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Texto: Ángel Muñoz
“ … Os volaré la cabeza, me meteré en mi casa y dormiré
como un bebé, puedes estar seguro”. Sí amigos, el viejo Clint ha
vuelto.
Esta reseña parte de muchas premisas, premisas que
trataremos de ir desarrollando de la mejor manera posible.
Por una parte,
para mi Clint es el último gran genio, una auténtica maravilla
cinematográfica haga lo que haga, Dios. Por otra parte, hay que
conceder, que, a fecha de su estreno, es de lejos lo mejor que hay
en la cartelera, vamos, igualito que el videoclip almibarado de
Boyle con sus 8 oscar. Y por supuesto, y sobre todo, es una
grandísima película.
Walt Kowalski,
trabajador retirado de la Ford, viudo, ex combatiente en Corea,
férreo guardián de los tradicionales valores americanos dentro de
una ya de por sí ciudad conservadora estadounidense del medio oeste,
ve como su barrio, otrora obrero y patriota, de una clase media
trabajadora y cristiana de iglesia dominical y partidas de bolos, se
ha convertido en un ghetto de la minoría coreana Hmong
(interesantísimo por otra parte preocuparse por saber algo de la
trágica historia de este pueblo, utilizado y abandonado por el amigo
americano en sus guerras asiáticas, buscadlo en la red) , sus
propios vecinos, territorio de bandas y marginación. En este
ambiente hostil para el viejo Walt se encuentra con el apoyo a su
pesar del joven sacerdote local, con la avaricia e incomprensión de
sus adinerados hijos, con el acoso de las bandas que acechan su bien
más preciado: un Ford Gran Torino de 1972 que nunca conduce y que
mima como un niño. Un coche “vintage” como diría su nieta ante un
gruñido de perro del abuelo… impagable. Y durante dos horas que se
pasan en un suspiro, el Maestro hilvana con un talento abrumador la
historia de amor entre Walt Kowalski y la familia Hmong que vive en
la casa de al lado. Termina encontrando más cosas en común y
recibiendo, y dando, más amor y comprensión por parte de sus
vecinos, a la sazón una suerte de familia adoptiva a la que enseña,
protege y respeta, que por parte de sus codiciosos y superficiales
vástagos. Enseña al joven Tao a desenvolverse en la vida, a su
manera, tierna, dura e hilarante. Se asombra del descaro de Sue, la
hija, de la que acepta el calor de su cariño. Se termina sintiendo
halagado por los obsequios y cuidados de las mayores de la familia.
Es su familia, su familia por la que termina haciendo el sacrificio
supremo que le redimirá del peso que le atormenta desde hace
cincuenta años.
Desde luego,
reconozco que no es lo mejor de Eastwood, pero es que hay muchos
Clint en Clint. Igual que lees a Murakami en Al Sur de la
Frontera, al Oeste del Sol y se te queda un regusto amargo y lo
lees en La Caza del Carnero Salvaje y te saltan las lágrimas
de la risa, pues lo mismo. Mystic River es si no la mejor,
una de los mejores films de Eastwood, pero hay momentos y momentos,
y si de ver Million Dollar Baby sales del cine con un
relincho de decir, joder qué película, y joder qué dura, de ver
Gran Torino sales con una sonrisa; es mucho más ligera, de
acuerdo, pero es muy tierna, y sobre todo una oportunidad de ver
actuando de nuevo, y seguramente por última vez, al viejo Clint, que
está realmente enorme. Y como decía, hay muchos Eastwood, y en
Gran Torino te descojonas con sus frases y sus rictus del más
duro del cine. También es Clint Eastwood el de "os voy a hacer falta
hasta para haceros una paja" de El Sargento de Hierro,
inmenso en El Jinete Pálido, ya historia del cine Harry
Callaghan. Coincido en que no es lo mejor que ha hecho, pero
estaréis todos conmigo en que es un lujo que un mismo artista, ya no
director o actor o compositor o músico, que lo es todo, te de la
oportunidad de angustiarte con Mystic River, de revisar todo
un género con Sin Perdón, de llorar como una magdalena con
Million Dollar Baby... o de reírte y enternecerte con Gran
Torino. Hay un momento para leer a Chejov y un momento para
desconectar con Mendoza... pero lo grande de Clint es que te lo da
todo él. Yo es la película con la que más me he reído en los últimos
meses, y fijaos que estoy hablando de Clint Eastwood y que no es
precisamente una comedia. Y si quieres azúcar y ternura, la da con
mucha más clase que Slumdog
Millionaire, hasta hacer que te ronden las lágrimas. Y desde
luego la ves con una sonrisa en la cara de principio a fin
disfrutando sus "carapomelo", "atontao", "rollito de primavera" y
todo tipo de adjetivos que nos llevan 20 años atrás. Grande, grande,
grande.... el mejor broche para esta reseña, sería la frase final
de la crítica de Carlos Boyero en El País, que reproduzco porque lo
resume todo: “No mueras nunca, Clint”.
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