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MI HERMANO ES HIJO ÚNICO
Una película de
Daniele Luchetti
Interpretada por:
Elio Germano, Ricardo Scamarcio, Angela Finocchiaro, Luca Zingaretti, Anna Bonaiuto, Máximo Popolizio…

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Este 2007 que se nos escurre ya entre los dedos, es posible que dentro de no mucho tiempo sea recordado como el año en que una película de difícil conexión con el público, La soledad de Jaime Rosales, abrió una nueva dimensión al séptimo arte.

 

Pero igualmente es probable que pase a los anales como aquel en que se estrenaron bastantes propuestas muy buenas (alguna realmente grande) que pudieron gustarle a casi todos y pasaron desapercibidas mientras el espectador promedio español se dedicó a consumir mediocridades. Esto último no es novedad ni noticia, pero lo primero, sí, incluso y sobre todo dentro del cine de calidad, que no suele coquetear con el agrado a las masas.

 

Desgraciadamente y salvo milagro inesperado, no veo ningún motivo para que Mi hermano es hijo único, pese a obtener cinco premios Donatello, equivalente italiano al Goya o al César, vaya a ser una excepción a la regla del año y no acabe siendo ignorada, acabando su paso por salas comerciales en pocas semanas. Otra amalgama de trabajo, inteligencia y emoción que no llegará a quienes habría llegado sin duda (y para quiénes se hizo). Permítaseme hacer un supuesto anacrónico. Es como si a Juan Ramón Jiménez le hubiese dado por unirse a Blas de Otero, cambiando su destinatario de “la minoría, siempre la minoría” por la “inmensa mayoría” de éste. Al cabo de unos años, le habría dado unas palmadas en la espalda diciéndole: “No te engañes, Blas, tú también eres de los míos. Esos no quieren más ‘poesía’ que novelas de Dan Brown, mítines de Losantos y rumbas de Melendi”.

 

Latina, pese a sonar metáfora parabólica a lo “Vetusta” o “Macondo”, existe. Es una espantosa ciudad industrial del Lazio, al sur de Roma. Mal construida con prisa por Mussolini con afán propagandístico, las paredes de sus casas se resquebrajaban ya en los años 60 donde se inicia la acción del filme. En la primera escena somos testigos de cómo “Accio” (arisco en italiano), el joven protagonista, monta en un autobús rumbo a un seminario porque quiere ser cura con vocación febril. De su indiferente familia tan sólo va a despedirle su hermano mayor, Manrico; mimado, abusón, mujeriego, liante y comunista.

 

Los guionistas de La mejor juventud y Los años soñados, Sandro Petraglia y Stefano Rulli, vuelven a la carga. En este caso rescatando a la novela original, “Il fasciocomunista” de Antonio Pennachi, que tiene toda la pinta de ser simple y facilona parábola sobre semejanzas negativas entre fascistas y comunistas de la época. En Mi hermano es hijo único se habla de todo esto por supuesto, y se muestra irónicamente la bestialidad absurda de los primeros y la errática necedad bienintencionada de los segundos. Aunque al contrario de lo que pudiera parecer, la tercera vía de escape a estas dos que se sugiere sutilmente no son los tibios y corruptos centro-derecha y socialdemocracia… No diré más… ¡¡Y que viva Kropotkin!! Pero las dos cabecitas pensantes, con ayuda del director Daniele Luchetti, consiguen trascender la probable intención original con autenticidad emocional y vibración íntima en los personajes, escapando el largometraje a su idiosincrasia política sin renunciar a ella. Las toneladas de buen humor y duro sarcasmo ayudan a ese propósito.

 

Al margen de su intencionalidad política sublimada, una parte del filme sirve también como escarmiento en cabeza ajena o perfecto manual de todo lo no debe hacerse nunca si se desea evitar que un hijo adopte comportamientos socialmente indeseables.

 

Si hacemos caso a Forrest Gump, “tonto es el que hace tonterías”. En este sentido, Accio es un perfecto tonto pese a tener un coeficiente intelectual alto. Pero, ojo, estamos ante uno de los personajes (magníficamente interpretado de niño y de joven) con más “materia sólida”, matices y credibilidad de los últimos años, dados a arquetipos hasta en buenas películas. Y también ante uno de los seres más tiernos y adorables que se han asomado a una pantalla. De seducción además, invisible: pasa completamente desapercibido para su entorno y para el “respetable”, que sólo al final toma conciencia de lo encantador que le resultó todo el metraje.

 

Hablando de personajes con miga y atractivo, aquí también vuelve a aparecer, lamentablemente de refilón, la Antonietta de Una jornada particular que interpretara Sofía Loren. Con otro nombre y rostro pero perfectamente reconocible, cómo no, casada con un bruto fascista.

 

A diferencia de aquella, Mi hermano es hijo único está rodada más al estilo Hollywood que al realista o neorrealista. Esto quiere decir que en muchas secuencias largas se sacrifica parcialmente verosimilitud en aras de contar el mayor número de cosas que hagan que el guión vaya avanzando. Lo que causa que no llegue a ser una obra maestra, pero que sea aún más entretenida y digerible si cabe.

 

El cine trasalpino hace bastantes décadas que no es ni sombra de lo que llegó a ser. Hay chispas sueltas, pero ninguna corriente con fuerza y continuidad. Ha llegado el momento. En todos estos Petraglia, Rulli, Luchetti, o Giordana (director de La mejor juventud) más que vislumbrarse se palpan ya considerables dosis de talento. En una línea diferente, pueden llegar a ser los futuros Zavattini, Rosellini, De Sica o Germi. Para lograrlo necesitan un empujón que les dote próximamente de opciones y medios… ¿Quién se lo dará?... ¿Quizás tú?

 

 

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