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JUNTOS, NADA MÁS
Una película de
Claude Berri
Interpretada por:
Audrey Tautou, Guillaume Canet, Laurent Stocker, Francoise Bertin…   

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Juntos, nada más es una plana historia sobre ayuda y cooperación entre los prójimos del día a día. Tema crucial que hubiera merecido y agradecido un tratamiento menos insípido y superficial.

 

Como curiosidad digna de reseñar, uno de los personajes -que pretenden ser un retrato de jóvenes humildes y de algún modo fracasados- se lamenta de sentirse “nada” porque gana “sólo” 2.000 € al mes. (!) Por muy caro que sea París, no es el doble que Madrid. Aún no sé cómo somos tan tontos que no vamos haciendo la maleta y cruzamos los Pirineos en caravana. Pero es que… ¡ay! es tan difícil traicionar el galardón divino de ser español y nacer en España… ¡Olé!

 

Audrey Tautou no es santa de mi altar. Ni pajolera falta que le hace a ella. No es excesivamente guapa cuando no está bien maquillada… y tampoco lo necesita. Sus enormes ojos tiernos hacen que irradie un encanto etéreo parecido al de la otra Audrey, la Hepburn; y si se me apura, un magnetismo más de andar por casa, más creíble. Practicar sexo con la protagonista de Sabrina parecería una profanación incestuosa, mientras que la actriz de esa cosa llamada El código Da Vinci no desentona tanto sudando en una cama o vomitando ginebra. Sin ser un pedazo de actriz, tampoco lo hace nada mal. El problema está en que, a menos que dé pronto un giro copernicano a su filmografía, su trayectoria se va a quedar pronto en meliflua agua de borrajas. Arrastra en los papeles que le ofrecen el lastre del que precisamente fue su único gran éxito real. Amelie era un producto artificioso, edulcorado y de un bienintencionado postizo; pero también era inteligente, tenía un ritmo estupendo y resultaba muy agradable de ver. El problema es que el merecido “taquillazo” que fue acabó generando funestas consecuencias. Su éxito “ameliconó” por completo al cine más comercial hecho en Francia, y en menor medida el del resto de Europa. Entre americanadas y “ameliconadas”, los paneles de carteles de los multicines representan desde entonces el via crucis del cinéfilo.

 

Otra nefasta influencia provino del propio personaje protagonista. Mucha jovencita con la hormonación en plenos fuegos artificiales no captó el tono caricaturesco y fantástico del filme, y tomó el papel representado por Tautou como un rol más a imitar desde “la cantera de los sueños”. Sucedía que el continente -la inteligente planificación de sus intrigas altruistas- era más difícil de imitar que el contenido –el optimismo suicida-. Desde entonces proliferaron esas alocadas y estrafalarias muchachas, propias de anuncio de compresas o de vídeo-clip electoral, que cual ONG ambulante van pegando brincos por la calle, acariciando niños, besando por igual a macarras y ancianitas con inexplicable sonrisa adosada a sus labios, transmitiendo el mensaje –como Andrés Montes- de que la vida puede ser maravillosa y que toda persona es buena si se la ama con alegría. El desorden mental, el capricho imprudente, la espontánea arbitrariedad y la falta de rumbo fueron elevados a categoría de virtud. Y claro, paralelo a esta proliferación de kamikazes andantes ha ido el aumento exponencial de las visitas al psiquiatra y de las adicciones a antidepresivos conforme estas “Amelies” de turno (las “caótica Ana”) se han ido chocando de bruces con la cruda realidad en que consiste el ser humano. Ocurre por desconocerse a sí mismas, que diría Sócrates.

 

Aún hoy día basta con entrar en un canal de ligue de Internet para cómo tres de cada cinco chicas de 18 a 35 años que allí se anuncia trata de convencer a los varones en celo de que están ante la mismísima Amelie en pleno chute eufórico y que con ellas pueden esperar cualquier gilipollez sorpresiva a la mínima que se descuiden. Ignorando que a la mayoría de la población que orina de pie le sobra con una mamá o una mujer-florero, y a los raritos que no, nos basta con un pelín de cordura. Sólo un poquito.

 

Nada de esto escapa de los cauces de la normalidad. Los muchachotes de mi generación adolescente nos iniciamos al crecimiento emulando a Karate Kid. Gracias a ello, los que no acabamos con la pierna escayolada tuvimos encuentro con “Señores Miyagis” de andar por casa que resultaban pedófilos o captadores de sectas. ¡Y no pasó nada! Hoy día estamos todos perfectamente sanos de la azotea, mejoramos el mundo que heredamos y somos un ejemplo para las generaciones venideras … ¿no?

 

Me voy tanto por las ramas y juego tanto a la provocación (que nunca aburre) porque escribir sobre Juntos, nada más sería tan insustancial como verla. Hablar de solidaridad y amistad de un modo tan almibarado e impostado como hace este filme acaba siendo contraproducente. La poca credibilidad transmitida hace precisamente que se vean como quimeras inalcanzables, un engaño más con el que tenernos entretenidos. Y por ahí ya no trago. Que algunos no tengamos constancia de estos valores en nuestra vida social no quiere decir que sean mentira. Ni mucho menos. ¡Tan seguro como que Dios existe!... ¿A que ya nos hemos quedado más tranquilos?

 

 

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