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LA VIDA INTERIOR DE MARTIN FROST
Una película de
Paul Auster
Interpretada por:
David Thewlis, Irène Jacob, Michael Imperioli y Sophie Auster.

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

El pensamiento del obispo, filósofo y esclavista irlandés George Berkeley de que sólo existe aquello que es percibido y que la percepción es la fuente de la existencia, llevado a su extremo conduce a que nada existe si no hay nadie que lo capte. O lo que es lo mismo, que el Universo sería una creación mental de los perceptores. Esta osada teoría, que aún estudian con reverencia aspirantes a licenciatura en Filosofía, apoyaría de un modo más o menos racionalizado lo que afirmaban sobre la sustancia del Universo teorías más antiguas, provenientes del hinduismo, el budismo o el sufismo. En los últimos años parece ser que los avances en Física Cuántica corroboran esto, y que las partículas más elementales que existen, cuyo siguiente paso es la nada, aparecen y desaparecen sin saberse a dónde van, en función de si entran o no en contacto con otras partículas

 

Apasionantes pajas existenciales más o menos inspiradas en Berkeley, en el tema de la realidad subjetiva del Universo y la proyección de la mente individual sobre la realidad exterior han inspirado algunas de las películas más apasionantes que se recuerdan, o al menos de las que más me apasionan. Desde Abre los ojos o Atrapado en el tiempo, al mismo Matrix antes de que la explosión final de efectos especiales, tiroteos y saltos suspendidos en el aire provoquen el bostezo.

En otra línea, no tan directamente influida por la intuición Berkeleyana, han habido reseñables filmes “filosófico-existenciales” fuera de la Ciencia- Ficción acerca de la esencia y realidad de la vida y el individuo: No te mueras sin decirme adónde vas, Cómo ser John Malkovich, El ladrón de orquídeas, Más extraño que la ficción, El azar, o las poco o muy fallidas El show de Truman, Olvídate de mí, La fuente de la vida y Más allá de los sueños.

 

Se retoma explícitamente la filosofía de Berkeley en La vida interior de Martin Frost, obra de corte fantástico sobre un novelista de éxito en momento de crisis creativa y la interacción con su musa, aparecida súbitamente en su cama. Paul Auster cura en salud su osadía irracional brindando gratuita explicación, dándole sesgo literario de novela dentro de una novela -donde se escribe a su vez otra-.   La idea de la repercusión directa de lo escrito en la vida del escritor era ya la base del relato Esperanza, del libro Palabras y sangre de Giovanni Papini. Auster, conociéndolo o no, juega con ella con distinto enfoque y desenlace. En realidad ya ha sido exprimida hasta el tuétano en el género de terror y acaso late en el inconsciente de todo creador, igual que la también presente de los súcubos o El golem de Meyrink.

 

En este filme se saca a la luz algo que quizá ni siquiera tenemos claro los que escribimos algo con trasfondo más o menos literario, ya sea novela, poema, columna o interminable reseña de cine. Y es que no buscamos en realidad sino lo que se le cruza a Martin Frost: un deseable miembro del sexo opuesto encadenado en su memoria a nuestras obras, de las que cada frase le sirva de excitación lúbrica, rúbrica a sus anhelos y sentido a sus días. Inquebrantable lealtad agradecida. Que halle en lo creado lo que ni siquiera uno reparó al hacerlo, amén de insaciable estímulo al frote corporal. El nivel tan elevado de la meta soterrada explica que entre los literatos abunde tanto el onanismo solitario; dulce refugio a la triste realidad de los fan de carne y hueso (el que los tiene)

 

La exposición de tan honda ensoñación debería hacer de La vida interior de Martin Frost algo fascinante. Y llega a serlo durante al menos la primera hora de metraje. Pero luego, la impericia de Auster manejando los tempos de algo que no es una novela sino sucesión de fotogramas, cierta frialdad e indefinición sin rumbo, y alargar artificialmente una idea de cortometraje, hacen que la emoción se vaya diluyendo. Aunque el regusto final es muy agradable, todo hace pensar que con la temática, estos actores (Thewlis, formidable; Imperioli tiene gracia), y el presunto talento del autor se podía haber hecho una película inolvidable, de esas para revisionar cada tres meses y en momentos de bajón. Siendo recomendable, el resultado final no da para tanto. Para mí, pese a todo, ha resultado grata sorpresa. Lo explico. Desconozco al Auster escritor a raíz de un desafortunado encuentro con un cómic basado en un relato suyo. Me pareció plagado de tópicos de principiante y de reverencias a una mitología neoyorquina de la que no soy cofrade, sino al contrario. Con el cineasta tampoco tuve suerte. La primera –y última- película que había visto de él era Blue in the face; absoluta parida y una de las mayores tomaduras de pelo fílmicas que recuerdo, al nivel de Caro diario y Mulholland drive. Tachón en la lista. Admito que fui a ver ésta que reseño con la prejuiciosa intención de machacarlo. Sentido y resentido que es uno.

 

Y con Irène Jacob me ocurre algo muy triste o muy bello, según se mire. La actriz está más que correcta y a sus 41 años sigue teniendo su atractivo. Pero ya no es “aquella insolencia de latidos que encendía mis deseos más prohibidos”. La que precisamente fuera mi etérea musa de adolescencia y juventud con La Doble vida de Verónica y Rojo –en mi caso nunca “manifestada” en mi dormitorio-, ya no me despierta nada tan especial cuando la veo actuar después de aquellas. Y es que al cabo de los años descubrí que de quien realmente estaba enamorado era de la mirada de Kieslowski, acaso de él mismo sin conocer su rostro. ¿Hubiera servido yo como su musa? ¡Puede que aún siga viviendo en otra dimensión y me aparezca en su cama! (¡Puff!)… Buen momento para lamentar ser tan material y “hetero”.

 

Anécdota boba: encontré extrañísimo que en el chalet donde transcurre la acción haya numerosos ejemplares viejos de Pinus pinea (pino piñonero), especie que es harto difícil de encontrar al otro lado del atlántico y más en las afueras de Nueva York. La solución del “misterio”, al final de los títulos de crédito.

 

 

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