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Texto:
Ruth Bautista y
Juan Aguado
El frío suele acompañar al festival de Alcalá que
tradicionalmente se realiza en la segunda semana de noviembre. Este
año, para desgracia de todos, el frío de las calles se ha trasladado
al interior de las salas de proyección. Con suerte, en las salas del
Multicine Cisneros se han proyectado cortometrajes nórdicos, por lo
que el frío estaba justificado. No así en el Teatro Salón Cervantes,
donde se han podido ver todos los cortos de la Sección Nacional de
Cortometrajes.
Fríos nos han dejado a todos. No ha habido resquicio para
la emoción ni para las pinceladas de excelencia que se han podido
vivir otros años. No, nada, un mundo casi vacío de películas cortas.
Algunas de ellas con buena intención. Un puñado de ellas incluso con
buenas ideas. Grandes cantidades de nada. Podemos destacar con los
dedos de una mano aquellos que nos han transmitido algo de calor.
Pero nada de excelencia. Una pena. La organización comenta que se
han presentado 359 cortometrajes de los que han sido seleccionados
38. Cabe pensar dos cosas, que la selección ha sido incorrecta, lo
cual es difícil, o que la calidad de todos los presentados era
bastante baja. El futuro del cine español ha de reflexionar si lo
vivido este año en Alcalá llegara a convertirse en tendencia.
Dada la poca fuerza de los cortometrajes “convencionales”,
cada vez tienen más eso los cortos de animación, tanto en la muestra
como en el palmarés. Algo absurdo, pues pocos meses antes se celebra
en la comunidad el festival Animadrid, dedicado en exclusiva a
ellos. Si año a año siguen aumentando los cortos animados su
presencia en Alcine, este corre el riesgo de convertirse en una mera
reedición de Animadrid.
Incomprensible (excepto bajo el punto de vista mercantil)
es el predominio cada vez más abundante e injustificado de cortos en
inglés en la Sección Nacional. Si bien en la Sección Europea de
cortometrajes podemos ver cortos en danés, polaco, rumano, francés,
italiano o checo, en la Sección Nacional un porcentaje altísimo de
los proyectados eran en inglés. Para volverse locos ya es que
Tres Dies amb la Família, de la sección Pantalla Abierta se haya
convertido en Tres días con la Familia, o que en Salvador
Puig Antich, emitida en la sección Productores Contemporáneos,
la parte final rodada en catalán se proyecte igualmente doblada al
castellano. Vivimos en un país incomprensible en el que primero es
el marketing (acomplejado) y después la cultura. Aunque esa sea otra
historia a contar en otra ocasión.
Sección Nacional
de Cortometrajes
Destaquemos pues aquello que se salva de la quema. Con
buenas ideas y desarrollo mejorable pudimos ver: ¡No es fácil,
m’ija!, de Eva Ariño y Roger Caubet, que nos trasladó por unos
momentos a la difícil economía doméstica de La Habana; 55, de
Darío Paso, que convierte en símbolo de una generación a una mujer
parada (y vacía) de 55 años; La sesión de maquillaje, de
Covadonga Jiménez Icaza, carecía de grandes medios y sin embargo
conseguía contar una bonita historia de varias niñas camboyanas
discapacitadas; Dirty Martini, de Iban del Campo, nos abdujo
del mundo de bellezas esqueléticas que nos rodean por todas partes
para llevarnos a conocer a otro tipo de bellezas, de todas las
dimensiones y variedades posibles que habitan en el sórdido mundo
del cabaret burlesque neoyorkino.
Un paso por encima en cuanto a idea y desarrollo pudimos
ver Encuentro, de Nick Igea y La Historia de Siempre,
de José Luís Montesinos Bernabé, dos demostraciones de que las ideas
sencillas y realizadas de manera limpia y clara son la mejor forma
de llegar al espectador; Metrópolis Ferry, de Juan Gautier,
algo pesado en su desarrollo, pero efectivo y con un punto de
inconformismo; The Way to Macondo, de Chico Pereira, que
desconcertó a todos al principio, hasta ese punto en el que el
absurdo se apodera del corto y le da valor; Yanindara, de
Lluís Quíllez, con una historia llena de tópicos pero con un
desarrollo correcto y una bella fotografía. Por último, Le quiero
y le espero, de Valeria Sartori, que con un aspecto de corto
“cutre y casero” fue sin embargo el mejor de toda la edición. Su
guión (otra vez sencillo, pero con humor y variados guiños), sus
interpretaciones y sobre todo la dirección sosa pero estupenda de
este plano secuencia le convirtió en el corto que más nos gustó de
toda la Sección Nacional de Cortometrajes.
Del Palmarés, mencionaremos tan solo que parece un año más
un reconocimiento entre viejos amigos. Esta sección del festival
necesita una renovación.
