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Texto:
Marcos
Ripalda
Digámoslo desde ya. Yo lloré con El lector. No mucho, cierto,
pero, si les late ahí dentro como a mí, y sólo a veces, les
emocionará el rostro apacible-impasible de Kate Winslet, sí, la que
se da un revolcón con Di Caprio antes de que el barco se hunda.
Porque el director británico Stephen Daldry sabe muy bien qué tecla
pulsar para conmovernos, aun siendo tan contenido y hasta parco, al
mostrar las emociones de los protagonistas en un drama de difícil y
peliaguda lectura, que el espectador tendrá que disolver, me temo,
en sal de frutas. Y es que el problema de situar al espectador en
tesituras de hondo calado, de hacerle pensar un poquito, ya se sabe,
es que no lo pille o piense mal, que es lo que tiene eso que llaman
“tomar partido” y, sobre todo, cuando con la Iglesia hemos topado,
es un decir, claro, que fiel a mi costumbre, si es que dan ese paso
decisivo y optan por el cine, entrarán, lo juro, vírgenes o casi en
la sala; o con un lío, cierto, del copón, que para el caso les va a
dar igual, conste. Porque lo que importa es que cuando el amigo
Daldry te aprieta dentro, la lágrima salta, cosas del directo.
Tras Billy Elliot, donde juega a emocionarnos y, ejem, lo
consigue, con el niño bailarín y nada afeminado de padre minero, y
la caracterización de la Kidman, que le valió el Oscar a la mejor
actriz en el 2002 por su papel de Virginia Woolf, en la soporífera
Las horas, vuelve a ser un firme candidato para los
galardones de este año. Además de Kate Winslet, Ralph Fiennes está
impecable en su papel: un hombre cuya mirada nos descubre lo
inmensamente solo y desamparado que se encuentra; un hombre tan
insignificante como otro cualquiera. Y, por supuesto, no debemos
olvidarnos del joven David Kross, especialmente cuando lee en voz
alta las primeras líneas del cuento “La dama del perrito” del
escritor ruso Anton P. Chejov. Y es que una historia puede contarse
sin dramas o con espectáculo. Daldry, qué duda cabe, apuesta por lo
primero.
El lector
es
una adaptación de la excelente novela del mismo título del escritor
alemán Bernhard Schlink.
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