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MEMORIAS
DE QUEENS
Una película de Dito Montiel
Interpretada por:
Robert Downey Jr., Shia Labeouf, Chazz Palminteri, Dianne
Wiest, Channing Tatum, Melonie Díaz, Martin Compston, Eric
Roberts... |
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Texto:
Bálder Montesinos
¿En qué momento se paró el reloj vital de uno? ¿Cuál es esa
época en la que el corazón y las obsesiones aún abrevan
recurrentemente cual canica rodando en torno a un centro de
gravedad? En el caso del escritor-director Dito Montiel, no cabe
duda de que su alma todavía deambula por el barrio neoyorquino de
Astoria en Queens en los años 80. A nadie nos interesan los
recuerdos de nadie si una emoción auténtica no nos atrapa
sumergiéndonos en una atmósfera; un viaje sensorial y emocional.
Dito lo consigue de un modo interesante a emular: en vez de
sobrecargar con detalles de reconstrucción, el tratamiento de
obviedad y desinterés que les confiere lo hace todo más natural y
evita una meticulosa recreación con la que no pudiésemos olvidarnos
de que hay una película y un equipo entre la historia y nosotros. Y
es que en nuestras mentes, los detalles del día a día sólo cobran
entidad desde el recuerdo. Aquí todo es recuerdo y flash-back, pero
para hacerlo más vívido, la transposición emotiva se hace desde el
punto de vista de aquel presente pasado. Esto resta melancolía pero
aumenta la intensidad, algo coherente cuando se siente nostalgia
inexplicable de algo que sin embargo se sabe poco deseable a
retornar. Gracias a esto Memorias de Queens atrapa con su
garra la garganta desde casi el comienzo y no la suelta hasta
literalmente el último momento. Y es que siempre fastidia la gente
que sale del cine con prisa y no aguanta los títulos de crédito,
pero aquí reciben su castigo porque este magnífico drama reserva sus
tesoros hasta finalizados aquellos.
Desde el colosal reparto (Downey Jr, Palmintieri, Wiest,
Labeouf..), hasta una banda sonora minimalista pero efectiva y
bella, todo enriquece sin interferir este retorno sentimental tan
personal donde el autor expía públicamente su sentido de culpa.
Porque siempre nos sentimos en deuda con esas personas que no nos
entienden, nos molestan con su forma de ser, y sin embargo siguen
queriéndonos con lealtad a lo largo de los años “¿Qué narices he
hecho yo para que me aprecien tanto, si no los soporto?” El guión
distorsiona al parecer algunos detalles de la verdadera biografía de
Montiel, pero eso no evita palpar que los retazos han sido
arrancados, como vísceras, de las entrañas de la memoria. Sin haber
sido nunca un quinqui, me reconozco perfectamente en esos chavales
dando vueltas sin rumbo por no recalar en casa, siempre al borde de
una tragedia mascándose a escasos metros o segundos, sobreestresando
al ángel de la guarda y desesperando a los que esperan algo de uno.
Sin narrador ni nada que huela a diario de escritor, todo
es muy, muy íntimo. A diferencia de otras buenas películas de
temática parecida como Malas calles o Una historia del
Bronx (por citar dos de cien) aquí el aroma a efectismo
hollywoodiense es casi inexistente, y tampoco hay connotaciones de
denuncia social como en El Bola, ni de pesimismo existencial
como en Barrio. Inmerso en un ecosistema ahogante, Montiel
habla en voz baja singular, sin asumir papeles de portavoz plural.
Gracias al
proyecto de laboratorio de escritura de guiones y dirección de cine
de Sundance, se ha sacado un cineasta prometedor de un escritor
medianamente reconocido (el libro de recuerdos en que se basa la
película A guide to recognizing your saints tiene pinta
interesante). Lejos de provenir de un ambiente intelectual, su
pasado posterior al narrado por el libro y el film es de modelo de
ropa interior y rockero fracasado. Esto, reseñado en la parte
trasera de un libro, atrae a las masas más que un escritor de culo
pegado a la silla (hasta en el mundo de la cultura prevalece lo
externo y el instinto sexual). Habrá que ver si es capaz de
sobrevivir a sus previsibles futuros fan, y si con un mundo anímico
tan personal y nítido es capaz de ser como Woody Allen y contarnos
siempre lo mismo sin cansarnos nunca demasiado. Por de pronto, el
muy condenado me ha hecho llorar.
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