música          cine          libros y comics          hemeroteca          contraportada
                en pantalla     dvd     especiales     series tv

 

 

QUIÉREME
Una película de
Beda Docampo Feijóo
Interpretada por
: Darío Grandinetti, Ariadna Gil, Cristina Valdivielso, Kira Miró, Luís Grandoni, Juan Echanove, Carlos Hipólito…

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

En el mejor momento de su vida y su carrera, un chef argentino de cierto éxito social recibe la inesperada e inoportuna visita de una niña española que dice tener su apellido.

 

Dentro de la raza de los grandes actores masculinos hay algunos subtipos si atendemos a su modo de interpretar (algún día hablaré también de las actrices si se tercia):

 

Los hay de variado registro, camaleónicos, que se olvidan de su persona y en cada película parecen personas distintas –actores superlativos- como Daniel Day-Lewis, Alec Guiness, Peter Sellers, Jeremy Irons, Sean Penn, Javier Bardem o el Robert De Niro anterior a los 90. Hay otros grandes, ego-regresivos, que abarcando igualmente una filmografía de roles variopintos siempre acaban pareciéndose a sí mismos; es el caso de Marlon Brando, Jack Nicholson, Anthony Hopkins, James Stewart, John Malkovich, Peter O’ Toole o Michael Caine. Finalmente están aquellos de poderosa personalidad y corto registro que acaban siendo casi los de más encanto, los “naturales”, porque sin resultar por ello peores, en vez de interpretar parece que hacen en todo momento de sí mismos y les suenan al público como de la familia: Cary Grant, Gary Cooper, Morgan Freeman, Vittorio de Sica, Fernán Gómez, Pepe Isbert, Bill Murray… Si son del agrado de uno, ir a ver una película de éstos es una garantía de lo que va a encontrarse en la pantalla, porque siempre aguarda el mismo tipo entrañable tras las distintas tramas y nombres. Les pasa algo así como ocurre con El Capitán Trueno-Goliath, El Jabato-Taurus, y El Corsario de Hierro-Mac Meck; prueba aún no esgrimida por Íker Jiménez para demostrar infaliblemente la existencia de la reencarnación a través de diversas épocas.

 

Los gigantes del cine argentino, con la excepción quizá de Héctor Alterio, que se podría considerar ego-regresivo, pertenecen todos a este último sector de los “naturales”. Hablo de Luppi, Darín, Peretti, y del protagonista absoluto de esta reseña y de Quiéreme, el inmenso Darío Grandinetti. Un espécimen único, raro, de acusada personalidad en el universo del celuloide. Presencia sazonadora como pocas, que igual enriquece una “delicatessen” que un “bocadillo de caballa”.

 

Da igual que sea el poeta Oliverio de El lado oscuro del corazón, atracador de bancos en Segundo asalto, abúlico inventor en No te mueras sin decirme a dónde vas, chulesco amante de Ángela Molina en Las cosas del querer II o que empuje la silla de ruedas de Rosario Flores en Hable con ella –contrariando a sus fans, el mejor drama de Almodóvar con diferencia-. Sempiterno; Grandinetti siempre se muestra ahí detrás. Con esa su presencia cotidianamente viril, esa su pachorra contagiosa, esa su aparente rigidez expresiva rozando el autismo, ese su humor socarrón y triste, y esa su apariencia de inofensivo egoísta al que apetece tener por amigo o amante ocasional pero nunca por marido o padre. Su mayor característica y su mejor recurso dramático es esa particularísima vis cómica que transmite su hablar pausado y recitante. Cuando le ofrecen un diálogo que “apesta” a guión escrito, él lo rescata dándole forzada y lenta parsimonia con su peculiar acento (más rosareño que porteño). Con este evidente tono de auto-parodia o de perenne ironía evita que quede al desnudo la impostura. Acaba dando naturalidad y gracia a diálogos hechos sin pensar en el actor, de esos que a muchos les pondría el vello de punta al enfrentarse al guión.

 

Cuando Grandinetti ríe o llora puede parecer a primera vista que no lo hace con convicción o gana; es la miopía de no ver que así lo hacen las personas estáticas y egocéntricas que son sus personajes (probablemente escritos para él desde hace años). Son seres a los que incluso declarando amor les cuesta mostrar emoción a los demás, en su introversión nada tímida. Y aún así la transmiten. Un mediocre actor ante papeles así intentaría llorar “bien” cuando tocase, y al precio de agradar al público traicionaría al personaje. El alcance y talla de Grandinetti en el cine de las dos últimas décadas aún no ha sido comprendido ni aplaudido como merece. Algo parecido, a otro nivel, le ocurrió al ínclito Robert Mitchum. El aspaviento recoge siempre más frutos que la inteligente contención de Grandinetti o la refrescante naturalidad de un rígido que no interpreta, sino que pone el entusiasmo de que es capaz siendo él en distintas situaciones (Mitchum).  

 

Hablo tanto del señor Darío porque pocos como él pueden presumir de ser el soporte absoluto para que una película no se desmorone, tal cual sucede aquí. Quiéreme es un muy correcto pero algo endeble drama, cuyo guión se estanca durante gran parte del metraje. Se reconoce sin embargo cierta elegancia que evita caer en muchos tópicos esperables a partir del argumento, con lo que puede reservarse la baza de un cauce no esperado en la fase de desenlace. Se respeta mucho al espectador sin tratar a toda costa de ordeñar sus lágrimas, pero también es un hecho que la historia desaprovecha bastante esa química que el protagonista y Ariadna Gil exhibieron antaño en El lado oscuro del corazón II. Está de nuevo Barcelona y están ellos, pero se siente nostalgia ante estos nuevos seres “de carne y hueso”, anhelando aquellos inverosímiles, invadidos de Poesía.

 

Recomendaría Quiéreme más que nadie a los que estén estudiando Arte Dramático y también a muchas mujeres hetero y hombres gays. A los estudiantes como lección “grandinettiana” de transmisión emocional con gran ahorro gestual; y a los segundos/as para que experimenten cómo un individuo sin especial virtud física o personal puede llegar a tener atractivo y sex-appeal… simplemente irradiando calma.

 

 

Derechos Reservados Octubre 2005 © www.plataforma21.com e-mail: contacto@plataforma21.com