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Texto:
Marcos
Ripalda
Al parecer, el
amigo Rourke se ha dedicado buena parte de los últimos años,
excentricidades aparte (además de un merecidísimo olvido conquistado
a pulso), a darse mamporros con otros bestiajos como él, así que no
creo que le costase demasiado meterse en el papel de un luchador
profesional maduro y acabado, que tuvo su momento de gloria, cómo
no, en la década de los ochenta, cuando el Rourke actor le daba
candela a la Basinger y Guns N' Roses cantaban el exitazo “Sweet
Child O’ Mine”, y que malvive actuando/peleando en exhibiciones en
gimnasios de institutos y en cuadriláteros de tercera categoría. El
paralelismo entre ficción y realidad se hace evidente también en
esto último, pues Rourke ha participado de forma anecdótica en
algunos filmes. Se me viene a la cabeza uno muy entretenido con Matt
Damon y que dirigió, por cierto, Coppola, titulado Legítima
defensa (1997).
Tras El
Luchador, obviamente, candidatura al mejor actor en los Oscars
aparte y premios en Berlín y otros circuitos, a Rourke se le han
abierto las puertas de la industria cinematográfica y va a hacer de
malo en la segunda parte de Iron Man. Probablemente, para su
carrera hacer este papel sólo le reporte un generoso cheque y muchos
puntos para figurar, de nuevo, en el olvido. Pero no nos desviemos.
Rourke interpreta, ya lo hemos dicho, a un luchador en horas bajas,
un fornido solitario que sólo sabe relacionarse con otros
luchadores. Y es aquí donde Aronofsky consigue emocionar con la
máxima de menos es más. Los luchadores, digámoslo ya, son
profesionales en lo que hacen, y tratan de minimizar los daños,
aunque haya grapadoras de por medio, y se respetan y hasta existe
camaradería aunque después estén solos en esto de andar por el
mundo. Desde luego, hay teatro, sí, pero eso no quiere decir que se
vayan de rositas. Porque esto de la lucha libre profesional es una
versión actualizada del circo romano. Así que estamos ante una
historia bien simple en la que se revisita el mito de Cristo
redentor, sin que por ello le vayan a construir en un futuro,
pongamos por caso, un Vaticano o la catedral de Burgos. Y es que
tras la paranoia de Pi (1998), el exceso de Réquiem por un
sueño (2000) y la incomprendida La fuente de la vida
(2006), Aronofsky nos regala este magnífico telefilme de predecible
desarrollo, aunque no por ello de menor interés cinematográfico.
El peso de la
cinta recae en Rourke por caprichos del destino, lo que, dicho en
plata, se denomina “estar ahí en el momento justo”. El actor purga
sus propios demonios mostrando su degradación física en una
sobrecogedora interpretación que consigue, finalmente, reconciliarle
consigo mismo y, probablemente, con un público que nunca ha dejado
de apreciarle.
El director
tomó la decisión de rodar las escenas de lucha libre sin
especialista alguno, ante un público auténtico, para que Rourke se
metiese de lleno en el papel. Y no cabe duda de que eso es lo que
hace. Marisa Tomei, aparte de lucir palmito como stripper,
consigue emocionar, incluso, con la cara lavada.
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