|


 |
Texto: Marcos Ripalda
Yo sólo sé que los cineastas estadounidenses hacen unas
películas de acción que están a años luz del resto del universo.
Esto es tan obvio que podría haberlo omitido. Cierto es también que,
sin la ayuda de una calculadora, nos salen un montón de películas
fallidas, aunque impecablemente rodadas, o sea, que la acción se
come en la mayoría de los casos los argumentos, si es que los hay.
Pero cuando aciertan, ay, querido, es un deleite. Si Díaz-Yanes
hubiese rodado en los Estados Unidos, le habría salido, no cabe
duda, una de esas excepciones. Pero la película está rodada en
España y México. Y, claro, lo que ha salido es un magnífico
thriller hispano, es decir, una película que, sin apartarse del
los preceptos del género, consigue embadurnarse, sin que resulte
ridícula, con las peculiaridades de este país y el mexicano, que las
tiene a cientos. Por la parte española, flamenco y toros, por
supuesto, pero que en manos de este director y su equipo no son mero
acompañamiento estético, sino parte esencial, irremplazable, de lo
que la vida constituye para sus protagonistas: una permanente faena
con la muerte, si nos atenemos al símil taurino.
La película es inquietante y turbia. Ariadna Gil no habla
mucho, pero su cara lo dice todo y el asesino interpretado por Diego
Luna, que habla tan educado y bonito mientras te dice (o no) que te
va a matar, es un ejemplo perfecto de cómo construir un malo con
corazón. Ya lo decía Hitchcock: cuanto mejor sea el malo, mejor será
la película. Le debe mucho, y el mismo director lo reconoce, a El
samurai (1967), de Jean-Pierre Melville. Lo de menos, por
cierto, es que haya vuelto Gloria Duque, personaje que de nuevo
interpreta Victoria Abril, tras la multipremiada Nadie hablará de
nosotras cuando hayamos muerto (1995).
|