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Texto: Juan Torres
Siempre me han fascinado las películas de viajes en el
tiempo. Esas paradojas temporales creadas cuando uno contempla a su
yo-futuro o yo-pasado y los cambios que se producen en el presente
al modificar algo del pasado. Ninguna película es comparable a otra
y todos tenemos en mente algunas de las mejores. El lector de esta
crítica pronto tendrá que sumar Los Cronocrímenes de Nacho
Vigalondo (de la que ya se esta produciendo un remake americano) a
las mejores de ellas. Contradiciendo los esquemas del típico cine
español, nos presenta una historia basada en un guión sólido (ahí es
donde cojean casi todas las otras) en torno a cuatro personajes,
actores semi-desconocidos (salvo Karra Elejalde, que dista mucho de
ser mediático, y el mismo Nacho), ambientada en un único escenario,
un bosque, y con un viaje en el tiempo que hará precipitar los
acontecimientos.
En esta ocasión el sorprendido viajante retrocederá poco
más de una hora, haciendo que todas esas posibles paradojas sean
mucho más inmediatas y efectivas de cara al espectador. Nacho
Vigalondo basa su historia en este corto trayecto temporal y crea
una historia de cine fantástico hasta ahora ninguneada por los
grandes medios. Los cabos sueltos se van atando de manera
inteligente, los bucles temporales, la repetición de escenas desde
nuevos puntos de vista, y la sensación de que todo ha obedecido a un
plan perfectamente orquestado en torno a la multiplicación del
personaje principal (un Karra Elejalde víctima y verdugo que va
ganando fuerza con el paso de los minutos) hacen de Los
Cronocrímenes mucho más que una opera prima. Y es que Nacho
Vigalondo necesita poco para impresionar mucho.
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