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Texto:
Marcos
Ripalda
Veamos. Es lo primero que leo de Palahniuk. O sea,
que no he leído el brutal best-seller de El Club de la
lucha, que permitió a su autor darse a conocer y,
sospecho, también le valió un cheque en blanco para otra media
docena de novelas, pues estamos faltos de ideas,
novedades, reciclajes varios y demás bla bla bla, y, fijándonos sólo
en Diario. Una novela hay, como en un buen aliño, un poco de
todo, ni la muy recomendable, según todas y cada una de las
reseñas que leo, Fantasmas. Está claro que lo que caracteriza
al Palahniuk de la novela que nos ocupa es su estilo contundente,
musculoso y alguna que otra frase lapidaria o dato
histórico-pictórico-caligráfico-psicológico llamativo (desde Carl
Jung a El Greco pasando por el síndrome de Sthendal y el perro de
Pávlov), intercalados muy a propósito en una historia sorprendente a
ratos y confusa en muchos, que te atrapa desde las primeras páginas
con la promesa de nuevas revelaciones. Es como estar viendo una
película de suspense con final, en cierto modo, decepcionante por
previsible. Y es que mi sospecha número dos es que Palahniuk o te
gusta o le odias, no tiene término medio. Pero el libro engancha,
conste. Lo mejor de esta novela es su humor negro, su patada en los
cojones, sí, una vez más, al american way of life. A esos
suburbs, zonas privilegiadas de clase alta que, poco a poco van
siendo tragadas por la marabunta de la odiosa clase media, que
describió Vicente Verdú en su ya clásico y excelente ensayo El
planeta americano. Congratulations. Welcome to the jungle. Pasen
y vean el auténtico bosque corporativo donde el individuo se
disuelve a favor de la muchedumbre adocenada, estúpida, feliz.
Diario. Una novela
es, parafraseando a Palahniuk, la impronta textual de éste en el
universo. Antes lo fueron sus otras novelas. Lo serán las venideras.
Una frase pintada bajo el pupitre de la clase de cuarto ce lo es. Un
cuadro de Matisse también. Lo que uno hace para bien o para mal. Eso
que se deja, se expone, se olvida, se tacha, se comete. No importa
para qué. Para el olvido. Para perdurar. Ya digo: no importa. No
existe un propósito. Perduramos. La huella y el pie descalzo están
ahí. Y es que, como señala este autor, todo nuestro cuerpo, todas
nuestras experiencias, todos los actos que realizamos en nuestra
vida forman parte de un diario que nos muestra tal como somos. Todo
lo que hacemos habla de nosotros. No podemos, por tanto,
entender realmente a los demás. Nos haría falta ese diario, y aún
así puede que no. Porque no podemos ser el otro. Los demás, y
ésta es mi tercera sospecha (compartida, supongo), son bocetos que
no llegan jamás a desarrollarse del todo. Así que, querido, no te
agobies cuando no entiendas algo. Si no entiendes algo, puedes hacer
que signifique cualquier cosa. Palabra.
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