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Texto:
Marcos
Ripalda
Me perdonarán el
atrevimiento. El hombre de Londres es un plomo de cuidado. De
eso no tienen duda ni hasta los que la veneran, que serán pocos.
Aunque hay motivos para lo uno y lo otro, conste. Porque esto del
arte funciona así. No puede gustarle a todo el mundo. Y no es mejor
arte porque sólo guste a unos pocos. Está claro que lo difícil es
llegar al consenso. O lo que es lo mismo: que le guste a todo el
mundo. Los Simpsons son un buen ejemplo de ello. Hasta la revista
del Vaticano la pone como ejemplo de los valores cristianos. Pero no
nos desviemos. La fotografía de esta película, por supuesto, es
excepcional, como siempre, y la banda sonora, aunque se abusa de
ella, es notable. El tema principal me recuerda las atmósferas
claustrofóbicas e incomprensibles del cineasta David Lynch. Por
cierto, a Tarr le sucede lo que a Tarkovski: que hay hallazgos y
encuentros muy brillantes en su filmografía, pero el conjunto
resulta aburrido o muy aburrido. Desde luego, no es un cine
inmediato, digerible. Todo lo contrario: es contemplativo,
metafísico. Y cómo demonios podemos saber qué ocurre con los
entresijos del alma. Para Tarr queda claro: paseando a sus actores
en una coreografía en la que hombre y cámara inician una búsqueda
donde lo que menos importa es, al menos en la película que nos
ocupa, la novela negra de la que toma el título, escrita por
Georges
Simenon, la trama. O sea, que toma el texto original
como un pretexto, una coartada para, digámoslo ya, contar algo,
supongo, más profundo. Está claro que la mayor preocupación del
director húngaro consiste en adaptar la historia a su estilo
fílmico, personalizarla con sus constantes características, que son
más que evidentes si revisamos sus anteriores títulos, ninguno
estrenado en España, por cierto.
Curiosamente, dos
días después de aburrirme, a conciencia y a sabiendas, con El hombre
de Londres, visualizo 9 vidas, de Rodrigo García, una
película en la que también abundan los largos planos-secuencia, pero
el ritmo es otro cantar. Claro que la historia, a prioiri, es menos
profunda. Es lo que conlleva ser distinto y contar con la
posibilidad de dejar tu impronta insustituible en lo que filmas,
tocas, haces. Que Tarr haya rodado 14 películas hasta la fecha
debería ser caso de estudio en todas las escuelas de cine. Aunque
están los festivales, el prestigio, etc. Si no me creen, vayan a la
Filmoteca o las estanterías donde ponga “cine de autor”. Podrán, en
general, aburrirse de lo lindo, y disfrutar en contadas ocasiones,
pero merece la pena probar.
En manos de Tarr,
los géneros no tienen sentido porque sólo existe su mundo. Da igual
que filme una playa, un apartamento o un rebaño de ovejas. Siempre
estará presente su huella. Y es que Tarr, a partir de una historia o
un argumento mínimos, rueda siempre la misma película. Ya se sabe:
todo artista es obsesivo y, a veces, esa obsesión llega o no llega
al receptor. Como comprenderán, una película de género en la que lo
que menos importa es la trama principal, deviene en chorrada supina
por mucha calidad fotográfica que tenga. Las secuencias de Tarr
seguro que tienen una complejidad técnica considerable, pero no es
suficiente para salvar el film. Cada escena requiere su ritmo, y no
al revés, salvo contadas ocasiones en que suena la flauta. Así que
lo que Tarr hace es rodar imágenes en movimiento, pero no hace cine.
La pretendida poesía de la película se diluye de lo cansina que es.
Y de las interpretaciones de sus actores mejor no hablar: unos
maniquís con mecanismos que les hicieran apretar la mandíbula para
mostrar algo de vida no hubiesen desentonado. |