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Texto:
Marcos
Ripalda
Vale, una madre que vende hierba. Imaginas a la tuya haciéndolo. Por
el bien de la familia. Porque de algo hay que vivir. Prometedor
inicio, sí señor, que en esto de crear sólidos argumentos y, sobre
todo, mantenerlos al pie del cañón, temporada tras temporada, los
norteamericanos nos llevan setenta y siete vueltas de ventaja.
Porque se ríen de ellos y muestran sus miserias y no les importa,
porque sus miserias y sus virtudes, sus hallazgos y sus meteduras de
pata, venden, y, por cierto, enganchan, mucho, de verdad de la
buena.
Agrestic. Un barrio residencial en California. Con ese clima, buenos
cogollos, fijo. Primer capítulo. Tras los títulos de crédito y la
repelente y hasta adorable, por repetición,
sintonía “Little
Boxes”, de Malvina Reynolds, una reunión de madres de alumnos y
alumnas para estudiar la conveniencia o no de vender bebidas
azucaradas en el campus. Una preocupación de lo más habitual. Y ahí
tenemos a
la viuda
Nancy Botwin, interpretada por una sensacional Mary
Louise Parker, que con esa cara de yo-no-he-sido
te conquista a los pocos minutos, ay, pero esta señora no tiene nada
que hacer cuando descubres a la actriz Elizabeth Perkins,
que da vida a la presidenta de la Asociación de Padres de Alumnos,
la madre perfecta, supervisora de los valores morales de la
comunidad, preocupada por la gordura de su hija, a la que su marido
la engaña y ella, si crees que se va a quedar quieta, es que no la
conoces. La única persona cuerda de Agrestic, pese a todo.
La vida típica. Ja. La vida típica no existe. Míralos. Pero Weeds
no es original por mostrarnos algo que todas las familias saben,
menos algunas de derechas y de izquierdas, éstas últimas camufladas,
las peores, de “modernitis aguditis”, o sea, facha-da de cal y a
otra cosa, mariposa, sino por su nula pretensión de ofrecer una
moraleja o una lección de vida, que tanto gustan al patio, porque a
la gente hay que darles vaselina cerebral para que las neuronas, uy,
se resbalen al intentar agarrarse a los filamentos del sentido
común, que, a lo mejor, se fue de viaje, o lo enterraron a dos
metros bajo tierra, juzguen ustedes mismos.
Leo en la Wikipedia un comentario de una prestigiosa publicación de
los Estados Unidos de América. El comentario es el siguiente: “Aunque es una comedia, con tintes de humor negro, su
sobrecogedor argumento es una lucha por la supervivencia”. Y me
parece un comentario acertadísimo. Sí, aquí nadie se muere de
hambre. Pero hay otros problemas. Te acostumbras a un nivel de vida
y quieres mantenerlo. Si tienes que vender hierba, lo haces. Además,
casi siempre, lo que ocurre de puertas adentro es más interesante
que lo que ocurre fuera, menos en las familias privilegiadas, ya
está dicho, que hacen como que no.
Weeds,
que se
emite en Canal Plus y Cuatro, tiene un éxito moderado, si la
comparamos con House o Perdidos. En cualquier caso,
la verosimilitud es lo de menos. Habla de cosas que
importan. Y reírse no es malo, ni necesariamente bueno o correcto,
claro. Una madre convertida en vendedora a domicilio de marihuana y,
encima, preocupada por la calidad del producto. Esto es una parte
minúscula de
la cara oculta de la pesadilla americana.
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