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Texto:
Bálder Montesinos
Aunque hubo otros, pequeños y muy esporádicos, en la
escuela, la universidad o en los sitios de vacaciones, el acoso que
se me viene siempre a la cabeza se dio en el instituto. Yo era un
“chico listo” que nunca me metía en líos. Aunque me repateaban las
cobardías de muchos contra uno, nunca llegaba a sentirme culpable
por mi no intervención. “Algo habrá hecho” o “no tengo ni media
hostia, no serviría de nada”. Y la cosa quedaba aparcada y olvidada.
Un día el amenazado era un amigo y se me cruzó algún cable. Pasé la
frontera oponiéndome y me convertí en el acosado número dos. Ante
una anunciada paliza contra él y yo, busqué ayuda en amigos,
compañeros, profesores. Tipos de metro ochenta me decían que tenía
razón pero que “¡cómo se me había ocurrido!”. Otros miraban a la
luna de Valencia y cambiaban de conversación; un profesor me dijo
paternal y condescendiente: “tenéis que arreglarlo entre vosotros”.
Y se “arregló”. Ningún hueso roto pero sí la humillación de ser
zarandeado y rodar por el suelo. Y una considerable ración de
“mobbing” adolescente lo que restó de curso. Aunque nunca vi gracia
alguna en que mi cuerpo bajito se zarandeara colgado por la capucha
de una percha, el rebaño de la clase si debía verla a juzgar por sus
risotadas. El sujeto que me colgaba allí era un presunto amigo de la
infancia, en cuya casa su mamá nos preparaba, no hacía tanto,
coca-colas y sandwiches en sus cumpleaños. Hoy en día me consta que
es maestro, y supongo que regañará a aquellos que se unan para
machacar a un tercero. Dudo que se acuerde de mis miradas de asco o
de que un no muy lejano día fue un fascista.
La pequeña batallita e inútil heroicidad de alguien que
presume –con fundamento- de contrastada cobardía física no sirvió
para otra cosa que para imaginarme lo que debe ser un verdadero
acoso adulto… y estremecerme de vértigo. Y para degustar de un modo
intensísimo, mega-intenso, las grandes películas que retratan la
soledad del comprometido, el disidente, el coherente o el valiente:
desde Solo ante el peligro a Domicilio privado,
pasando por Conspiración de silencio, Horizontes de
grandeza, The boxer o La ley del silencio (sí;
maniquea y rodada por un delator para justificarse, pero
formidable). Ingrato yo; no sigo citando, por no aburrir, otras
tantas que me hicieron vibrar como nada.
Si afirmo que Todos están invitados es un filme
valiente y necesario parece que justifico un producto
cinematográficamente deficiente atendiendo a otros valores. No es el
caso. Es una película dignísima, de atrapador ritmo, inteligente
guión y estimable interpretación de los dos protagonistas
principales. Su único “pero” son algunos subrayados toscos, sobre
todo en la presentación, con la intención de arrimarnos más al
terreno de Manuel Gutiérrez Aragón en su probable mejor película.
Totalmente inútiles para rebajar algo que se descalifica por sí
mismo: unos paranoicos que meten sin distinción al resto del planeta
en el grosero saco de un “vosotros” pronunciado con mueca de odio;
unas gentes que, como todos los integristas, se delatan por su nulo
sentido del humor y la absoluta incapacidad de sonreír -tan
alarmante como la perenne sonrisa forzada del depredador
capitalista-.
Por esas curiosas y absurdas paradojas que hacen
apasionante vivir (a veces), se pueden dar circunstancias curiosas.
Un concejal del PP en Guipúzcoa que no moviese en su día un dedo
para desmarcarse del saqueo de Irak -que sigue provocando cada día
un 5% de los asesinados totales de la historia de ETA- acaba
convirtiéndose en un héroe enfrentándose a los mafiosos batasunos
defendiendo la libertad de expresión. Y su moralidad deplorable en
lo primero (y en otras muchas cosas) no obsta para que su heroísmo
en lo segundo sea real, admirable y ejemplar. Sus sesos
desparramados por el asfalto a la larga no servirán para nada: la
dictadura del miedo seguirá superando a la voz de la indignación,
sus propios jefes políticos rentabilizarán demagógicamente el
haberle arrastrado bajo los cascos de los caballos… Pero habrá dado
un ejemplo fabuloso a todos de cómo se podría acabar con casi todos
los problemas causados por algunos hombres, si no hubiese otros que
se parapetasen en el miedo, transformando su inocencia primigenia en
complicidad.
¿Qué se oculta detrás de ETA? Una manada regional de
niñatos oligofrénicos prorrogando gamberrismo y estulticia hasta los
cincuenta años… ¿realmente puede mantener en jaque durante otros
cuarenta a las fuerzas de seguridad de un país y decidir
constantemente en los momentos clave de su política? ¿Sustentados
además en una demencial ideología nazi-estalinista que no triunfaría
ya ni en un tercer mundo analfabeto?... ¿A quien beneficia su
existencia? ¿A los que venden la imagen de lucha en contra? ¿A los
que venden la de diálogo? ¿A los separatistas que se “llevan las
peras cuando les mueven el árbol”? ¿A los industriales vascos
productores de armas que generan empleos (cómplices)? ¿A
instituciones y leyes que justifican existencia en el temor a un
enemigo? ¿A potencias inversoras con interés en debilitar medianos
empresarios locales? ¿A generadores de problemas masivos olvidados
al considerar el mayor dilema del país algo que ha matado 4 personas
en 4 años?... Hasta la fecha la única connivencia o complicidad
admitida fue la de
la CIA en el
asesinato de Carrero Blanco del 73, por opuesto a la entrada de
España en la OTAN. Nada más se sabe desde entonces. El mayor aparato
terrorista que persiste en Europa sigue dando muestras de cierta
“salud” cuando movimientos con implantaciones a nivel nacional como
las Brigadas Rojas italianas, o que recababan como el IRA apoyo de
millones de simpatizantes, callaron sus armas hace años. La lógica
dice que algo “más allá” mantiene esto. Todo dentro y alrededor de
ETA huele a pura mierda. La falta de certeza en las respuestas puede
acabar volviéndole a uno tan paranoico como a ellos.
Las guerras,
esclavitudes e injusticias sociales se dan mientras existen personas
prostituidas ganando sustento obedeciendo órdenes. El terrorismo,
aunque parezca del otro lado, es otra más de las dictaduras. Al
final, los opresores son siempre inmensa minoría; toda tiranía en el
mundo es responsabilidad de los cobardes. O de los idiotas… Pero los
vascos no son idiotas… Puede que no levantasen piedras de muchos
kilos Gandhi o los del movimiento pacifista contra el muro judío en
Cisjordania… pero tenían las agallas de no mirar sistemáticamente
hacia otro lado.
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