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Texto:
Ruth Bautista
Existe una razón para ver Dexter y se llama Michael
C Hall. De hecho, es casi la única razón para hacerlo.
Porque Dexter no es A dos metros bajo tierra,
a pesar de contar con Michael (alias David Fischer) o con Michael
Cuesta en la producción y dirección de algunos capítulos, ni es
CSI Miami, aunque sea una serie de policías basada en dicha
ciudad (que digo yo, puestos a “inspirarse” en CSI lo suyo sería
haberlo hecho en Las Vegas), ni es Los Soprano, aunque el
protagonista sea un asesino en sus ratos libres.
La serie está narrada en primera persona, al estilo del
pastel de Anatomía de Grey o de la estupenda Sexo en Nueva
York, introduciéndonos por la vía fácil en la cabeza de un
asesino en serie que lleva una doble vida. A priori éste es uno de
los atractivos de la serie, el atrevimiento de convertir a un
asesino en alguien con quien el público empatice. Pero para ello se
utiliza el truco más viejo del mundo: la justificación moral,
constante y repetitiva, con flashbacks en todos los episodios
en los que aparece hasta la saciedad el arquetipo de Pepito Grillo,
en este caso, Harry Morgan, (James Remar, otrora indecente
millonario en Sexo en Nueva York) aquí padre adoptivo del
protagonista, quien se encarga de recordarle en todo momento que los
asesinatos son en bien superior de la comunidad. Y esto es lo que
convierte a Dexter en una serie algo mediocre, dirigida al
gran público, bastante ocluso de mente según los creadores, y aleja
la serie de otras que marcaron historia en la televisión, como A
dos metros bajo tierra, Sexo en Nueva York o Los
Soprano por romper todas ellas con los convencionalismos
sociales y moralinas establecidas en un salto sin red, ni escudos,
ni guardaespaldas. Pero es que Showtime no es la HBO.
Una de las mayores deficiencias de la serie es no contar
con un solo secundario que merezca la pena. Y eso que son pocos: la
hermana corta de miras, la novia boba y sosa (¿no es una Ruth
Fischer joven?), la jefa insoportable e igual de estúpida que la
hermana y dos o tres compañeros de trabajo insulsos. ¿Es tan difícil
crear personajes inteligentes e interesantes?
Por el contrario, uno de los puntos fuertes de la serie es
su estética (aunque ¿qué serie americana del momento tiene una mala
estética?), desde los títulos de crédito, una adaptación poco
discreta de los de A dos metros bajo tierra, hasta la
fotografía y dirección, que presenta una ciudad acalorada,
grasienta, cargada y repleta de cubanos.
A pesar de los puntos flojos de la serie, como decía al
comienzo seguiremos viendo Dexter por la inconmensurable
presencia de Michael C Hall, capaz de dar peso y valor por sí solo a
una serie que de otro modo sería mediocre, moviéndose en las aguas
de la ambigüedad consigue rescatar al personaje de Dexter Morgan y
situarlo en un plano muy superior al creado por los guionistas, para
quienes la ecuación: serial killer + sangre + sexo (posiblemente los
pilares del entretenimiento de una parte de la cultura popular
americana) se corresponde con un éxito de audiencia asegurado. Por
estos lares necesitamos algo más, ese extra que nos aporta el
magnetismo de un actor tan peculiar como talentoso, ambiguo,
misterioso e indefinible.
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