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EL LUCHADOR
Una película de Darren Aronofsky

Interpretada por:
Mickey Rourke, Marisa Tomei, Evan Rachel Wood, Mark Margolis, Todd Barry, Ernest Miller, Judah Friedlander.

 

 

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Al parecer, el amigo Rourke se ha dedicado buena parte de los últimos años, excentricidades aparte (además de un merecidísimo olvido conquistado a pulso), a darse mamporros con otros bestiajos como él, así que no creo que le costase demasiado meterse en el papel de un luchador profesional maduro y acabado, que tuvo su momento de gloria, cómo no, en la década de los ochenta, cuando el Rourke actor le daba candela a la Basinger y Guns N' Roses cantaban el exitazo “Sweet Child O’ Mine”, y que malvive actuando/peleando en exhibiciones en gimnasios de institutos y en cuadriláteros de tercera categoría. El paralelismo entre ficción y realidad se hace evidente también en esto último, pues Rourke ha participado de forma anecdótica en algunos filmes. Se me viene a la cabeza uno muy entretenido con Matt Damon y que dirigió, por cierto, Coppola, titulado Legítima defensa (1997).

 

Tras El Luchador, obviamente, candidatura al mejor actor en los Oscars aparte y premios en Berlín y otros circuitos, a Rourke se le han abierto las puertas de la industria cinematográfica y va a hacer de malo en la segunda parte de Iron Man. Probablemente, para su carrera hacer este papel sólo le reporte un generoso cheque y muchos puntos para figurar, de nuevo, en el olvido. Pero no nos desviemos. Rourke interpreta, ya lo hemos dicho, a un luchador en horas bajas, un fornido solitario que sólo sabe relacionarse con otros luchadores. Y es aquí donde Aronofsky consigue emocionar con la máxima de menos es más. Los luchadores, digámoslo ya, son profesionales en lo que hacen, y tratan de minimizar los daños, aunque haya grapadoras de por medio, y se respetan y hasta existe camaradería aunque después estén solos en esto de andar por el mundo. Desde luego, hay teatro, sí, pero eso no quiere decir que se vayan de rositas. Porque esto de la lucha libre profesional es una versión actualizada del circo romano. Así que estamos ante una historia bien simple en la que se revisita el mito de Cristo redentor, sin que por ello le vayan a construir en un futuro, pongamos por caso, un Vaticano o la catedral de Burgos. Y es que tras la paranoia de Pi (1998), el exceso de Réquiem por un sueño (2000) y la incomprendida La fuente de la vida (2006), Aronofsky nos regala este magnífico telefilme de predecible desarrollo, aunque no por ello de menor interés cinematográfico.

 

El peso de la cinta recae en Rourke por caprichos del destino, lo que, dicho en plata, se denomina “estar ahí en el momento justo”. El actor purga sus propios demonios mostrando su degradación física en una sobrecogedora interpretación que consigue, finalmente, reconciliarle consigo mismo y, probablemente, con un público que nunca ha dejado de apreciarle.

 

El director tomó la decisión de rodar las escenas de lucha libre sin especialista alguno, ante un público auténtico, para que Rourke se metiese de lleno en el papel. Y no cabe duda de que eso es lo que hace. Marisa Tomei, aparte de lucir palmito como stripper, consigue emocionar, incluso, con la cara lavada.  

 

 

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