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Texto:
Marcos
Ripalda
Por fin, una editorial española, Lumen, se decide a
publicar The first forty-nine stories, los primeros cuarenta
y nueve cuentos del Nobel estadounidense, Ernest Hemingway
(1899-1961), antología que el propio autor hizo en 1938. En este
volumen hay buenos cuentos y cuentos no tan buenos. Punto. Y esto,
queridos, me ha hecho enemistarme con su autor.
Les cuento. El viejo y el mar (1952), además de
ser una novelita extraordinaria, debería ser de obligada lectura
para aspirantes a escritores, así que tomen notas las escuelas de
futuros y futuras Allendes y Pradas. En fin, es recomendable, para
cualquier lector, escriba o no. La novela Adiós a las armas
(1929) es una obra maestra que posee unos diálogos tan
cinematográficos que cualquier guionista se daría con un canto en
los dientes. Tal vez, por esta razón, ha sido llevada al cine
multitud de veces. Fiesta (1926) es un delicioso cuaderno de
viajes para ver y entender una ciudad, Paris, y una época en la que
fue la capital del mundo. Y están, para colmo, esos cuentos inéditos
que encontré en una biblioteca del barrio de Orcasitas, todo un
hallazgo, y entre sus piezas, la maravilla titulada “Supongo que
todo nos recuerda algo”, que es el cuento que yo querría escribir y,
como yo, imagino que un ciento. Bien. Y a qué viene este
circunloquio. Vamos por partes. Hace un par de años viajé a Nueva
York y busqué sus cuentos (también hice turismo, conste), pues en
España, editoriales como Seix Barral y Random House Mondadori, han
estado reeditando sus principales novelas y reportajes, pero de los
cuentos ni rastro, a pesar de que, como bien apunta Gabriel García
Márquez, en el prólogo de este volumen, sus cuentos son lo mejor de
su producción literaria. Márquez escribe que las novelas de
Hemingway “parecen cuentos desmedidos a los que les sobran
demasiadas cosas”, aunque también reconoce que Hemingway es de todos
los autores el que más ha influido en su oficio. Por supuesto, yo no
estoy de acuerdo con lo que dice de sus novelas. Pero el tiene el
Nobel que le dieron en 1982 y una novela insuperable como El amor
en los tiempos del cólera (1985), mientras que yo escribo
relatos que se salen por la tangente de la industria, y cada vez
menos, pues les informo a ustedes, o viceversa. Total, que estaba en
Nueva York intentando agenciarme los cuentos de Hemingway y no di
con ellos ni en su patria. Así que estos cuentos reparan una falta
grave en el panorama literario disponible, aunque a mí se me
indigesten la mayoría. Y los hay geniales, ya digo, pero,
personalmente, esperaba, incauto de mí, que las puertas del cielo se
abriesen. Sí, prefiero sus novelas a esta selección de cuentos, pues
hay más que no están y, probablemente, habrá que esperar treinta
años para que vean la luz.
Hemingway escribe con músculo, es parco en las
descripciones, sus diálogos resultan sobrecogedores sin parecer nada
del otro mundo, sí, y, además, escribe sobre soldados y guerras
civiles como la nuestra, ay, la memoria histórica que nos quieren
arrebatar, y toros y cacerías interminables y parejas y rupturas y
escándalos y de un montón de cosas que, a veces, ni siquiera están,
pero que al lector se le hacen vívidas a poco que se fije o si se
fija mucho, tanto da. En este sentido apuntan escritores
norteamericanos como Raymond Carver o Sherwood Anderson. Todos ellos
cumplen con lo que el escritor argentino Ricardo Piglia expresa en
su tesis del cuento. Piglia dice que un cuento siempre contiene dos
historias. Amén.
El volumen se abre con el notable cuento “La breve vida
feliz de Francis Macomber”, que se desarrolla en África, y se cierra
con una pieza entrañable, “Padres e hijos”, que narra un
descubrimiento y una promesa.
Ernest
Hemingway se disparó un tiro en la cabeza el 2 de julio de 1961. El
día 21 de ese mes hubiera cumplido 62 años. En Cuba hay un rincón
donde el escritor se sentaba a beber. Es curioso, pero en una
encuesta realizada en 1988 por una revista literaria norteamericana,
la mayoría de la gente que se hizo una foto en ese rincón, reconoció
no haber leído a Hemingway. No es un delito, claro.
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