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EL INTERCAMBIO
Una película de
Clint Eastwood
Interpretada por:
Angelina Jolie, John Malkovich, Jeffrey Donovan, Michael Kelly.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: María Vaquero Argelés

 

Clint Eastwood regresa este 2008 pisando fuerte, con dos películas en cartera. Y lo hace como mejor sabe, relatando sucesos reales, tan truculentos que ponen los pelos de punta.

 

El guionista J. Michael Straczynski encontró la historia de Christine Collins entre unos expedientes que iban a ser destruidos. Lo que allí leyó era tan terrible que no podía creer que aquello hubiese sucedido realmente y, además, se hubiera olvidado, por lo que se puso a trabajar en un guión muy elaborado. Pronto llegó a las manos de Ron Howard y Brian Grazer, experimentados cineastas que vieron posibilidades en el material (un interés por la recreación de sucesos reales que ya se había materializado en películas como American Gangster, Ridley Scott, 2007 - o Cinderella Man, Ron Howard, 2005), y Clint Eastwood no dudó a la hora de aceptar el encargo.

 

Todo ocurrió a finales de los años 20 del siglo XX en la ciudad de Los Ángeles, en un momento en el que los sucesos escabrosos estaban a la orden del día, auspiciados por la corrupción del cuerpo de policía que, aún hoy, sigue siendo de los peores los EE.UU. El “caso Arbuckle” (1922) o el asesinato de la “Dalia Negra” (1947) nos pueden dar una idea de lo que allí sucedía.

 

Pero el caso de la señora Collins es una flagrante muestra de despotismo. Su hijo Walter desapareció en 1928, ella lo denunció y se actuó para solucionarlo, pero de qué manera. Lo pasado por esa mujer y su valiente lucha no es concebible más allá de la ficción.

 

Para mostrar todo ello, Clint Eastwood retoma una estructura dramática que empieza a ser un sello personal a juzgar por lo visto  en sus últimas películas: se trata de escoger un cierto sector de la sociedad, una pequeña parte de la misma de la que se sirve para crear un cuento, con personajes buenos y malos, con el fin último de lograr una reacción por parte del espectador. Ya lo hizo con films como Mystic River (2003), que llegaba a conmocionar a través de un tema como la pederastia. En el caso de El intercambio es Gordon Northcott el que se cruza en el camino de la protagonista, pero también un policía, el capitán J.J. Jones, hombre cínico y despiadado que no siente ni un ápice de remordimientos ante las negligencias cometidas conscientemente, que de eso no cabe duda.

 

Angelina Jolie lleva el peso de la historia sobre sus hombros interpretando a esta madre coraje que no se amedrenta ante las penalidades ni ante las injusticias. Todo gira en torno a ella por lo que ya hay quien le augura un nuevo Oscar. No diría yo tanto, sin embargo es de justicia reconocer el buen trabajo realizado. Las aportaciones de sus compañeros son imprescindibles para que esta labor haya sido satisfactoria, destacando especialmente Jeffrey Donovan en el papel del despreciable capitán J. J. Jones y Jason Butler Harner, cuyo parecido físico con el asesino Northcott consigue darle un realismo extraordinario a su interpretación. Ellos son los malos de la película, dos personas realmente horribles que son contrarrestados por la bondad y el sentido de la justicia del detective Lester Ybarra (Michael Kelly) y el reverendo Gustav Briegleb, interpretado por el siempre eficaz John Malkovich. Sin embargo, en esta ocasión su perfil no parece ser el adecuado para el papel, puesto que más que un clérigo parece un político, arengando a la masa en su programa de radio y sus mítines dominicales. Tal vez el propio Eastwood, con más años a sus espaldas, le hubiera aportado la venerabilidad que le falta al personaje.

 

Se trata de personajes tipo, que están elaborados de forma que encarnen distintos valores como resumen de esa sociedad que, de otra manera, no podría haber sido reflejada. Es así como Eastwood ahonda con afán crítico en determinados sectores sociales. Es un director al que le gusta estudiar el carácter humano, las reacciones ante situaciones extremas, conocer, en definitiva, el fondo de las personas y mostrarlo para llevar a la reflexión. 

 

La ambientación es clave para lograr que el espectador acceda al mundo representado en la pantalla y está perfectamente conseguida a través de los decorados y el vestuario. Desde el primer minuto nos adentramos en los años 20 que, en este caso, son locos pero por otros motivos. Pero es la fotografía la que crea el ambiente de angustia e incertidumbre presente en el film desde el primer minuto. No sabemos por qué, pero tenemos claro que algo malo va a ocurrir. Tal vez sea porque la película presenta una saturación lumínica muy alta con matices azulados (característica presente en películas anteriores del cineasta como Banderas de nuestros padres (Flags of Our Fathers), 2006, o Cartas desde Iwo Jima (Letters from Iwo Jima), 2006. El ya colaborador habitual Tom Stern consigue crear una atmósfera trágica y opresiva con este método, ayudado además por los intensos y constantes claroscuros que presiden las imágenes. A pesar de que llueva o el día sea oscuro, los personajes optan por dejar las persianas de lamas de madera entornadas, con lo que las sombras carcelarias son una constante que permite crear la sensación opresiva que nos adentra en la pesadilla de Christine.

 

Con todo ello, el cineasta, hombre del Renacimiento que dirige, produce y firma la banda sonora en este film (sigo pensando que falta su presencia en pantalla), continúa planteándonos interrogantes que tal vez no podamos solucionar, pero sí permite que nos demos cuenta de que las cosas no han cambiado tanto desde entonces. Lo que Christine Collins consiguió ha caído en el olvido, es por ello que se nos da este toque de atención porque aún hay mucho por hacer, y el viejo Clint permanece despierto para alertarnos.

 

 

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