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MUERTE DE UN PRESIDENTE
Una película de Gabriel Range

Interpretada por:
Hend Ayoub, Brian Boland, Becky Ann Baker, Robert Mangiardi, Jay Patterson, Jay Withaker, Michael Reilly Burke, James Urbaniak…

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

“¡Han matado a George Bush!”.

 

Es un hecho indiscutible que pocas noticias causarían -a bote pronto y antes de pararse a medir consecuencias- tanto jolgorio, alivio y satisfacción a nivel planetario. Nada demasiado criticable. Desear la muerte de alguien o alegrarse de ella no es lo mismo que matar, y a la fantasía y al deseo no se aplica la moral cuando no se traducen en hechos. De lo contrario todos dormiríamos en el corredor de la muerte con un “problema” fáctico: que los verdugos para ejecutarnos también estarían dentro.

 

Nadie como él es tan odiado; nadie se ha trabajado tanto el hacerse acreedor a ello. Más o menos se conoce que es el mal elegido hombre de paja de determinados macrointereses, pero también el paradigmático símbolo tras el que se esconden muchas cosas; hasta la fecha, ninguna buena.

 

El causante directo de la muerte de 100.000 personas (cifra que maneja la película) no es inteligente, ni guapo, ni simpático, ni hábil, ni valiente, ni buen tipo, ni eficiente gobernante para los suyos. Ni siquiera ha hecho merecimientos para llegar donde está. Heredó un “vale al trono” de su padre y primero amañó unas elecciones y después venció por fin, para estupor del resto del globo terráqueo, con el único argumento de airear miedo y paranoia. Fuera de su país es difícil que nadie vaya a derramar sentidas lágrimas por el sujeto salvo quizá algún caso psiquiátrico y Aznar (valga la redundancia). Pero hasta la derecha cañí sabe que no puede lucirlo como apoyo electoral con gancho como hace Zapatero con Gore y Clinton. Ni entre los suyos inspira Bush verdadero respeto más allá de ser el arma de sus intereses; no hablemos ya de causar admiración.

 

Cosa distinta sería lo que podría llevar aparejado un magnicidio de estas características. Y de eso ya se alegraría muchísima menos gente. La Casa Blanca,  que ha mostrado públicamente su desaprobación del filme, debería que agradecerle al director, el británico Gabriel Range su papel disuasorio y protector de la figura presidencial, al dar a entender que la violencia no es el mejor modo de combatir contra un engranaje monstruoso que se alimenta justo de ella.

 

El objetivo de Muerte de un presidente no es regalar un simulacro de gustazo a millones de personas. El verdadero motivo de esta inteligente película de Historia-Ficción a modo de falso documental es hacer una parábola del 11-S y de la situación global a la que condujo. Esto, de haberse hecho por la vía más fácil y directa hubiera sido recorrer un camino muy trillado y además habría habido algo que lo habría lastrado: contra lo que se intenta describir se habrían vuelto a esgrimir demagógicamente los muertos de aquel día para invalidarlo de un modo populista. Esta táctica no es nada que pueda extrañar ni aún aquí. En evitación de demandas me ahorro nombrar conocidos que se valen descaradamente de otros muertos para entronizar sus preferencias partidistas. Contra la obra que nos ocupa, la imagen mediática de Bush es tan paupérrima que resulta ineficaz como argumento desarmador, máxime si su asesinato es ficticio. ¡Tres puntos para los guionistas!

 

Al estilo JFK pero con algo menos de truculencias técnicas, Muerte de un presidente se ve al principio con emocionada curiosidad “Esto ¿por dónde va a ir? ¿Qué me quieren contar?”. Más tarde como una entretenida película policíaca de suspense en plan “whodonit” (“¿Quién le mató? Pudo ser cualquiera. Le sobraban enemigos”). Y finalmente como un documental dramatizado de testimonio y denuncia, contenido y elegante; bien hecho. Cuando salen personajes afines a Bush contando cosas (mayoría aplastante entre los que aparecen), lo hacen utilizando perfectamente los argumentos que se usarían en una situación así. Razonamientos que seguirían sin convencernos a muchos pero seguirán siendo válidos para otros tantos. No se cae en la tentación maniqueísta de presuponer al “enemigo” tan torpe como para que sus propias palabras evidencien su intrínseca maldad comprometiéndoles ante los suyos. De estas sutilidades deberían aprender mucho los guionistas de Hollywood y de la TV.

 

Ahora bien; no nos llamemos a engaño. Este tipo de filmes no sirve para nada. La intención puede que sea loable pero el único efecto que tendrá será la recaudación o la pérdida para sus productores. La gente que acuda a verla no será precisamente de esa “América profunda” semi-analfabeta que dio su apoyo en votos en 2004 al suicidio del planeta. Como mucho, atraerá a algún indeciso curioso. Llueve sobre mojado, si acaso alimentando argumentos e indignación de los que ya partimos de un concepto ínfimo del actual ejecutivo americano (y de los anteriores). Del mismo modo que El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl o El nacimiento de una nación de Griffith son buenas e inteligentes propuestas cinematográficas pero difícilmente me convencen de las bondades del nazismo o del Ku-Klux-Klan; el que cree aún que el actual orden mundial puede llevar a algo bueno seguirá creyéndolo tras ver ésta y 20 películas más del mismo estilo. Refrendará mi teoría de que al margen de cuestiones de coeficiente intelectual el ser progresista o conservador es una cuestión casi genética contra la que no se puede luchar, en uno u otro sentido, si no es con la compra dineraria de ideales (efectivo método, por otra parte).

 

Uniéndome a la práctica de utilizar los muertos, me adhiero al siniestro club siquiera sea por ellos mismos (por los muertos; no por los siniestros). Si pasáis cerca de Santiago de Compostela, Cáceres, Jaén, Alcobendas, Parla, Coslada o Torrejón parad un momento el coche en un alto en las afueras y contemplad la ciudad de noche, con las luces encendidas. Un equivalente a la población de eso que miráis ha desaparecido violentamente de la Tierra en pocos años por obra y gracia de las mentiras del energúmeno en cuestión y de su entorno. Pueden decirme misa y apelar a la conciencia democrática; los que apoyaron y siguen defendiendo un hecho así, allí o aquí, no merecen ningún respeto.

 

 

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