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Texto: Bálder Montesinos
Este 2007 que se nos escurre ya entre los dedos, es posible
que dentro de no mucho tiempo sea recordado como el año en que una
película de difícil conexión con el público, La soledad de
Jaime Rosales, abrió una nueva dimensión al séptimo arte.
Pero igualmente es probable que pase a los anales como
aquel en que se estrenaron bastantes propuestas muy buenas (alguna
realmente grande) que pudieron gustarle a casi todos y pasaron
desapercibidas mientras el espectador promedio español se dedicó a
consumir mediocridades. Esto último no es novedad ni noticia, pero
lo primero, sí, incluso y sobre todo dentro del cine de calidad, que
no suele coquetear con el agrado a las masas.
Desgraciadamente y salvo milagro inesperado, no veo ningún
motivo para que Mi hermano es hijo único, pese a obtener
cinco premios Donatello, equivalente italiano al Goya o al César,
vaya a ser una excepción a la regla del año y no acabe siendo
ignorada, acabando su paso por salas comerciales en pocas semanas.
Otra amalgama de trabajo, inteligencia y emoción que no llegará a
quienes habría llegado sin duda (y para quiénes se hizo).
Permítaseme hacer un supuesto anacrónico. Es como si a Juan Ramón
Jiménez le hubiese dado por unirse a Blas de Otero, cambiando su
destinatario de “la minoría, siempre la minoría” por la “inmensa
mayoría” de éste. Al cabo de unos años, le habría dado unas palmadas
en la espalda diciéndole: “No te engañes, Blas, tú también eres de
los míos. Esos no quieren más ‘poesía’ que novelas de Dan Brown,
mítines de Losantos y rumbas de Melendi”.
Latina, pese a sonar metáfora parabólica a lo “Vetusta” o
“Macondo”, existe. Es una espantosa ciudad industrial del Lazio, al
sur de Roma. Mal construida con prisa por Mussolini con afán
propagandístico, las paredes de sus casas se resquebrajaban ya en
los años 60 donde se inicia la acción del filme. En la primera
escena somos testigos de cómo “Accio” (arisco en italiano), el joven
protagonista, monta en un autobús rumbo a un seminario porque quiere
ser cura con vocación febril. De su indiferente familia tan sólo va
a despedirle su hermano mayor, Manrico; mimado, abusón, mujeriego,
liante y comunista.
Los guionistas de La mejor juventud y Los años
soñados, Sandro Petraglia y Stefano Rulli, vuelven a la
carga. En este caso rescatando a la novela original, “Il
fasciocomunista” de Antonio Pennachi, que tiene toda la pinta de ser
simple y facilona parábola sobre semejanzas negativas entre
fascistas y comunistas de la época. En Mi hermano es hijo único
se habla de todo esto por supuesto, y se muestra irónicamente la
bestialidad absurda de los primeros y la errática necedad
bienintencionada de los segundos. Aunque al contrario de lo que
pudiera parecer, la tercera vía de escape a estas dos que se sugiere
sutilmente no son los tibios y corruptos centro-derecha y
socialdemocracia… No diré más… ¡¡Y que viva Kropotkin!! Pero las dos
cabecitas pensantes, con ayuda del director Daniele Luchetti,
consiguen trascender la probable intención original con autenticidad
emocional y vibración íntima en los personajes, escapando el
largometraje a su idiosincrasia política sin renunciar a ella. Las
toneladas de buen humor y duro sarcasmo ayudan a ese propósito.
Al margen de su intencionalidad política sublimada, una
parte del filme sirve también como escarmiento en cabeza ajena o
perfecto manual de todo lo no debe hacerse nunca si se desea evitar
que un hijo adopte comportamientos socialmente indeseables.
Si hacemos caso a Forrest Gump, “tonto es el que hace
tonterías”. En este sentido, Accio es un perfecto tonto pese a tener
un coeficiente intelectual alto. Pero, ojo, estamos ante uno de los
personajes (magníficamente interpretado de niño y de joven) con más
“materia sólida”, matices y credibilidad de los últimos años, dados
a arquetipos hasta en buenas películas. Y también ante uno de los
seres más tiernos y adorables que se han asomado a una pantalla. De
seducción además, invisible: pasa completamente desapercibido para
su entorno y para el “respetable”, que sólo al final toma conciencia
de lo encantador que le resultó todo el metraje.
Hablando de personajes con miga y atractivo, aquí también
vuelve a aparecer, lamentablemente de refilón,
la Antonietta de Una jornada particular que interpretara Sofía Loren. Con
otro nombre y rostro pero perfectamente reconocible, cómo no, casada
con un bruto fascista.
A diferencia de aquella, Mi hermano es hijo único
está rodada más al estilo Hollywood que al realista o neorrealista.
Esto quiere decir que en muchas secuencias largas se sacrifica
parcialmente verosimilitud en aras de contar el mayor número de
cosas que hagan que el guión vaya avanzando. Lo que causa que no
llegue a ser una obra maestra, pero que sea aún más entretenida y
digerible si cabe.
El cine
trasalpino hace bastantes décadas que no es ni sombra de lo que
llegó a ser. Hay chispas sueltas, pero ninguna corriente con fuerza
y continuidad. Ha llegado el momento. En todos estos Petraglia,
Rulli, Luchetti, o Giordana (director de La mejor juventud)
más que vislumbrarse se palpan ya considerables dosis de talento. En
una línea diferente, pueden llegar a ser los futuros Zavattini,
Rosellini, De Sica o Germi. Para lograrlo necesitan un empujón que
les dote próximamente de opciones y medios… ¿Quién se lo dará?...
¿Quizás tú?
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