Certamen Europeo
de Cortometrajes
Quizás la apuesta más inteligente de ALCINE es la
consolidación año tras año del certamen internacional con una
extensa selección de 36 obras de lo más variadas. Con una cuantas
salvedades sigue siendo a día de hoy la parte más aprovechable del
festival.
Entre todo lo que pudimos ver en esta sección, destaca por
encima de todos una inquietante historia que rescata la definición
de puro cortometraje como es Echo de Magnus von Horn que se
llevó el segundo premio ALCINE.
Una laboriosa
edición es el punto de partida de Celluliodiva, de Harald
Schleicher, en el que se nos muestran multitud de escenas famosas
protagonizadas únicamente por mujeres, desde Marilyn Monroe a Audrey
Hepburn pasando por Grace Kelly o Elisabeth Taylor.
También hubo un
hueco para los cortometrajes de una cariz algo más contemplativo y
pausado, algunos de carácter superlativo y, por que no decirlo, algo
aburridos, como por ejemplo Arca D’Água de André Gil Mata o
L’Été de Vania Leturcq.
Como hemos
reflejado antes, sin entender muy bien la política de la inclusión
de cortometrajes de animación en este festival, pues seguramente
existen marcos mucho más indicados para su exposición, dentro del
certamen europeo hubo alguna que otra sorpresa agradable en este
sentido, como es el caso del entrañable Signalis de Adrian
Flückiger basado en la animación de muñecos.
Por último,
debemos hacer mención al Primer Premio ALCINE que recayó en
Pasjion, un insoportable homenaje al existencialismo a través
del humor, según las palabras de sus creadores Marius Ektvedt y
Gunhild Enger.
Pantalla Abierta
En la sección
dedicada a los nuevos directores de largometrajes competían este
años viejos conocidos de la escena cortometrajista de este país como
por ejemplo Borja Cobeaga con su fallida Pagafantas, David
Planell con su intensa en forma y contenido La Vergüenza o
Santiago Zannou con El Truco del Manco con un superlativo
Juan Manuel Montilla como protagonista absoluto.
El premio del
público recayó en Yo, también, la película de Álvaro Pastor y
Antonio Naharro por la que sus dos actores protagonistas, Pablo
Pineda y Lola Dueñas, recogieron sendas Conchas de Plata en la
última edición del Festival de San Sebastián. Pastor y Naharro ya
deslumbraron hace unos años en Alcine con su cortometraje
Invulnerable, más impactante que la película que ahora
presentan. Su mirada inteligente, políticamente incorrecta y su
buena mano cinematográfica son garantías previas del buen resultado
de sus trabajos. Yo, también no defrauda. Es una historia
firme, pero amable (de ahí que se haya llevado el premio del público
frente a El Truco del Manco, de corte más áspero), y cuyo
buen sabor de boca no se siente durante la proyección, sino a
posteriori, según pasa el tiempo y las ideas e imágenes van
asentándose en tu cabeza. Es destacable también la buena mano en
cuanto a dirección actoral. Magnífico el trabajo de David Pineda y
más sorprendente aún el de Lola Dueñas, quien trabajo tras trabajo
suele esforzarse por crear personajes desagradables y antipáticos
(encasillamiento reforzado por el director Javier Rebollo, con el
que ha trabajado en variadas ocasiones). En esta ocasión Pastor y
Naharro han logrado sacar de ella un personaje no solo de coraza
dura sino también que refleje algo de su tierno interior.
Otras películas
que participaban a esta misma sección eran la insustancial y
afrancesada Tres Días con la Familia de Mar Coll, en la que
destaca su protagonista, una joven amargada fácilmente reconocible
en nosotros mismos, encarnada efectivamente por la actriz Nausicaa
Bonnín, Aparecidos de Paco Cabezas, y la noruega Yatzi
de Katya Eyde Jacobsen fuera de concurso.
24 Horas Nórdicas
Otras de las
iniciativas interesantes de esta edición fue la dedicación de una
sección a los cortometrajes escandinavos, que en los últimos años
han destacado con luz propia en las secciones en las que han
participado en este mismo festival. La escena nórdica es un espejo
obligado en el que se deberían reflejar todo aquel que quiera
dedicarse a esto de la realización en este país.
Así pudimos
volver a disfrutar de un premiado del año pasado como Sröltormar
(Rattlesnakes) de Hafsteinn Gunnar Sigurdsson o descubrir
otras nuevas joyas como Blodsostre (Blood Sisters) de la
danesa Louise N.D. Friedberg o técnicamente imposibilidad de Aret
Gjennom Borfjord (A Year along the abandoned road) de Morten
Skallerud o incluso el guiño que se hace a sí mismo Lars Von Trier
en Occupations.
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