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Texto:
Marcos
Ripalda
Les ubico. Gran Bretaña. Europa. Dicen algunos que no. Estamos en el
año 2001. Después de la venida de Cristo. Se emite en Radio 4 de la
cadena BBC el programa Little Britain. La audiencia se monda. Gente
que tiene ojo y poder decide adaptar el programa al formato
televisivo. En la BBC Three se emiten ocho episodios. Suena la
campana. Por calidad. Por obscenos. La serie se traslada a BBC Two
y, posteriormente, se encarama a la parrilla de BBC One, pero con
restricciones, claro, en algunos de sus sketches, que, como es la
number one, priman los valores conservadores, valores en los que
esta serie se caga, cierto, pero es lo que tiene lo de ser
conservador, que el humor, en muchos casos, se toma a broma y hasta
no se le da importancia.
Little Britain se ha convertido en una serie de culto y muchas de
las expresiones de sus protagonistas se utilizan en la calle. Su
humor políticamente incorrecto, en la tradición de Monty Python,
Curry and Chips o Benny Hill, alcanza cotas de obscenidad
preocupantes, cosa que a un servidor le parece estupendo. Nada de
medias tintas. Estos te arrojan el tintero y al escribano detrás. Si
te parecen fuertes algunas expresiones de Omaita, tienes que ver
cómo se las gastan el amigo gordito y su amigo el alto. Ambos se
meten en la piel de infinidad de personajes, a cada cual más
extremo: el asistente sarasa del primer ministro, enamorado hasta el
tuétano de éste; la
macarra-madre-adolescente-carne-de-cañón-de-la-asistencia-social; el
amigo jeta y el sufrido freakie de corazón inmenso, la gorda
hipócrita que dirige una reunión de gordos que no quieren serlo, el
mariconazo de boquilla que lucha contra las musarañas de su propia
psicosis, etcétera.
La productora HBO ultima la versión norteamericana de la serie.
Probablemente haya mucha manteca que untar. Tiembla América.
Yes, but no, but yes, but no, but yes...
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