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EL HOMBRE DE LONDRES
Una película de Béla Tarr

Interpretada por:
Tilda Swinton,  Erika Bók,  János Derzsi,  Ági Szirtes,  István Lénárt,  Miroslav Krobot.

 

 

 

 

 

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Me perdonarán el atrevimiento. El hombre de Londres es un plomo de cuidado. De eso no tienen duda ni hasta los que la veneran, que serán pocos. Aunque hay motivos para lo uno y lo otro, conste. Porque esto del arte funciona así. No puede gustarle a todo el mundo. Y no es mejor arte porque sólo guste a unos pocos. Está claro que lo difícil es llegar al consenso. O lo que es lo mismo: que le guste a todo el mundo. Los Simpsons son un buen ejemplo de ello. Hasta la revista del Vaticano la pone como ejemplo de los valores cristianos. Pero no nos desviemos. La fotografía de esta película, por supuesto, es excepcional, como siempre, y la banda sonora, aunque se abusa de ella, es notable. El tema principal me recuerda las atmósferas claustrofóbicas e incomprensibles del cineasta David Lynch. Por cierto, a Tarr le sucede lo que a Tarkovski: que hay hallazgos y encuentros muy brillantes en su filmografía, pero el conjunto resulta aburrido o muy aburrido. Desde luego, no es un cine inmediato, digerible. Todo lo contrario: es contemplativo, metafísico. Y cómo demonios podemos saber qué ocurre con los entresijos del alma. Para Tarr queda claro: paseando a sus actores en una coreografía en la que hombre y cámara inician una búsqueda donde lo que menos importa es, al menos en la película que nos ocupa, la novela negra de la que toma el título, escrita por Georges Simenon, la trama. O sea, que toma el texto original como un pretexto, una coartada para, digámoslo ya, contar algo, supongo, más profundo. Está claro que la mayor preocupación del director húngaro consiste en adaptar la historia a su estilo fílmico, personalizarla con sus constantes características, que son más que evidentes si revisamos sus anteriores títulos, ninguno estrenado en España, por cierto.

 

Curiosamente, dos días después de aburrirme, a conciencia y a sabiendas, con El hombre de Londres, visualizo 9 vidas, de Rodrigo García, una película en la que también abundan los largos planos-secuencia, pero el ritmo es otro cantar. Claro que la historia, a prioiri, es menos profunda. Es lo que conlleva ser distinto y contar con la posibilidad de dejar tu impronta insustituible en lo que filmas, tocas, haces. Que Tarr haya rodado 14 películas hasta la fecha debería ser caso de estudio en todas las escuelas de cine. Aunque están los festivales, el prestigio, etc. Si no me creen, vayan a la Filmoteca o las estanterías donde ponga “cine de autor”. Podrán, en general, aburrirse de lo lindo, y disfrutar en contadas ocasiones, pero merece la pena probar.

 

En manos de Tarr, los géneros no tienen sentido porque sólo existe su mundo. Da igual que filme una playa, un apartamento o un rebaño de ovejas. Siempre estará presente su huella. Y es que Tarr, a partir de una historia o un argumento mínimos, rueda siempre la misma película. Ya se sabe: todo artista es obsesivo y, a veces, esa obsesión llega o no llega al receptor. Como comprenderán, una película de género en la que lo que menos importa es la trama principal, deviene en chorrada supina por mucha calidad fotográfica que tenga. Las secuencias de Tarr seguro que tienen una complejidad técnica considerable, pero no es suficiente para salvar el film. Cada escena requiere su ritmo, y no al revés, salvo contadas ocasiones en que suena la flauta. Así que lo que Tarr hace es rodar imágenes en movimiento, pero no hace cine. La pretendida poesía de la película se diluye de lo cansina que es. Y de las interpretaciones de sus actores mejor no hablar: unos maniquís con mecanismos que les hicieran apretar la mandíbula para mostrar algo de vida no hubiesen desentonado.

 

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