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Texto:
Bálder Montesinos
Cuando escuchamos nuestra voz en una grabación o nos vemos
en un vídeo casero no nos reconocemos. Ni nos oímos así, ni nos
percibimos de ese modo en un espejo. Casi escuece toparnos con lo
que realmente pueden captar los demás desde fuera. Del mismo modo,
uno va al cine a trascenderse, a evadirse, a identificarse con
sueños o pesadillas que aporten una imagen algo distorsionada del
"sí mismo" y de sus centros mentales de gravedad; imagen "de
espejo": similar pero cambiada. Así que cuando se afronta una
película como ésta, eficiente y radicalmente hiperrealista, el dolor
de lo contemplado y reconocido puede asumir ecos de terror
existencial. Porque en una historia usual, incluso con aspiraciones
de realismo, nos suelen llevar de la mano por el camino de lo
interesante, lo condensado, lo teatralmente sintético y conciso.
Aquí no; en vez de eso una especie de cámara oculta nos muestra (sin
aburrirnos casi nunca, que es su mérito) la vida real en toda su
hueca amplitud, con todos esos rellenos mecánicos y sin sentido que
ocupan la mayoría aplastante de nuestros segundos. Pocas o ninguna
película, en ese sentido, tan conseguida como ésta. Demoledoramente
creíble.
Paradigmáticas, las mujeres que dan vida a esta historia
(reconocibles por todos): hiperactivas, ciegas al instante,
preparando comidas que durarán poco, limpiando cosas que se
ensuciarán al rato, trabajando con pulcritud, mediando en triviales
disputas, cuidando de los suyos, haciendo y deshaciendo planes.. Si
uno vive esta realidad de cerca no repara nunca en ello; pero si se
permanece sentado 120 minutos ante esa parafernalia cuando no atañe
ni "moja", entonces la grabadora devuelve nítida la verdadera voz de
las horas, del sinsentido de las vidas ajenas y propia, del vacío
sobre el que damos vueltas en grotesca danza de tics aprendidos.
No es de extrañar la profusión, pareja a la de las
depresiones, de las enfermedades incurables. El sabio subconsciente,
libre de la maraña de detalles nimios que asfixia la consciencia,
diseña su suicidio jugando con las células. Anhelamos morir; y
cegados por el fulgor del miedo a la muerte no nos damos cuenta.
¿Quién querrá perdurar en este tablero cuando se han conocido las
rancias reglas del juego; sobrevivir en éstas condiciones tomada su
estrecha medida? ¿En quién se puede confiar o refugiarse, descargar
todo un infierno de incomprensión silenciada? ¿A quién gritarle
"auxilio", ocupados siempre nuestros cocos en polladas que mañana
olvidaremos; tonterías para obviar ese ansia no admitida de fundido
en negro? Eso es la Soledad; y eso es "La Soledad". No es que al
llegar a los títulos de crédito uno sienta tentación de probar en su
cuerpo la ley de la Gravedad "planeando" desde el Viaducto; sólo que
se acaba pensando en todo esto. Película que empuja al ser humano a
sus límites, gran película ha de ser. Lo que tiene toda pinta desde
lejos de oferta aburrida o poco grata, en la mirada corta y limpia
cobra naturaleza de inquietante obra de arte. El dolor es otra
ilusión sin sentido, una zancadilla más a la Muerte, pero... DUELE.
El frecuente uso aquí de la "Polivisión" (pantalla dividida
en dos cámaras simultáneas desde ángulos distintos) no es
imprescindible, pero tampoco trivial. Aporta variedad visual,
amenidad y distancia emocional a un cine de secuencias largas. Que
conmueve respetando al espectador, sin hurgar en sus lágrimas.
Interesante comparación a este respecto con el otro extremo del
drama, igualmente atractivo (para gustos los colores): el que
conforma por ejemplo, Después de la Boda de Suzanne Bier.
Siempre es recomendable no leer nunca sinopsis ni ver
trailers como los actuales, que destrozan las películas matando las
sorpresas (salvo los de las pelis malas, que nos las ahorran). Pero
en este caso subrayo el consejo. Sólo así se puede disfrutar de una
de las escenas y giro de argumento más impactantes de la historia
del Cine, sabiamente conducidos precisamente por el ritmo; pausado,
pero no parado. Escena que genera genialmente todo un invisible
suspense posterior, acaso no buscado. Un poco menos de pausa, eso
sí, y estaríamos no ya ante una muy buena película, sino ante toda
una obra maestra. Dificilísimo equilibrio que bordaba Kiezlowski.
Anécdota: impagable experiencia haber visto en el patio de
butacas a varias de las actrices conmoviéndose con su propia
película en su primer visionado. Eso sí es cine en 3-D; naturalismo
recalcitrante. También merecía haber sido filmado por algo más que
mi memoria.
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