo comprende, también el mataría por otros motivos más pueriles, por
simple venganza, a la panda de muchachos que le atormentan.
El final es absolutamente redondo, el colofón perfecto a
una maravillosa película, un guiño hacia la gran novela de Bram
Stoker, el padre de todo este tinglado chupasangre, con Elli
viajando en su caja a bordo de un tren cual Demetrio del S.XX
arribando a su Yorkshire con el Conde en su panza, acompañado de su
amigo, de su amante, de su fiel Oskar enamorado, hasta que él
envejezca…y ella siempre tenga doce años.
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