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NEORREALISMO HOY:

EL CINE DE TEMÁTICA SOCIAL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Marcos Ripalda

 

“Tender hacia la sencillez supone tender a la profundidad de la vida representada. Pero encontrar el camino más breve entre lo que se quiere decir y lo realmente representado en la imagen finita es una de las metas más arduas en un proceso de creación. Tender a la sencillez supone una atormentada búsqueda de la forma de expresión adecuada para la verdad que ha conocido el artista.” (Esculpir el tiempo. Andrei Tarkovski)

 

“Lo más admirable de lo fantástico es que lo fantástico no existe, todo es real.” (André Breton)

 

La cita del cineasta ruso Andrei Tarkovski habla de su concepción fílmica: captar con la mayor sencillez la verdad del mundo. Acceder a esta verdad es lo que también pretendían los directores neorrealistas y lo que aún hoy algunos cineastas persiguen. Porque el hombre necesita explicarse el mundo. Y la mejor forma de explicarlo es convertirlo en objeto, en película.

 

El neorrealismo italiano supuso un nuevo modo de entender el cine desde una postura más humilde y con un estilo más comprensivo. Las películas neorrealistas contenían fragmentos de la vida misma y desvelaban el misterio de las acciones y las cosas en su contexto natural. El neorrealismo posibilitó, gracias a su énfasis en la función social del cine, que surgiesen otras tendencias fílmicas como la Nouvelle Vague, el Free Cinema o el Cinema Novo de los años sesenta. Estas escuelas tomaron como modelo el cine de parámetros (neo)realistas y operaron diversas transgresiones a partir de éste. El último movimiento/variación de la estética/temática realista ha sido el Dogma’95, que reivindica desde los países del este y el norte de Europa muchos de los parámetros neorrealistas.

 

El cine neorrealista traspasa los límites de la península italiana y se adapta a las circunstancias sociológicas de cada momento. Hoy día, puede decirse que el calificativo de “cine neorrealista” ha cambiado por el de “cine social”. Se trata de un cine de implicación social a la manera de Ken Loach, Walter Salles o Nanni Moretti, que reflejan la realidad contemporánea en la que viven. Estos cineastas, a diferencia de la mayoría de los directores neorrealistas, que tuvieron que soportar regímenes dictatoriales, pueden comprometerse plenamente con el discurso histórico-político de su época. Tras la caída de gran parte de los regímenes autoritarios y el advenimiento de las democracias, el cineasta posee una mayor libertad de opinión, lo que implica una mayor libertad de acción. El cineasta (neo)realista actual se enfrenta a las nuevas desigualdades de las democracias. Y son precisamente esas desigualdades, como antes las miserias generadas por la Segunda Guerra Mundial, las que plasman en su cine, con una clara intención de denuncia social o simple constatación de unos hechos que se configuran como reductos de la “memoria histórica”.

 

A pesar de la vigilancia a la que los cineastas neorrealistas estaban sometidos, en la mayoría de sus obras la denuncia social trasciende de sus propias imágenes. En este sentido, todo filme es político en mayor o menor grado, pues narra una visión de la Historia. A este respecto, el artículo de Cine político: la reivindicación de la memoria, de Héctor J. Freire (recogido en la página http://www.topia.com.ar/articulos/memoria-freire.htm), es extraordinariamente revelador. A continuación ofrecemos unos extractos del mismo:

 

“El poder de un filme consiste en que da al espectador la sensación de que está siendo testigo ocular de los acontecimientos, pero ése es también el peligro que conlleva este arte, pues dicha sensación es ilusoria. El director manipula la experiencia, y no sólo le interesa lo que realmente sucedió, sino también contar una historia que tenga una determinada estructura. En este sentido todo filme es político, y un vívido recordatorio de la tensión existente entre la idea de drama y la de documento, entre el anticlímax y el carácter cuestionable del pasado, y la necesidad del director de adoptar una determinada forma. El argumento esencial es que todo cine político constituye un acto de interpretación, como todo filme histórico es una interpretación de la historia. Recordemos que el término historia remite a los hechos pero también al relato de los mismos. No hay historia sin relato de la historia. El cine político contesta a la política del olvido con una reivindicación de la memoria, y la movilización de valores significativos. De ahí que todo cine político es en cierta forma axiológico. Lo esencialmente político del cine, será aquello que conmueva las certezas construidas a lo largo de la historia. Una eficaz denuncia contra el proceso de institucionalización de las representaciones.”

