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FAST FOOD
NATION
Una película de
Richard Linklater
Interpretada por:
Greg Kinnear, Ashley Johnson, Catalina Morales Sandino,
Patricia Arquette , Bobby Cannavale, Paul Dano, Luis Guzmán
, Ethan Hawke, Kris Kristofferson, Bruce Willis, Avril
Lavigne, Esai Morales, Lou Taylor Pucci, Ana Claudia
Talancón, Wilder Valderrama. |
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Texto: Ruth
Bautista
Richard Linklater es un director muy irregular y Fast
Food Nation es una de sus películas fallidas en la que se
propone abarcar en dos horas multitud de temas, a modo de
radiografía social, mediante un tono desenfadado que no termina de
cuajar, dando como resultado una cinta inconsistente y aburrida en
muchos momentos, a pesar de tratar temas de actualidad, a priori
interesantes para un gran público.
Fast Food Nation
es una adaptación del libro homónimo de Eric Schlosser (2001), quien
participa en el guión junto a Linklater. Entre los temas que se
abordan se encuentran: la inmigración ilegal, las multinacionales y
sus políticas en la era global, la ecología, el sufrimiento animal
en la cadena alimentaria, la comida basura y el sempiterno sueño
americano. Ahí es nada.
El vínculo que enlaza todo es una compañía ficticia de
hamburguesas, alter ego de MacDonald’s y Burger King. Un alto
ejecutivo de marketing comenzará una investigación tras conocer la
empresa que en unos análisis externos sus hamburguesa han dado
positivo a Escherichia coli (bacteria indicadora de contaminación
fecal). Y este es el primer punto en el que el guión hace aguas.
Cualquiera que conozca solo de soslayo la industria alimentaria
sabrá que uno de los pilares básicos de las grandes empresas de
hamburguesas es la exquisita higiene de sus productos. Cualquier
fallo en este punto podría producir una hecatombe de la empresa a
nivel mundial. Con lo que el planteamiento del guión de que esto
ocurre de manera habitual y continuada es insostenible. Al menos en
el tipo de empresa que pretende ser Mickey’s. Por mucho que nos
cueste admitirlo, ninguna carnicería de barrio puede competir en
higiene con una multinacional de hamburguesas.
Distinto es el tema de qué ocurre desde que la hamburguesa
congelada abandona la fábrica hasta que nosotros la degustamos,
especialmente en el último paso, el de su preparación. Todos hemos
oído historias de conocidos que han trabajado en uno de estos
establecimientos. Situaciones ciertamente asquerosas como las que se
retratan en la película. Provocadas indirectamente, como pretende
decir el guión, por la explotación de los trabajadores que realiza
la mayoría de las multinacionales (léase No Logo, de Naomi
Klein). Explotación que se produce en todas las fases del proceso,
desde el matadero, hasta la mesa.
Los trabajadores del matadero que retrata Linklater son
todos inmigrantes mejicanos. De su mano recorre la travesía por el
desierto hasta entrar en territorio estadounidense (reproducida sin
gracia ni intensidad emocional, nada que ver con Babel, de
Iñarritu), su hacinamiento en casas en las que viven apiñados, la
inseguridad laboral que sufren debido a que la empresa solo atiende
a indicadores económicos y la explotación organizada que de ellos se
hace por parte de los que ya han conseguido “establecerse”.
Linklater representa al inmigrante ilegal como inculto, fácil de
engañar y contentar y estructuralmente corrompido, capaz de
cualquier cosa por prosperar.
En el otro lado de la balanza encontramos a la típica
familia americana desestructurada de madre e hija que se rompen los
cuernos por salir adelante. Ellas, junto con el tío que
repentinamente aparece en escena, van a representar el espíritu de
un reenfocado sueño americano, en esta ocasión símbolo de la
búsqueda del triunfo personal sin tener en cuenta consideraciones
económicas, que conducen únicamente a la perdición moral.
Por último el film trata de abordar las consecuencias
ecológicas que se deducen de la macroestructura de una multinacional
de estas características. La voz que conduce estas reflexiones será
un grupo de estudiantes preocupados por la cabaña vacuna concentrada
en el pueblo para abastecer a la fábrica de hamburguesas, desde los
efectos medioambientales de tamaña cantidad de purines sobre una
pequeña superficie, al propio bienestar de las vacas mediante
consideraciones “humanizantes” de los animales. Por supuesto, sus
intentos por liberar a las vacas se chocarán de frente con la
testarudez de estos grandes animales reacios a abandonar su fuente
de comida. Linklater ridiculiza de este modo a los niñatos
ecologistas al mismo tiempo que los considera la única vía de
esperanza en medio del caos en un país que ha modificado sus leyes
recientemente para equiparar cualquier acción ecologista a una
terrorista.
El elenco de actores que participa en esta película es
abultado. El estupendo Greg Kinnear es el primer conductor de la
historia, representando al ejecutivo que realiza el viaje al pueblo
donde se encuentra el matadero y fábrica de hamburguesas para
investigar la situación de contaminación por E. coli. En este caso
Kinear logra crear un personaje ambiguo que finalmente se deja comer
por el gran pez que es la empresa. Catalina Morales Sandino es la
cabeza que representa al inmigrante que buscando el paraíso se ve
atrapado en un infierno en el que al menos no pasará frío. Bruce
Willis y Kris Kristóferson representan dos caras de una misma moneda
que es el pueblerino que conoce la historia y mira hacia otro lado,
con placer uno, repugnancia el otro. Como cuando aquí salen los
habitantes de un pueblo protestando por el futuro cierre de una
central nuclear que les ha dado de comer durante 20 años, que los
riesgos, con el estómago lleno, son menos importantes. Ashley
Johnson es la chica inteligente que trabaja en el restaurante de
hamburguesas en horario nocturno para sacarse unos cuartos mientras
continúa estudiando en el instituto. Ethan Hawke es su tío pródigo,
un fracasado social que aparece a mitad de película para hacer de
Pepito Grillo y aconsejarla que solo haga en la vida aquello en lo
que verdaderamente crea, qué bonito. Y por último comentar, no sin
gran disgusto, la aparición de Avril Lavigne. Su mera presencia
entre los actores desmonta cualquier superioridad moral que hubiera
podido atesorar Linklater hasta el momento. La chica, monísima
cantante, tiene menos expresividad sobre un escenario que un osito
de peluche, como hemos podido comprobar en primera persona. El
simple hecho de aparecer aquí indica como la propia industria
hollywoodiense, otra empresa multinacional a lo Mickey’s, se ha
devorado con patatas fritas y ketchup a Linklater.
Richard
Linklater es un director de personajes, no de grandes historias,
como ha podido demostrar en películas como Antes del amanacer
(1995) y Antes del atardecer (2004). En Fast Food Nation
solo consigue destacar como director en la última secuencia, que
retrata en los ojos del personaje de Catalina un paseo repugnante a
través del matadero. Subjetivamente iremos acompañándola en una
travesía en la que, al estilo gore de La pasión de Cristo,
del mismísimo Gibson, (me perdonen ustedes la comparación de Jesús
con una vaca), iremos viendo qué le ocurre al animal desde que entra
por sus propias pezuñas en el matadero hasta que sale convertido en
trocitos de carne y despojos que serán futuras hamburguesas. Una
lindeza de secuencia no apta para corazones sensibles ni estómagos
delicados.
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