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Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
Soy feliz, ergo, tengo suerte. No sé si existe realmente la
Felicidad o es un cúmulo de momentos en los que disfrutamos y
olvidamos problemas y angustias derivadas de éstos. Lo que está
claro es que la aptitud que tomamos frente a la vida repercute en
cómo nos llegan las cosas, cómo recibimos lo que damos. Es el karma.
Como en espiral infinita, si irradio alegría, recibo sonrisas -a
riesgo de parecer predicadora-. Pero si estoy descontento con mi
vida, nada, por normal, coherente o cotidiano que sea, me parecerá
bien. Todo será una tortura, una pequeña conspiración de esos
duendes que vigilan y se encargan de que cobremos lo que entregamos.
La propia risa desprende unas sustancias, las endorfinas, llamadas,
no sin argumento, "hormonas de la felicidad", que generan un efecto
placebo que nos calma. Y si esa risa no se centra y limita a una
carcajada, que alcanza el culmen y desciende para desaparecer, sino
que es una prolongada sonrisa, la sensación de bienestar se
multiplica. Y las comedias están pensadas también para que captemos
esos efímeros momentos de diversión que contribuyen a que percibamos
ese halo de feliz bienestar. Como ésta. Realizada con un realismo
exótico, a la manera londinense, donde ese exotismo que consigue dar
el realismo mágico se logra mediante los efectos de las drogas, o
cualquier otro estado alucinógeno (en algún momento recuerda a la
marcha de la noche neoyorkina de "Cuernos de Espuma", de Manuel
Toledano, con variedad de personajes y distintas disposiciones
frente a los avatares del destino y las causalidades). En este caso,
ese efecto que provoca esa sonrisa permanente.
La clave está en la consciencia de que la vida no está diseñada para
que nos pongamos más obstáculos de los que se nos presentan, de no
centrarse en la subsistencia. Orientar las acciones a disfrutar, y a
aceptar las cosas como vengan. Al mal tiempo, buena cara. Si no
encogemos cuando nos mojamos con la lluvia, entonces, ¿dónde está el
problema? Si te roban la bici, busca otro medio de transporte. Si no
te gusta tu vida, intenta mejorar. Sólo tú puedes cambiarla, es lo
que nos dice.
Es el punto del profesor de autoescuela; un amargado repleto de
prejuicios, que proyecta negatividad, frente al optimismo de la
protagonista. Incluso la percepción irreal que tiene de lo que capta
de la realidad, además de no ser cierto, es pesimista, si no ya una
pésima conclusión de sus frustraciones. Pero no quiere cambiar.
Quiere cambiar a Poppy, mediante represión ¿Por qué le irrita tanto
esa opción infantil de la protagonista frente a la vida, si no evita
las responsabilidades frente a las dificultades? Lo que aporta es
una resolución más llevadera de las situaciones complicadas. y sobre
todo, no proyectar las limitaciones personales y el malestar contra
los que le rodean. Desde mi punto de vista, una forma elogiable de
vivir, de la que todos aquellos que piensan que la vida es algo
serio de lo que no nos podemos reír, deberían aprender.
El Oso de plata que recibió la actriz en el festival de Berlín, muy
merecido, por cierto, -se recomienda ver la película en su versión
original para que Sally Hawkins pueda ser disfrutada en su lengua
original, con sus onomatopeyas y sus risitas particulares-, se lo
daba yo a tocos aquellos que realicen el esfuerzo de quitar peso a
las contrariedades. Porque se lleva mejor con más endorfinas que con
lágrimas. Es la suerte de disfrutar de la vida y ser feliz. Porque
la vida es, en su totalidad, una gran broma cósmica, con y de la que
podemos y deberíamos reírnos.
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