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Texto:
Marcos
Ripalda
Lo suyo sería ponerla por las nubes. Y como se ha dicho y
escrito tanto de ella la opción se me antoja compleja. De hecho, si
se quiere ser original, se corre el riesgo de caer en el lugar
común. Por eso, quien escribe, desea narrarles la experiencia de su
visionado de la forma más honesta posible.
No es la primera vez que la reviso. Y si lo hago ahora es
porque hace unas semanas acabé la novela del mismo título en la que
se basa y me picó el gusanillo. Sí, asistir a la transformación de
párrafos en secuencias. Lo típico: Al Pacino está que se sale en su
papel de Michael Corleone. Qué bien elegido. Y de Marlon Brando qué
decir. Que sale poco. Que tras haberme empapado de Los Soprano,
donde hay mucho de este filme y mucho más, si se me permite el
atrevimiento, James Gandolfini, me parece insuperable, aunque sea un
mafioso en babuchas. El caso es que, quizás, visto lo visto, y
ateniéndome a cómo se va desarrollando el asunto, la reseña, sería
mejor que les hablase de mi primer contacto con El padrino,
que fue en VHS y en la tele de mi cuarto, cascajo venerable que
contribuyó al conocimiento de impensables como Eustache o un tal
Jean Luc Godard, al que, por cierto, dejé de buscarle el punto,
aunque sospecho que nunca lo tuvo ni lo tendrá.
Rememorar lo que fue hace que instalemos romanticismos y
amputaciones donde nunca las hubo, pero como el pasado es de uno, lo
salpimenta a su gusto y, si es preciso, lo inventa, que de ficciones
está el mundo lleno. Así que abrimos la trastienda de la memoria en
un ejercicio de alzheimer selectivo, según el día, la hora y los
ánimos, sin obviar el paso de tiempo y los cientos de películas y
libros y series y discos que nos han ido construyendo como
individuos, a unos más que a otros, cierto, y a muchos nada, visto
cómo conducen o responden a su vecino.
Te dirán que tienes que ver El padrino. Algunos se
sorprenderán de que no lo hayas hecho ya. Y al precio que está la
triología en DVD, majo, no tienes excusa. Pero, ojo, que sin poner
en duda el magnífico filme que es, tienes más ofertas. Eso sí, menos
condecoradas con misticismos y exageraciones. Que la cabeza de un
caballo de 600.000 dólares cortada y puesta en la cama de su dueño
(del caballo entero también) es una secuencia memorable, sí, como lo
es el parlamento final del replicante Rutger Hauer o la lluvia
torrencial de ranas o sapos en ese exceso fílmico que les dejo para
que ganen porción del Caserío me fío o, en su defecto,
quesito de Trivial.
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