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Texto:
Bálder Montesinos
La constante ensoñación personal en la que nos debatimos,
huyendo con la imaginación de la cruda realidad a cada momento… ¿Es
buena o mala? La contestación, no en esta reseña, sino al final de
esta recomendable película.
Bajo las grietas de lo que parece (y es) una obra
divertida, inteligente y ácida a golpe de anécdotas y sketches
ligeramente entrelazados, se filtra un terrible drama existencial:
el del Don Nadie, también denominado mindundi, pelanas, pringao,
pelele, pelao… Osease, tú que me lees, yo mismo y todos aquellos
que, si nos conociésemos y encontrásemos, estaríamos poniendo a caer
de un burro para matar las horas con aburrimiento. Eso sí; un
mindundi a la canadiense, que gana literalmente 50.000 $ al año,
vive en un adosado y tiene además una casita frente al mar. Que,
puestos a deprimirnos por el sinsentido de sobrevivir, siempre es
preferible hacerlo en esas condiciones que en un piso interior en
Canillejas.
Quizá por la naturaleza insignificante del protagonista, me
identifico desde el principio mucho mejor con esta historia que con
los pedantes, esnobistas, acomodados y profesionalmente reconocidos
personajes de Las invasiones bárbaras, el más exitoso
precedente del director y la segunda parte de una supuesta trilogía
de la que La edad de la ignorancia pretende ser rúbrica.
En esta última todo es mucho más natural, fluido e universal,
amén de más gracioso. Incomprensiblemente, ha pasado desapercibida
para la crítica internacional mientras se deshizo en halagos y
galardones con la anterior, por momentos irritante y aburrida. Lo
que puede confirmar mi sospecha de que la mayor parte de mis colegas
críticos son pedantes, esnobistas, acomodados, y se creen
profesionalmente reconocidos. O lo que es más alarmante aún: que
efectivamente, por ser el único que respondo 100% a mis gustos sólo
yo puedo tener razón … y los que no piensan igual están
fatídicamente equivocados.
Sin necesidad de tragarse uno de esos empalagosos y
autocomplacientes “making-off” o “Así se hizo” es fácil adivinar la
forma de trabajar de Arcand en los guiones: poniendo todo lo que se
le pasa por la cabeza en los meses previos a rodar, sin renunciar a
nada. Con lo que quedan también al descubierto los principales
defectos de su cine: heterogeneidad irregular, alargamiento,
incontinencia, y la pretenciosa pretensión de querer abarcarlo todo,
desde la anécdota con miga reflejada en el periódico hasta los
propios hallazgos en el camino del placer o de la paz interior. Como
todas las anteriores carencias me son “casualmente” familiares,
“casualmente” también no lo criticaré por ellas. Arbitrario que es
uno; al parecer el único en el planeta.
El caso es que este calidoscopio intentando resumir el
Universo en cien minutos de metraje no deja mal sabor de boca. Por
encima del caótico “sin dios” de lo que se muestra, subyace la
impresión de que no todas las pequeñas cosas que ocurren en la vida
y anotaríamos en la agenda de nuestra propia peli tienen tan poca
relación entre ellas como parece. Y, ojo; pese a la debilidad
aparente de la trabazón, se mantiene en todo momento la pulcritud
rítmica y la amenidad narrativa (¡casi nada en estos tiempos!). Se
ve con bastante gusto y mayor simpatía. Tampoco la autenticidad de
sentimientos y opiniones de Arcand son de los que dejan duda alguna
sobre su enraizamiento hondo en la persona. Todo se expone con
pasión, ira, ansiedad, vehemencia e inteligente mala leche… Le pone
ganas… y su pizquita de ternura y desesperación cuando toca. No cabe
duda de que es uno de los tipos que escribimos no porque nos guste
un carajo o dé para vivir, sino como odiosa necesidad con voluntad
de espantar fantasmas personales (a menudo sin éxito). No es alguien
inspirado como Akin, o genial como Coixet, pero es agudo y buscador,
y eso, como el inconformismo, nunca sobra.
Todo el castillo de naipes sin caer se sustenta y apoya en
Marc Labrèche, inconmensurable actor que desconocía. De incómoda
cara de rana y procedente de la comedia y la presentación de “late
shows” (equivalente televisivo a El Gran Wyoming de Québec), abarca
aquí todos los registros posibles en su impresionante pedazo de
recital. Manteniendo en todo momento domeñada y supeditada su
innegable vis cómica; ejemplo que deberían seguir esos histriones
que son Robin Williams, Jim Carrey o Steve Martin, buenos actores
que basan equivocadamente su presunta hilaridad en hacer cuatro
muecas por segundo. Me basta verle en La edad de la ignorancia
para afirmar que es uno de los diez intérpretes vivos más
interesantes y completos del planeta. Ya espero la siguiente. ¿Cómo
no ha tenido más repercusión este papel? La prensa tiene menos vista
que Pepe Leches en lo que se refiere a captar un talento. Como
siempre, se equivocan dándose cuenta de lo que mi subjetividad capta
irrefutable y objetivo.
Y, en fin,
Rufus Wainwright, pese a aparecer en los títulos de crédito no hace
sino lo que mejor sabe: cantar como lo harían los mismos angelotes
de Rafael si tuviesen la voz de Rufus Wainwright. En este caso
Ópera. Su versión de una poco conocida del aún más desconocido
Giuseppe Sarti (admito no saber ni que existía) ya vale el precio de
la entrada. Un placer añadido a las cuatro estupendas mujeres que
dan salsa a la insípida vida de Labrèche. A cual más sugerente y
lúbrica.
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