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Texto:
Marcos
Ripalda
Esta recopilación
de relatos recupera veintiún cuentos publicados anteriormente,
revisados y corregidos por el autor, y diez nuevos.
Wolff, junto a Richard Ford y Raymond Carver están considerados los
padres del “realismo sucio” norteamericano, con permiso de Hemingway.
Desde luego, Wolff, que sobrevivió cuatro años a Vietnam, o sea, que
vivió para contarlo, y, añado, puede contarlo, tiene sobrados
motivos para escribir exprimiendo sus propias experiencias, material
de primera. Además ha trabajado como reportero, vigilante nocturno,
camarero y ha desempeñado un largo etcétera de oficios. Hoy da
clases de escritura creativa en la Universidad de Stanford
(California). Todo está en su sitio.
En su búsqueda
del cuento perfecto, aunque más bien habría que decir: en su
frecuente abrazo con el cuento perfecto, Wolff nos dice que es
posible escribirlo y, por consiguiente, leerlo, siempre que, según
sus propias palabras, “sientas que (el cuento) está en armonía con
tu sentido de la vida. Que capture algo”. Esto no sólo suena bonito:
es que es la pura verdad. Cuando lo logras, y ahí está lo
complicado, le das al lector una pieza del puzzle de cualquier vida
posible, y así él puede contribuir, por empatía, con la suya, o no
contribuir en absoluto pero exclamando para sí: “Vaya pedazo de
cuento”. De cuentos perfectos rebosa Aquí empieza nuestra
historia: “Avería en el desierto”, “El hermano rico” o
“Cazadores en la nieve”, que, por cierto, además de ser
extraordinario como cuento, convendría trasladarlo, si alguien no lo
ha hecho ya, al cine. En esta pieza de orfebrería, los diálogos de
los personajes, cargados de emociones primarias, no tienen apenas
contenido, lo que los lleva a una situación límite absurda, aunque
no por ello menos real y dolorosa. Wolff consigue de esta forma
mostrar la imposibilidad de entendernos con el otro y, por supuesto,
de la incapacidad de comprendernos a nosotros mismos.
Los relatos de Wolff suelen narrar descubrimientos. Para bien o para
mal. Van de lo impreciso a lo concreto en un trayecto que tiene su
nudo y su desenlace y hasta más nudos de los que debiera; en
principio, para quedar bien atado, que no se escape nada, aunque
sean pocas páginas y mucho haya que contar. Y siempre lo que queda,
ojo, es algo inesperado y que desemboca en ese algo distinto,
imprevisible que Wolff descubre y muestra. Por ejemplo, “En el
jardín de los héroes norteamericanos”, el relato que abre este
volumen, narra a la perfección el trayecto que lleva a una profesora
a rebelarse, después de haber callado mucho, tras una falsa
propuesta de trabajo.
La elección del relato como forma narrativa
es ideal, según el propio autor, “para captar las
sutilezas, las fracturas, el desarraigo propio de la vida
norteamericana. También es la forma más cercana a lo que hacemos
naturalmente cuando describimos nuestras experiencias: contamos
historias breves. No contamos novelas”. Y no sólo de los
norteamericanos, añado.
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