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Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
¿Qué es lo que
hace que en los tiempos actuales se elijan guiones de hace años,
siglos?
En concreto
esta historia está basada en la obra pastoril
L'Astrée escrita por Honoré d'Urfé en el siglo XVII, que en
aquella época tenía cierto éxito, pero cuya narración puede resultar
un poco pesada si se toma tal cual, sin una adaptación adecuada.
Aunque el estilo del director está patente, como es de suponer, hace
que nos preguntemos cuál ha sido la motivación del francés para
elegir esta historia y no otra. Parece que en el clásico la trama se
ve interrumpida por otros asuntos, que distraen pero no cortan el
hilo principal.
Cierto es que hay un común entre las actuaciones
reflejadas y las mismas respuestas absurdas que se observan en
nuestro tiempo en todo lo referente a las relaciones amorosas. Es
célebre la frase de “El amor es ciego” y ¡TONTO!, y qué fácil se ven
las cosas desde fuera, que más de una vez habremos tenido el impulso
de dar dos bofetadas a alguno para que se le quitara la tontería...
Pero también nos habremos visto en la situación, dentro, sin saber
qué hacer y sintiendo que no actuábamos como nosotros, sino como una
persona ridícula, sin regir ni hallar lógica a lo que sin duda era
lo más simple.
Tengo una amiga –va a parecer eso de “Doctor, tengo
un amigo al que le ha salido un grano en el trasero”-, en serio,
tengo una amiga, digamos que se llama... Eustaquia, que conoció este
verano a un extranjero. Ninguno de los dos conocía el idioma del
otro, y se entendían en otra lengua que no dominaban. Ya podéis
imaginaros los malentendidos. Tal es que cuando se despiden, él le
dice: “Voy a ir a tu país a ver a Eustaquia”, y ella está convencida
de que era otra novieta que se llamaba igual. ¡Vaya! Hay tantas
Eustaquias por el mundo que además a todas conoce este mismo
hombre... Pues eso es lo que se explica en este filme, y es que no
cambia, después de tantos siglos... Dan ganas de ir y espabilar a
Celadón, y a Astrea, y al otro y al otro. Estos amantes de atar han
sufrido un malentendido tal que les lleva a permanecer separados
siendo lo contrario de lo que desean. Y de manera surrealista, él se
acercará a ella disfrazado de mujer; poco creíble, irrisorio.
El punto antagónico de esa defensa del sinsentido del
amor, ciego y tonto, lo representa el pastor partidario del amor
libre y sin compromiso, que llevado al extremo, resulta igual de
absurdo.
Entre los alicientes de la película, algo de humor,
buena fotografía, y un vestuario y decorados sin gran despliegue de
medios. Pero la historia tiene suficientes elementos simbólicos como
para prestar atención al argumento antes que a la puesta en escena.
No es lo mejor que ha hecho Eric Rohmer, pero
sorprende. Sigo preguntándome porqué habrá elegido esta obra tan
bucólica y con unos personajes con esa psicología de circo y no
otra... Espero que no se esté extendiendo el mal del “amo a Laura y
juro que soy tan tonto como para disfrazarme de mujer barbuda”.
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