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Texto:
Bálder Montesinos
Después de ver decenas de documentales y películas sobre
Mongolia, uno siempre contempla en la pantalla una inmensa llanura
verdosa y rala rodeada de pequeños montes grises de arenisca. Por
inexplicable razón, contagiados acaso por los lugareños que no le
ven motivo práctico, los que allí filman nunca se acercan al pie de
esos montes, menos aún a sus cimas. Y se me ocurre que la vista
desde ese lugar debe ser espectral, imponente.
Quien ya experimente cierto cansancio sólo con mi
comentario anterior o no gozase en su momento de Dersu Uzala
o Una historia verdadera; el que no sienta espontánea
admiración reverencial ante la silueta de un camello bactriano; o
ese al que no se le encoge el corazón cuando jinetes mongoles de
menos de diez años sacuden la estepa al trote de sus pequeños
caballos, entonces es mejor que ahorre su valiosísimo tiempo
privándose de ver La boda de Tuya. Al jurado del festival de
Berlín sí que le debe ir ese tipo de cine puesto que la ha premiado
con el Oso de Oro 2007. No me pronunciaré sobre si es justo o no,
puesto que no he visto sus competidoras. Pero tampoco puede ser algo
demasiado injusto, porque estamos ante una buena y bella película.
Tierna y sencilla historia sobre personajes sencillos,
rodada con sencillez. ¡Ojo de no confundir sencillez con simpleza!
Trazar una breve sinopsis de lo que ocurre en su metraje es ya
avanzar mucho, con lo que no destriparé nada. En realidad, la
intención del director no es otra que la de ofrecer un sentido
homenaje a un paisaje vital y un modo de supervivencia milenaria que
está próximo a desaparecer en
la Mongolia
Interior (perteneciente a China), donde el gobierno está tomando
medidas directas forzando pastores nómadas a volverse agricultores
sedentarios. Para realizar este tributo, utiliza como excusa una
trama basada en un hecho real del que tuvo conocimiento. Esta
historia es en sí un canto a la Lealtad en su más elevada expresión.
Y, claro, cuando uno mira alrededor en su ecosistema urbano
occidental y ve muchísimas cosas pero no rastro ni noticias de la
Nobleza y
la Lealtad, es posible que lo visto le conmueva y le haga un
pequeño o grande nudo en la garganta. Y cómo no, la situación
oprimida y aplastada de la mujer, ese mal tan consustancial al error
evolutivo que es la raza humana, se filtra por los poros de la
narración con contundencia convincente.
A la mayor frescura y mérito de La boda de Tuya,
ninguno de los hombres protagonistas es actor profesional sino
auténticos pastores mongoles haciendo poco menos que de sí mismos.
Rostros rotundos y elocuentes, como poemas o bofetadas. La única
actriz formada y foránea es la gran –grandísima- protagonista: la
china Yu Nan. Enorme. Si se llamase por ejemplo Hillary Parker,
Cynthia White o Melissa Stephens, estaríamos hablando de una
interpretación con repercusión internacional y premios al por mayor.
No sólo es la fantástica parte emocional en sí, sino el
extraordinario trabajo de hacer de esta bella joven de una ciudad
del sur una ruda pastora mongola a la que vemos pastorear a caballo,
levantar carros, conducir camellos en la nieve y bajo el sol… Las
saludables hembras autóctonas no se sentirán impostadas con la
formidable Yu Nan mostrando al mundo sus mejores esencias de
formidable etnia en extinción. Y sí; sigue resultando sexy. Quién no
es capaz de enamorarse de una hembra natural como es Tuya, a buen
seguro desmerece cohabitar con ninguna otra, dado que a ninguna
sabría hacer feliz.
Otro descubrimiento por el que merece la pena ir a ver las
peripecias de Tuya y sus hombres es una inesperada banda sonora de
cantos tradicionales. Uno se cree el rey de los “friquis” y piensa
que ya ha probado todo en eso de las “músicas del mundo”. Y de
pronto descubre una laguna imperdonable en lo respectivo a la música
mongola. Melodías nasales con desgarro que recuerdan mucho a los
cantos de los indios de América del norte o a los Joik de los saamis
(lapones), pero enriquecidas con una rica polifonía
contrapuntísitica que tiene poco que envidiar al folklore búlgaro,
los cantos de los isleños de Cook, los Trallaleri genoveses o los
coros tradicionales coreanos. Ahí es nada.
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