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DOS RIVALES CASI IGUALES
Una película de Miguel Ángel Calvo Buttini

Interpretada por:
Andoni Gracia, Txema Blasco, Teresa Gimpera, Merce Llorens, Maiken Beitia, María Pau Pigem, Mercedes Hoyos, María Galiana y Paco Sagarzazu.

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

El hermano gemelo del vicepresidente del gobierno, conservador, se mete él también en la política. En principio, para defender valores progresistas y ecologistas, pero acabará pareciéndose demasiado a su hermano. Sencillo argumento, nada original ni brillante, para defender la tesis del título.

 

El humano es un animal electivo. Desde que comienza su jornada hasta que finaliza no hace sino optar constantemente. Hasta un preso de Guantánamo tiene la "libertad" de elegir si quiere que le torturen hoy más que ayer, simplemente desobedeciendo alguna orden (parece un ejemplo cruel, pero la crueldad está en los que promovieron eso y no en el que sobrevive al horror refugiado en el sarcasmo).

 

Lo cierto es que, dada esta naturaleza perennemente optativa del Homo sapiens, la palabra "neutralidad" queda al descubierto como una falacia más de nuestro lenguaje. Es imposible ser neutral. Incluso cuando alguien, como Julio Médem, afirma que es equidistante, lo que expresa es su repulsa hacia las dos posturas más radicales dentro de una controversia, pero no que sea neutral y no tenga sus opciones.

 

Sentada la aclaración de que en las guerras no suele haber buenos ni malos, que la violencia es un error, que se pueden aclarar las diferencias por otras vías, etc; si nos ponen "sobre la mesa" todos y cada uno de los conflictos que han asolado y asolan el planeta, siempre habrá algún bando que prefiramos y nos resulte menos antipático que el otro. Por las razones equis que sean, incluso arbitrarias y baladíes como la estética o la proximidad. En esta mecánica absurda se basa la gran aceptación de los deportes de competición, y se extiende a los concursos de belleza, los certámenes de jota y el premio a la mejor tortilla del pueblo. Recuerdo, de niños, una discusión agria con mi primo por un partido NBA entre Milwaukee y Philadelphia. Con un par de narices. Yo, por supuesto, iba con los primeros porque el nombre era mucho más fardón, y la camiseta más hortera. Y así funciona todo. De las elecciones arbitrarias saben más que nadie nuestros estamentos judiciales, que viven (bien) de ejercerlas a diario, ante nuestro espanto y asombro. Nada de extrañar, cuando están integrados exclusivamente por empollones ambiciosos, una de las tipologías más inmaduras que se puede dar entre las personas. Desde el momento en que se autoagrupan en jueces conservadores y progresistas, la frase tan manida por acusados y acusadores frente a un micrófono de "tengo fe en la Justicia" resulta aún más patética y risible. Supongo que lo que quieren expresar es su fe en la diosa Fortuna en el momento del sorteo del magistrado, que es donde realmente se teje el destino de miles de indefensos. Si, como ocurre, cada juez aplica una sentencia distinta para casos idénticos.. ¿Dónde se supone está la venda ocular de la señora Justicia?

 

¿Y todo este desahogo ácrata para qué? Pues precisamente para desmontar la tesis de esta película de exaltación de la neutralidad nihilista, de que da exactamente igual que gobiernen unos u otros; hermanos gemelos. Estamos de acuerdo en que, desde el momento en que los grandes partidos acuden a los mismos bancos a pedir créditos para las campañas, y tienen las mismas relaciones con peces gordos del IBEX, las opciones reales de transformación y cambio palpables se reducen a nada. También coincido en que la gente de izquierdas tiene una escamante tendencia a "aderechizarse" conforme le va bien económicamente. Pero seguro que si eres homosexual, o pensionista, o mendigo, o universitario, o funcionario, o iraquí, o cura, o embajador de EEUU, o conductor borrachuzo y chulo estilo mitin de Aznar en Valladolid, entonces no te da tan igual que gobiernen unos u otros. Esta cuestión de matices ya justifica que muchos nos pasemos la pretendida y políticamente correcta "neutralidad" por algún sitio.

 

Como tampoco soy neutral con esta película, a la que, por cierto, considero un total despropósito. El guión no se tiene en pie en ningún momento y rescata inoportunamente los peores usos del cine de comedia español de los 60 y primeros 70. Desde el narrador cursi-irónico castigándonos nada más comenzar -al modo guión de Alfonso Paso-, a la más burda sensiblería para hacernos simpáticos los personajes a la fuerza. Lo que consigue es que nos miremos el reloj a los diez minutos de metraje. La ingenuidad con aroma postizo además se contrapone a la pretendida tesis del film, al hacer aparecer como seres simpáticos y entrañables tanto a los dos sinvergüenzas como a sus atontados seguidores.

 

Al final no hay risas, ni mensaje, ni entretenimiento; tan sólo sucesión de imágenes empalagosas sin propósito definido. Lo de la opción del narrador "simpatiquín" le quedó alguna vez bien a Berlanga, a Capra o a Ibáñez (el de Mortadelo), pero el 90 % de las ocasiones en que se ha usado en cine ha lastrado más películas que ya eran de por sí malas. Esta es peor.

 

 

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