 

“(…) En la actualidad, por lo general, el cine político tiende y se ha deslizado hacia la lucha por los derechos humanos, las denuncias ambiguas contra la guerra, la integración social de marginados sociales, minusválidos físicos o psíquicos, más que proponer cambios radicales en el sistema político. Por consiguiente, no se trata tanto de hacer análisis estructurales acerca del sistema político existente cuanto de miradas concretas sobre realidades más inmediatas. Por cine político se puede entender, entonces, el corpus de películas que reflejan situaciones y conflictos representativos de una época y un espacio concreto. Frente al cine concebido sólo como espectáculo de entretenimiento, de historias tranquilizadoras y de final feliz, este cine exige la toma de postura del espectador que, de ningún modo puede permanecer indiferente ante imágenes frecuentemente provocadoras. En el cine político la mirada sobre la realidad posee un fuerte compromiso ético y una empatía con los personajes que soportan distintas situaciones de injusticia, de desprecio y marginación, por ello el político es un cine que no renuncia al mensaje, lo que suele producir ciertos rechazos entre cinéfilos y críticos que consideran que el cine no debe instrumentalizarse al servicio de ninguna causa. Postura que no deja de ser también una posición política, como la tan mentada frase postmoderna del fin de la historia o la de la muerte de las ideologías (…)”

 

Una de las diferencias esenciales entre el neorrealismo y el cine social actual es que en el primer caso se pretende ofrecer un relato como verdad. El cine neorrealista, hasta la irrupción de autores como Fellini o Antonioni, que vinieron a subvertir los esquemas narrativos clásicos y del propio cine (neo)realista, trata de “hacer creer” al espectador que no existe un mecanismo fílmico previo que ordena los materiales de la realidad, sino que eso que el espectador ve es la realidad plasmada sin artificios. La realidad ficcionalizada es concebida como realidad verdadera. Sin embargo, está claro que no podemos resumir el cine neorrealista como el simple acto de poner la cámara delante de la realidad. El director posee una mirada particular y un dominio de los mecanismos ficcionales, que es lo que ayuda precisamente a que aflore el realismo del filme. El rodaje en exteriores no es un factor de realismo determinante por sí solo, sino que hay que añadir un factor social al decorado para que éste se transforme. El cine neorrealista es, a pesar de haber roto con muchas de sus convenciones, profundamente clásico, pues el director ha ido borrado las señales de su enunciación fílmica. El cine posclásico, en cambio, no hace desaparecer esas marcas, sino que las inscribe en el propio discurso de la película.

 

Hoy, el director de películas de temática realista construye sus relatos con plena conciencia de que son ficciones, invenciones, y no le importa reconocerlo. No por eso su cine es menos real. Lo que sí puede establecerse es un realismo formal, que se apoya en la equiparación del tiempo real y del tiempo fílmico, mediante el uso del plano-secuencia en detrimento del montaje (y el uso de la profundidad de campo), lo que permite que las acciones no sean recortadas para agilizar la narración.

 

El director iraní Abbas Kiarostami consigue fusionar la realidad y la ficción, creando falsos documentales en los que la aleación realidad-ficción está justificada desde el momento en que muestra al espectador cómo lo hace. Kiarostami enseña los artificios de la ficción que construye y es plenamente consciente de que no puede atrapar la realidad, pero es esa pretensión la que constituye la belleza de sus filmes. Kiarostami realiza un minucioso trabajo de análisis de la situación de Irán a través de pequeñas anécdotas morales y de situaciones concretas y circunstanciales. El cineasta construye sus filmes con plena conciencia de los artificios empleados, pero no por ello lo que muestra es menos verdad. Es sencillamente una forma de la verdad, su verdad. La subjetividad del artista siempre condiciona la elección y la reorganización de los materiales expresivos. La apariencia de realidad no puede concebirse sin intervención alguna del cineasta, que elabora un discurso orientado a hacer comprensible esa nueva realidad definida por el aparato fílmico. En su filmografía destacan muy especialmente: A través de los olivos (Zire darakhatan zeytan, 1994) y El sabor de las cerezas (Ta’m e guilass, 1997).

