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LA SOLEDAD
Una película de Jaime Rosales

Interpretada por:
Sonia Almarcha, Petra Martínez, Miriam Correa, Nuria Mencía, María Bazán, Jesús Cracio, Luís Villanueva

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Cuando escuchamos nuestra voz en una grabación o nos vemos en un vídeo casero no nos reconocemos. Ni nos oímos así, ni nos percibimos de ese modo en un espejo. Casi escuece toparnos con lo que realmente pueden captar los demás desde fuera. Del mismo modo, uno va al cine a trascenderse, a evadirse, a identificarse con sueños o pesadillas que aporten una imagen algo distorsionada del "sí mismo" y de sus centros mentales de gravedad; imagen "de espejo": similar pero cambiada. Así que cuando se afronta una película como ésta, eficiente y radicalmente hiperrealista, el dolor de lo contemplado y reconocido puede asumir ecos de terror existencial. Porque en una historia usual, incluso con aspiraciones de realismo, nos suelen llevar de la mano por el camino de lo interesante, lo condensado, lo teatralmente sintético y conciso. Aquí no; en vez de eso una especie de cámara oculta nos muestra (sin aburrirnos casi nunca, que es su mérito) la vida real en toda su hueca amplitud, con todos esos rellenos mecánicos y sin sentido que ocupan la mayoría aplastante de nuestros segundos. Pocas o ninguna película, en ese sentido, tan conseguida como ésta. Demoledoramente creíble.

 

Paradigmáticas, las mujeres que dan vida a esta historia (reconocibles por todos): hiperactivas, ciegas al instante, preparando comidas que durarán poco, limpiando cosas que se ensuciarán al rato, trabajando con pulcritud, mediando en triviales disputas, cuidando de los suyos, haciendo y deshaciendo planes.. Si uno vive esta realidad de cerca no repara nunca en ello; pero si se permanece sentado 120 minutos ante esa parafernalia cuando no atañe ni "moja", entonces la grabadora devuelve nítida la verdadera voz de las horas, del sinsentido de las vidas ajenas y propia, del vacío sobre el que damos vueltas en grotesca danza de tics aprendidos.

 

No es de extrañar la profusión, pareja a la de las depresiones, de las enfermedades incurables. El sabio subconsciente, libre de la maraña de detalles nimios que asfixia la consciencia, diseña su suicidio jugando con las células. Anhelamos morir; y cegados por el fulgor del miedo a la muerte no nos damos cuenta. ¿Quién querrá perdurar en este tablero cuando se han conocido las rancias reglas del juego; sobrevivir en éstas condiciones tomada su estrecha medida? ¿En quién se puede confiar o refugiarse, descargar todo un infierno de incomprensión silenciada? ¿A quién gritarle "auxilio", ocupados siempre nuestros cocos en polladas que mañana olvidaremos; tonterías para obviar ese ansia no admitida de fundido en negro? Eso es la Soledad; y eso es "La Soledad". No es que al llegar a los títulos de crédito uno sienta tentación de probar en su cuerpo la ley de la Gravedad "planeando" desde el Viaducto; sólo que se acaba pensando en todo esto. Película que empuja al ser humano a sus límites, gran película ha de ser. Lo que tiene toda pinta desde lejos de oferta aburrida o poco grata, en la mirada corta y limpia cobra naturaleza de inquietante obra de arte. El dolor es otra ilusión sin sentido, una zancadilla más a la Muerte, pero... DUELE.

 

El frecuente uso aquí de la "Polivisión" (pantalla dividida en dos cámaras simultáneas desde ángulos distintos) no es imprescindible, pero tampoco trivial. Aporta variedad visual, amenidad y distancia emocional a un cine de secuencias largas. Que conmueve respetando al espectador, sin hurgar en sus lágrimas. Interesante comparación a este respecto con el otro extremo del drama, igualmente atractivo (para gustos los colores): el que conforma por ejemplo, Después de la Boda de Suzanne Bier.

 

Siempre es recomendable no leer nunca sinopsis ni ver trailers como los actuales, que destrozan las películas matando las sorpresas (salvo los de las pelis malas, que nos las ahorran). Pero en este caso subrayo el consejo. Sólo así se puede disfrutar de una de las escenas y giro de argumento más impactantes de la historia del Cine, sabiamente conducidos precisamente por el ritmo; pausado, pero no parado. Escena que genera genialmente todo un invisible suspense posterior, acaso no buscado. Un poco menos de pausa, eso sí, y estaríamos no ya ante una muy buena película, sino ante toda una obra maestra. Dificilísimo equilibrio que bordaba Kiezlowski.

 

Anécdota: impagable experiencia haber visto en el patio de butacas a varias de las actrices conmoviéndose con su propia película en su primer visionado. Eso sí es cine en 3-D; naturalismo recalcitrante. También merecía haber sido filmado por algo más que mi memoria.

 

 

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