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ELEGY
Una película de Isabel Coixet

Interpretada por:
Ben Kingsley, Penélope Cruz, Dennis Hopper, Patricia Clarkson, Peter Sarsgaard…

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Como tengo la cara muy dura y me voy tropezando a la hora de andar, dado el desmedido tamaño metafórico de mis órganos genitales, voy a aprovechar el espacio de esta crítica para hacer una declaración de amor. Sí, yo; prematuro anciano de 34 tacos que se mofa de la necesidad de sexo y cariño de mis imperfectos congéneres. Definitivamente. Me gusta Isabel Coixet. Artista y hembra.

 

Como artista me “pone” su tierna ironía; su universal respeto; su romanticismo del día a día que se acepta y degusta a sí mismo sin quimeras, su creatividad inquieta y a la par reposada; su acercamiento único a temas tabú; su profundo y cercano humor... Como hembra; esa timidez con ráfagas de insolencia, esa torpeza al hablar siendo tan elocuente en sus diálogos, esa voz dulce y ligeramente trémula que pasa desapercibida, y hasta ese deliberado desaliño de alguien que quiere ser amada por dentro y pone todas las barreras. Por supuesto, como intolerante vocacional y practicante, me irritan otros aspectos, como lo poco que parece amarse, su reverente “filo-yanquismo”, que le guste Hillary Clinton (¡horror!), o que prostituya su enorme talento haciendo el mejor y más efectivo spot político de la historia de España.

 

Y hago esta declaración sui generis después de ver Elegy, que he gozado mucho menos que Cosas que nunca te dije, La vida secreta de las palabras y, sobre todo Mi vida sin mí (una de las veinte obras maestras que toda persona debería ver alguna vez). No he disfrutado tanto precisamente porque “sale” menos ella. Se basa en una novela de Philip Roth y, digámoslo aunque suene a sacrilegio: el libreto, siendo bastante bueno, es netamente inferior al torrente de ideas de los guiones brotados de la española. Se nombra a un escritor americano de apellido judío y ya hay quien empieza a ensalivar dando por hecho que tiene más que contar que una chica rellenita de Sant Adrià del Besòs; pues no, señores “se me hace el culo pepsi-cola con los coca-colos”: Ni de coña. Se echa en falta ese toque único de lo Coixet 100 %, con sus dosis de campechanía descreída y refrescante. Esto es sólo Coixet a un 40 % -calculo-, y allí donde se nota su inconfundible huella es donde las ráfagas del talento no sólo cuecen sino que enriquecen el metraje. Mi niña ha entrado en el infierno de Hollywood y no sabemos si saldrá sin abrasarse. Bueno, yo sí SÉ que saldrá, pero como estoy enamorado, mi pronóstico no se puede tener en cuenta. No le han dejado ni elegir el título…

 

Es un filme de sobrada calidad empero. Se saborean las mejores habilidades de la directora. Como su escrupuloso mimo (sin igual) hacia actores y personajes en todas sus fases y facetas; conversaciones para rebobinarse una y otra vez en el vídeo-DVD; y esos pequeños grandes hallazgos de una de los poquísimos genios del mundo mundial del celuloide capaz de inventar y aportar nuevas cosas al árido reino de los caminos trillados. Y, como lo perfecto no engancha por inhumano, también tenemos sus entrañables defectos, como el de tirar de una fotografía cursi para subrayar lo romántico (herencia sin duda de su perfil publicitario), o el de su heroica valentía para, en ejercicio de un inveterado amor al cine clásico, reivindicar lo epidérmicamente sentimental fácil de confundir con sensiblero. Conste en acta que para mí este último fallo es una virtud moral, aunque no pueda esgrimirlo estrictamente cual mérito fílmico.

 

Elegy versa, con creíble honestidad y mil matices, sobre la inseguridad personal, los miedos y la incapacidad de entregarse. Y, aunque ni ella misma ni Philip Roth posiblemente lo sepan, sobre la incapacidad profunda y real del ser humano de amar a nadie. Se nota que Isabel es mucho más Ben Kingsley que Penélope Cruz; lo que somos en vez de lo que quisiéramos ser. No; más que esto último: lo que quisiéramos encontrar.

 

Del señor Kingsley no voy a decir nada nuevo. De un tipo capaz de dar sombras y retranca al señor, afortunadamente, más sanamente lineal de la historia de la humanidad (mi querido Mohandas Gandhi), o de hacernos sentir comprensión y simpatía por un colaboracionista de una dictadura que se cepillaba necrofílicamente a las torturadas (La muerte y la doncella). Y Penélope… A ver. No puedo ponerle “peros” a su interpretación. Es pulcra y correctísima. Borda una Consuela deliciosa; con mucha más miel que carga erótica, contra lo que se trata de vender en la publicidad promocional para llenar salas. Y es bueno que sea así; que sex appeal lo tenemos a la vuelta del mando a distancia, mientras que la dulzura la tenemos a la distancia del horizonte cuando navegamos sin mando. Peeero le falta algo muy sutil. En primer lugar, química física con Ben Kingsley. Se nota que éste ha disfrutado de las escenas “íntimas” mientras que ella hacía su sacrificio de diva. Y le falta dolor, vida detrás. Es una magnífica actriz sin hondo bagaje vital que transmitir. Aquí hubiera hecho falta –y lo digo completamente en serio- una Candela Peña (otro amor inconfesable que hoy sale del armario) que prestase el desgarro de haber llorado por causas dignas de serlo. Entonces sí podría creerme que la alumna de Kingsley es capaz de enamorarse. ¿Qué pasa? ¿Que Candela no cumple los requisitos de peculiar Lolita que encandila al viejo profesor? Usemos la imaginación, por favor. En la Ópera me creo a Otelo cuando arde de pasión y celos por Montserrat Caballé. No seamos tan planitos. ¡Hay que ver!

 

También brillan: Dennis Hopper, haciendo de poeta a lo Dennis Hopper; la maduramente sexy Patricia Clarkson; y una banda sonora fundamentalmente clásica, apoyada en un repertorio minimalista al piano abarcando distintas épocas, de Bach a Pärt, pasando por Marcello y Satie.

 

Finalizo desconsolado mi declaración de amor de antemano sin respuesta, improvisando una anécdota típicamente “coixetiana” de las que dan respiro a la tensión emocional: ¡Qué bien que se hacen las necesidades en los servicios del cine Verdi! ¡Siempre tan requetelimpios! …

 

 

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