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Texto: Bálder Montesinos
El pensamiento del obispo, filósofo y esclavista irlandés
George Berkeley de que sólo existe aquello que es percibido y que la
percepción es la fuente de la existencia, llevado a su extremo
conduce a que nada existe si no hay nadie que lo capte. O lo que es
lo mismo, que el Universo sería una creación mental de los
perceptores. Esta osada teoría, que aún estudian con reverencia
aspirantes a licenciatura en Filosofía, apoyaría de un modo más o
menos racionalizado lo que afirmaban sobre la sustancia del Universo
teorías más antiguas, provenientes del hinduismo, el budismo o el
sufismo. En los últimos años parece ser que los avances en Física
Cuántica corroboran esto, y que las partículas más elementales que
existen, cuyo siguiente paso es la nada, aparecen y desaparecen sin
saberse a dónde van, en función de si entran o no en contacto con
otras partículas
Apasionantes pajas existenciales más o menos inspiradas en
Berkeley, en el tema de la realidad subjetiva del Universo y la
proyección de la mente individual sobre la realidad exterior han
inspirado algunas de las películas más apasionantes que se
recuerdan, o al menos de las que más me apasionan. Desde Abre los
ojos o Atrapado en el tiempo, al mismo Matrix
antes de que la explosión final de efectos especiales, tiroteos y
saltos suspendidos en el aire provoquen el bostezo.
En otra línea, no tan directamente influida por la
intuición Berkeleyana, han habido reseñables filmes
“filosófico-existenciales” fuera de
la Ciencia- Ficción acerca de la esencia y realidad de la vida y el individuo:
No te mueras sin decirme adónde vas, Cómo ser John
Malkovich, El ladrón de orquídeas, Más extraño que la
ficción, El azar, o las poco o muy fallidas El show de
Truman, Olvídate de mí, La fuente de la vida y Más
allá de los sueños.
Se retoma explícitamente la filosofía de Berkeley en La
vida interior de Martin Frost, obra de corte fantástico sobre un
novelista de éxito en momento de crisis creativa y la interacción
con su musa, aparecida súbitamente en su cama. Paul Auster cura en
salud su osadía irracional brindando gratuita explicación, dándole
sesgo literario de novela dentro de una novela -donde se escribe a
su vez otra-. La idea de la repercusión directa de lo escrito en
la vida del escritor era ya la base del relato Esperanza, del
libro Palabras y sangre de Giovanni Papini. Auster,
conociéndolo o no, juega con ella con distinto enfoque y desenlace.
En realidad ya ha sido exprimida hasta el tuétano en el género de
terror y acaso late en el inconsciente de todo creador, igual que la
también presente de los súcubos o El golem de Meyrink.
En este filme se saca a la luz algo que quizá ni siquiera
tenemos claro los que escribimos algo con trasfondo más o menos
literario, ya sea novela, poema, columna o interminable reseña de
cine. Y es que no buscamos en realidad sino lo que se le cruza a
Martin Frost: un deseable miembro del sexo opuesto encadenado en su
memoria a nuestras obras, de las que cada frase le sirva de
excitación lúbrica, rúbrica a sus anhelos y sentido a sus días.
Inquebrantable lealtad agradecida. Que halle en lo creado lo que ni
siquiera uno reparó al hacerlo, amén de insaciable estímulo al frote
corporal. El nivel tan elevado de la meta soterrada explica que
entre los literatos abunde tanto el onanismo solitario; dulce
refugio a la triste realidad de los fan de carne y hueso (el que los
tiene)
La exposición de tan honda ensoñación debería hacer de
La vida interior de Martin Frost algo fascinante. Y llega a
serlo durante al menos la primera hora de metraje. Pero luego, la
impericia de Auster manejando los tempos de algo que no es una
novela sino sucesión de fotogramas, cierta frialdad e indefinición
sin rumbo, y alargar artificialmente una idea de cortometraje, hacen
que la emoción se vaya diluyendo. Aunque el regusto final es muy
agradable, todo hace pensar que con la temática, estos actores (Thewlis,
formidable; Imperioli tiene gracia), y el presunto talento del autor
se podía haber hecho una película inolvidable, de esas para
revisionar cada tres meses y en momentos de bajón. Siendo
recomendable, el resultado final no da para tanto. Para mí, pese a
todo, ha resultado grata sorpresa. Lo explico. Desconozco al Auster
escritor a raíz de un desafortunado encuentro con un cómic basado en
un relato suyo. Me pareció plagado de tópicos de principiante y de
reverencias a una mitología neoyorquina de la que no soy cofrade,
sino al contrario. Con el cineasta tampoco tuve suerte. La primera
–y última- película que había visto de él era Blue in the face;
absoluta parida y una de las mayores tomaduras de pelo fílmicas que
recuerdo, al nivel de Caro diario y Mulholland drive.
Tachón en la lista. Admito que fui a ver ésta que reseño con la
prejuiciosa intención de machacarlo. Sentido y resentido que es uno.
Y con Irène Jacob me ocurre algo muy triste o muy bello,
según se mire. La actriz está más que correcta y a sus 41 años sigue
teniendo su atractivo. Pero ya no es “aquella insolencia de latidos
que encendía mis deseos más prohibidos”. La que precisamente fuera
mi etérea musa de adolescencia y juventud con
La Doble
vida de Verónica
y Rojo –en
mi caso nunca “manifestada” en mi dormitorio-, ya no me
despierta nada tan especial cuando la veo actuar después de
aquellas. Y es que al cabo de los años descubrí que de quien
realmente estaba enamorado era de la mirada de Kieslowski, acaso de
él mismo sin conocer su rostro. ¿Hubiera servido yo como su musa?
¡Puede que aún siga viviendo en otra dimensión y me aparezca en su
cama! (¡Puff!)… Buen momento para lamentar ser tan material y “hetero”.
Anécdota boba: encontré extrañísimo que en el chalet donde
transcurre la acción haya numerosos ejemplares viejos de Pinus
pinea (pino piñonero), especie que es harto difícil de encontrar
al otro lado del atlántico y más en las afueras de Nueva York. La
solución del “misterio”, al final de los títulos de crédito.
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