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Texto:
Ángel Muñoz
No solamente los amantes de la poesía, sino
cualquiera que tenga un alma sensible, debería estar agradecido a
Estelle por regalarnos esos rayos de sol entre la bruma que son sus
versos. En este segundo título de la autora, nos encontramos con el
mismo estilo que en el ya reseñado 27
Paraguas, el canto luminoso y certero a lo cotidiano; en
esta ocasión si cabe más focalizada en el amor y desde el amor, en
todas las vivencias y consecuencias que lo rodean; y en las
sensaciones puras y duras, en los estados del alma. Pocas veces se
podrá sentir reflejada en un poema la desazón que a todos nos ha
agarrado alguna vez de vértigo ante la desolación de un paraje sin
nombre como en “Podría Ser Cualquiera”; o la paz interior y el
sosiego de una noche vacía y fresca en “Todo Bien”. La desesperanza
de días monótonos de lluvia atrapados en el sofá de una relación
agostada: “Adivino tus destiempos / rebobinando tus proyectos de
maleta que no cierra porque / lleva demasiados trastos”.
Deslumbrante. Y uno de los versos que se me ha quedado dentro, en
“Otoño”: “hoy no sé hacer otra cosa / que pillarme los dedos en tus
puertas”. Es magnífico, tan simple, tan redondo y tan certero.
Estelle es una francotiradora de la belleza, dando siempre con la
palabra exacta. La sensación de amanecer tras una noche agridulce,
de feria, de limbo emocional, de estar en tierra de nadie, en
territorio del sol, en tierra de lunas, “Otra noche de feria entre
dos callejones sin salida”. ¿Y nunca os habéis sentido solos entre
la multitud? Tan solos que ni siquiera os encontráis a vosotros
mismos: “Sola / Elefante en tierra / entre inmensos edificios. /
Calle abajo / respirando el oxígeno de las farolas.” Maravilloso
cierre de este Ciudad de Elefantes, el poema homónimo.
Prologado por Luis Alberto de Cuenca e ilustrado
fantásticamente por Cristina de Cos – Estrada, en 64 páginas,
Estelle nos entrega veintiséis ráfagas de sentimientos desnudos, de
flashazos directos al alma que nos harán aflorar una sonrisa
melancólica pensando cuán adentro nos ha tocado su dedo.
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