 

Además, coincidimos plenamente con Bazin cuando señala que respetar la realidad no significa acumular apariencias, sino más bien despojarla de todo lo que no es esencial, llegar a la totalidad en la simplicidad. Esto es lo que hacía, por ejemplo, Roberto Rossellini, y lo que hacen actualmente, directores de la talla de Michael Winterbottom, Per Fly o Michel Haneke. Entre los directores españoles podemos destacar a Icíar Bollaín, Fernando León de Aranoa, Benito Zambrano y Pere Joan Ventura, que consiguió el Goya al Mejor documental en el 2003, por El efecto Iguazú.

 

El neorrealismo italiano contribuyó poderosamente a la incursión de las historias cotidianas y los personajes marginados de la representación clásica en el imaginario fílmico. Luis Buñuel dijo que la única aportación interesante que había traído, no el neorrealismo, sino el guionista Cesare Zavattini, era la elevación al rango de categoría dramática del acto anodino. En este sentido apuntan filmes como Lejano (Uzak, 2003), del cineasta turco Nuri Bilge Ceylan, que consiguió el Premio del Jurado en el Festival de Cannes; Historias mínimas (2002), una pequeña joya dirigida por el argentino Carlos Sorin, que obtuvo el Premio del Jurado en el Festival de San Sebastián; Elephant (2003), una desasosegante reconstrucción de la violencia en un instituto, escrita y dirigida por el estadounidense Gus Van Sant, que obtuvo la Palma de Oro a la Mejor Película y el Premio a la Mejor Dirección; o El abrazo partido (2004), dirigida por el argentino Daniel Burman, que ganó el Gran Premio del Jurado en el Festival de Berlín.

 

La aceptación del cine social en España no es ninguna novedad. La industria cinematográfica española se ha decantado a lo largo de su historia por filmes de temática social, aunque las coproducciones con otros países han permitido, por un lado, la internacionalización del modelo realista autóctono; por otro, el auge de un cine más espectacular, con contenidos más simples.

 

El cine de temática realista se caracteriza por la producción independiente o de autor, de bajo presupuesto e involucrado con alguna causa en particular. En este sentido apuntan filmes como Los lunes al sol (2002), de Fernando León de Aranoa, que muestra la tragedia del paro, tras la reconversión/cierre de una fábrica, y que cautivó al público en el Festival de San Sebastián de 2002; y Te doy mis ojos (2003), de Icíar Bollaín, que narra una historia de malos tratos, y que fue la gran vencedora de los Premios Goya 2003.

 

Con el gran boom cinematográfico latinoamericano y el auge del género documental, las producciones realistas en habla hispana presentan un futuro muy alentador. A continuación proponemos una revisión de algunas películas españolas de impecable factura e influenciadas por la temática (neo)realista: Calle Mayor (1956), de Juan Antonio Bardem, que nos habla de gente que se aburre como los vitelloni de Fellini; La caza (1965), de Carlos Saura, que narra un ajuste de cuentas entre buenos amigos; Las bicicletas son para el verano (1983), de Jaime Chavarri, sobre las dificultades de una familia madrileña en la Guerra Civil española; Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto (1995), de Agustín Díaz Yanes, un thriller social ambientado entre México y España; Solas (1999), de Benito Zambrano, que enfrenta los buenos sentimiento con la crudeza de la vida ; y Aunque tú no lo sepas (2000), de Juan Vicente Córdoba, basado en el cuento de Almudena Grandes, El vocabulario de los balcones, que narra el reencuentro entre dos vecinos.

 

La realidad pura no existe. Hay una realidad por cada mirada, por cada cineasta. Si la realidad no es una, no puede haber un cine objetivo. Cuando el cineasta encuadra la realidad con su cámara la está transformando. El hecho de mirar condiciona la realidad. El inicio del cuento Los días pasan, de Stenzes Bantê, resume magistralmente la idea que ya adelantamos en la cita de Breton: “Miramos por la ventana. Elsa y yo. Ella ve un muro de hormigón calcinado por el sol. Yo sólo veo un muro blanco. Un muro corriente. No entiendo por qué dice que es un muro calcinado por el sol. Le digo que es un muro blanco con desconchones. El sol, me dice. Yo creo que voy a derretirme en el sofá”.

 

(Este texto se ha extraído del capítulo VII del libro El neorrealismo en el cine italiano. De Visconti a Fellini. Editorial EIUNSA, Madrid, 2005.)

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