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Texto: Ruth
Bautista
Algunas películas enamoran. Tienen el don de hacer vibrar
algo en tu interior. Once lo hace desde el primer segundo. Es
cine en estado de gracia. Pero no solo es cine, pues usa un arma tan
poderosa como la música, de la buena, de la que te rompe el alma en
pedazos. Nunca antes habíamos visto semejante combinación. Una
historia de encuentros accidentales y vitales al estilo de Antes
del Amanecer, aunque más adulta, más realista, más silenciosa,
más dura y difícil; unida a una de las mejores bandas sonoras, que no es tal, pues es parte intrínseca e inseparable de la
historia.
Glen Hansard, quien también trabajó en The Commitments
y fue miembro de The Frames junto al creador de esta obra John
Carley, hace el papel de su vida junto a la jovencísima Markéta
Irglová. Ellos tres sostienen la belleza de esta cinta que capta con
grandeza la espontaneidad de la vida, los lazos que nos unen y nos
separan, y el peso de nuestras vidas pasadas, esa carga que nunca
terminamos de soltar en el presente.
John Carley acierta además en un guión que combina grandes
dosis de tristeza con humor vivaz y jovial. No hay más que ver las
dos primeras secuencias de la película, que por si solas podrían
haber sido dos magníficos cortometrajes. Estas dos secuencias
sintetizan con precisión el resto de la película: mucha música,
mucha, en dosis industriales, diálogos interesantes y silencios
hipnotizadores.
Once
es la mejor película que he visto este año.
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