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Texto:
Marcos
Ripalda
Una novela acorde con los tiempos que corren. Demasiado acorde.
Pero, ¿se puede ser “demasiado acorde”, acertar de pleno? Sí, hasta
cierto punto. Que el tipo la clava, ay, y luego le da por hacer
literatura de género y se cae se cae se cae. O sea, un magnífico
setenta y cinco por ciento de soeces inspiradísimas en un desarrollo
previsible y con desenlace equivocado o menos acorde que el acorde
mencionado en las primeras líneas.
El mundo de la publicidad. Creativos que se drogan (típico), que
llegan tarde a las reuniones por convicción (obvio), campañas
millonarias (obvio), talentos desperdiciados (cuestionable), sueldos
astronómicos (imaginable), convenciones y festivales del humor
(comprensible), fiestas (obvio), aguafiestas (más aún) y, ¡alehop!,
agítese sin precaución y sírvase en formato best-seller,
subproducto pospop de la era ipod. Otra maniobra más para vender.
Tan buena como la que no pensaste y que siempre se le ocurre a otro,
lo tenías en la punta de la lengua, sí, oportunidad menos, cachete
en el culete. Escribes, como Beigbeder, para que te echen, pero no
te echan o sí que lo hacen pero no te sale el cuento. Escribes para
tener publicidad, porque conoces los entresijos y mollejas de la
profesión, y conoces a un editor o te conocen a ti, que no es lo
mismo.
Todo muy casual. Al final, el autor, tú mismo, el otro y el
de la moto sois un (sub)producto más. Y hay algo de navajazo
filosófico en esto. El asunto, pibe, es decir lo que piensas y no
vestirte de otro. Ser uno y no espejo de lo que quisiéramos
reflejar, pues lo que damos es una imagen más bien triste, incluso
vestidos de Prada y con gafas de titanio, ligerísimas, carísimas,
ultimísimas hasta que la aguja del reloj apunte a menos cuarto y
llegues tarde, otra vez, que como eres alguien ocupado te lo puedes
permitir.
13,99 euros
se disfruta, qué duda cabe, y que hasta te hace pensar más de nueve
segundos y medio en algunas de las 3.000 mil trolas que te están
colando las 24 horas, 365 días al año, estés en Pekín, en tu casa o
en medio de la Antártida comiéndote un calipo. La publicidad, pibe,
está en todas partes. Sí, hay afortunados y afortunadas cuyas
empresas generan 500 euros de beneficios cada segundo. Pero lejos de
desalentarnos, nos regodeamos en las desgracias de los que tienen
pasta en cantidades astronómicas. Porque está claro: nunca estamos
satisfechos del todo. Ay, pero no te preocupes, mira a tu alrededor.
No te desfases. Consume. Yo ya lo hago.
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