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Texto: Bálder Montesinos
Entre los 80 y los 90, un director argentino hasta entonces
dedicado a la publicidad llamado Eliseo Subiela sorprendió al mundo
con dos películas: Hombre mirando al sudeste y El lado
oscuro del corazón. Inventaba un nuevo subgénero inclasificable
donde se abrazaban el realismo mágico, el surrealismo, la poesía, el
humor caritativo a lo Frank Capra, leves toques de denuncia social,
misantropía, melancólico sarcasmo... Dudo que algún personaje de
cine haya podido marcar tanto mi vida como Oliverio, el radical
poeta mujeriego-misógino en busca infructuosa de la hembra que le
hiciese volar; el hombre que había enamorado a la Muerte. El
delicioso cocktail, que eclipsaba las pequeñas torpezas de oficio
que lo plagaban, alcanzó su culminación en la injustamente
desconocida No te mueras sin decirme a dónde vas, que nunca
me cansaré de reivindicar. Entre risas y sonrisas de cómica
ciencia-ficción, latido romántico e insaciable nostalgia (¡¡ !!).
Después, el director dio bandazos comerciales traicionando sus
esencias con filmes facilones e insustanciales (Despabílate Amor
aún se salva, mientras que Pequeños Milagros es poco más que
un bodrio). Tan sólo recuperó su magia hace unos años con la
incomprendida El lado oscuro del corazón II que no gustó,
sorprendentemente, ni a sus incondicionales (debo de ser ahora, por
tanto, su fan más radical). A casi todas estas obras se debe el
descubrimiento y consolidación del gran actor Darío Grandinetti.
Subiela tuvo además un digno heredero de su humorismo humano y
sentimental en su compatriota Campanella (El mismo paraguas, la
misma lluvia y El hijo de la novia). El éxito de la
actual comedia argentina comercial de los Peretti, Tarauto y
compañía les debe mucho a ambos; pero aquel personalísimo toque
fantástico de Eliseo no tuvo continuadores puros, y hasta la fecha
no se ha vuelto a prodigar.
Pues bien, ahora de pronto, pasados los años, se estrena
una película hispano-argentina que reivindica y asume ese "toque",
subrayando sus esencias en el hecho de que el argumento es un mal
disimulado plagio-remake del inmortal Vive como quieras de
Capra. Con estos elementos, algunos diálogos brillantes y unos
secundarios estupendos (no así el galán protagonista, figura
anacrónica del Cine que aparentaba estar justamente extinta)
parecería difícil hacer algo a medio gas o insípido, pero,
tristemente, es lo que más que nada resulta.
Un joven español, ejecutivo agresivo rapiñando en
Argentina, descubre un día que el horóscopo de una extraña revista
de fotonovela predice con sorprendente exactitud sus transacciones
empresariales y todo lo que le sucede, así que a punto de cerrar un
negocio importante viajará al corazón del país para encontrar la
editorial y conseguir su predicción del mes siguiente.
Descubrimiento iniciático donde conocerá personajes entrañables y
excéntricos que le irán transformando.
De acuerdo que la trama es una polladita asumidamente boba
y naif, pero eso no sirve de excusa, porque las de Capra y Subiela
también lo son y a nadie le importa cuando llora a moco tendido en
las escenas cumbre. Entonces, ¿por qué todo lo que en aquellos
funcionaba bien engrasado aquí chirría en parte? En primer lugar,
esa cosa tan etérea y a la vez tan palpable que es la convicción
interna. Nadie debía tener mucha fe en esta producción de
circunstancias, y eso se transmite desde que empieza hasta que
acaba. Segundo; los personajes de aquellos resultaban encantadores
precisamente porque escapaban con auto-ironía de sus propios
arquetipos, lo que les brindaba creíble humanidad individual.
Tercero; Roger Coma no es James Stewart ni Grandinetti. Cuarto; los
diálogos geniales no se intercalaban allí con otros perogrullescos y
manidos. Quinto; en la intriga había giros y sorpresas, y cada
escena no telegrafiaba la posterior. Y sexto; nos reíamos con las
ideas del guión, no de las ideas del guión, como sucede en alguna
ocasión en ésta.
Aún así, no desaconsejo del todo Suspiros del Corazón.
Es bondadosa, grata de ver y amena pese a su previsibilidad (casi
toda comedia romántica es predecible por naturaleza). Aunque en
alguna ocasión roza el empalago, no llega a caer plenamente en él.
Tiene alguna frase memorable y un par de buenos gag. Está cargada de
buenas intenciones morales, y, aunque infantil en su tratamiento,
parece sincera en su humanismo de izquierdas y en su mensaje
anti-consumista. Es decir; aun con sus dieciséis mil defectos y su
fallida moralina, no deja de formar parte todavía del Cine que es
parte de la solución y no del que es parte activa del problema.
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