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EL ROMANCE DE ASTREA Y CELADÓN
Una película de
Eric Rohmer
Interpretada por:
Stéphanie de Crayencour, Andy Gillet, Cécile Cassel

 

 

 

Texto: Consuelo Sánchez Condés

 

¿Qué es lo que hace que en los tiempos actuales se elijan guiones de hace años, siglos?

 

En concreto esta historia está basada en la obra pastoril L'Astrée escrita por Honoré d'Urfé en el siglo XVII, que en aquella época tenía cierto éxito, pero cuya narración puede resultar un poco pesada si se toma tal cual, sin una adaptación adecuada. Aunque el estilo del director está patente, como es de suponer, hace que nos preguntemos cuál ha sido la motivación del francés para elegir esta historia y no otra. Parece que en el clásico la trama se ve interrumpida por otros asuntos, que distraen pero no cortan el hilo principal.

 

Cierto es que hay un común entre las actuaciones reflejadas y las mismas respuestas absurdas que se observan en nuestro tiempo en todo lo referente a las relaciones amorosas. Es célebre la frase de “El amor es ciego” y ¡TONTO!, y qué fácil se ven las cosas desde fuera, que más de una vez habremos tenido el impulso de dar dos bofetadas a alguno para que se le quitara la tontería... Pero también nos habremos visto en la situación, dentro, sin saber qué hacer y sintiendo que no actuábamos como nosotros, sino como una persona ridícula, sin regir ni hallar lógica a lo que sin duda era lo más simple.

 

Tengo una amiga –va a parecer eso de “Doctor, tengo un amigo al que le ha salido un grano en el trasero”-, en serio, tengo una amiga, digamos que se llama... Eustaquia, que conoció este verano a un extranjero. Ninguno de los dos conocía el idioma del otro, y se entendían en otra lengua que no dominaban. Ya podéis imaginaros los malentendidos. Tal es que cuando se despiden, él le dice: “Voy a ir a tu país a ver a Eustaquia”, y ella está convencida de que era otra novieta que se llamaba igual. ¡Vaya!  Hay tantas Eustaquias por el mundo que además a todas conoce este mismo hombre... Pues eso es lo que se explica en este filme, y es que no cambia, después de tantos siglos... Dan ganas de ir y espabilar a Celadón, y a Astrea, y al otro y al otro. Estos amantes de atar han sufrido un malentendido tal que les lleva a permanecer separados siendo lo contrario de lo que desean. Y de manera surrealista, él se acercará a ella disfrazado de mujer; poco creíble, irrisorio.

 

El punto antagónico de esa defensa del sinsentido del amor, ciego y tonto, lo representa el pastor partidario del amor libre y sin compromiso, que llevado al extremo, resulta igual de absurdo.

 

Entre los alicientes de la película, algo de humor, buena fotografía, y un vestuario y decorados sin gran despliegue de medios. Pero la historia tiene suficientes elementos simbólicos como para prestar atención al argumento antes que a la puesta en escena.

 

No es lo mejor que ha hecho Eric Rohmer, pero sorprende. Sigo preguntándome porqué habrá elegido esta obra tan bucólica y con unos personajes con esa psicología de circo y no otra... Espero que no se esté extendiendo el mal del “amo a Laura y juro que soy tan tonto como para disfrazarme de mujer barbuda”.

 

 

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