|


 |
Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
Dicotomías.
Como el agua feroz que arrastra la arena tranquila y mansa. Como las
ruinas en medio de nuevas edificaciones. Como el muchacho de bien y
provecho, contra el temible delincuente. Como la juventud de los
descendientes de la tragedia, o los huesos desgastados de los
ancianos supervivientes que buscan sin encontrar, los unos y los
otros. Y otra vez, el bien y el mal. La bondad contra la maldad. La
noche y el día. Sin punto intermedio.
Una música de
ritmos suaves, pero de pausada contundencia no permite olvidar que
la tragedia del tsunami sigue ahí, que hay mayores desgracias que
las accidentales: las acciones gratuitas tienen consecuencias, y si
el ser humano decide que las fatalidades de algunas emociones se
sobreponen a las naturales, siempre se pueden causar desenlaces
descomedidos.
Contrastes. La
libertad de la necesidad, o la necesidad de libertad. La gran
cuidad, que se intuye, pero no aparece; y el pueblo acorralado por
el mar, a un lado, amenazante siempre, y las montañas, al otro,
inexorables. Y de pronto, el destino brinda lo que parece una
oportunidad, y se burla como siempre- Antepone las voluntades y
circunstancias ajenas al desarrollo de esa tranquilidad que da el
hallazgo tras la eterna búsqueda.
La tradición
contra la evolución, la progresión. Esas costumbres ancladas que
atan la mente, ciegan y hacen temer lo nuevo; que impiden ver lo que
siempre se ha tenido delante y se ha ignorado, hasta que el interés
ajeno por 'objetos' -o personas- cotidianos despierta recelos.
Leo que la
protagonista es una chica callada, que no dice ni con qué sueña.
Pero realmente, ¿hay algún indicio de que sueñe? O simplemente, se
deja llevar, sobrevive, subsiste. Y ¿sobrevivirá? Todos han llegado
y se han ido de su hotel, y aunque hay una diferencia entre los
turistas y los viajeros (la diferencia está en esa intención inicial
del viaje, que establece una estancia cerrada de antemano, y una
visita de duración indeterminada, pero, visita al fin y al cabo),
todos están de paso. Si alguien decide quedarse, los fantasmas de la
tragedia, se encargarán de espantarlo.
Pero ella
nunca se irá. Nunca pondrá esa solución lógica y menos difícil a la
vida. Las obligaciones, la tradición, la herencia familiar, en todos
los sentidos... Y ese pueblo maravilloso de Tailandia desenvolverá
el manto, extenderá los lazos que captan, suaves, deslizantes, como
el agua hasta que golpea. Seguirá realizando sus ceremonias de la
desolación.
Aditya Assarat
se estrena con esta película que ha recorrido festivales y ha
recaudado premios, y se presenta como guionista con futuro de dramas
que destrozan el sosiego para turbarnos y arrancarnos de ese
descanso en un lento y tranquilo atropello de la mansedad. Que,
evidentemente, tarda en juntarse los trozos y reponerse. Como el
agua... ese líquido vital que es dúctil, y condescendiente, suave
como nada, pero que golpea duro como un muro, implacable como todo.
¡Si lo sé no me baño!
|