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EL ARRANCACORAZONES

Boris Vian

Tusquets editores

Año 1991

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Esta novela es un delirio. Y hay que leerla como tal. No deja títere con cabeza. Y la práctica del psicoanálisis, que empezaba a calar por aquel entonces ¾corría el año 1953, y Boris Vian, tras el fracaso que supuso esta novela, abandonaba definitivamente la literatura para dedicarse a otras actividades de mayor calado, como componer una ópera¾, es ferozmente ridiculizada a través del siniestro Jacquemort, retrato de un psicoanalista muy particular en busca de pacientes. Pero la novela no habla sólo de esta búsqueda. Hay mucho más. Porque Vian, escritor muy capaz, tenía buen ojo para captar ese detalle clarividente que define a un personaje sin necesidad de descripciones farragosas e indigestos diálogos. En El arrancacorazones todo fluye naturalmente y, por fin, la cordura y la locura se dan la mano. Y es que en el detalle más nimio se esconde la peor de las intenciones. Vian se viste del maestro Kafka en aquellos pasajes de la obra que juegan con la posibilidad de reducir el mundo al dominio de una madre sobre sus hijos. Pero hay más. Mucho más.

 

Boris Vian fue un hombre inquieto, incansable, moderno. Como escritor ha dejado, en mi opinión, una obra maestra, la novela La espuma de los días (1946). Sus cuentos, por cierto, son bastante insulsos. Y un libro como La hierba roja (1950) es francamente decepcionante. La novela que nos ocupa, controvertida y desigual, fijó para la posteridad el estilo de su autor, donde lo grotesco, lo excitante y lo absurdo caminan juntos por un universo reconocible al que se añaden pinceladas mágicas y surrealistas. Un humor ácido, corrosivo e irracional envuelve toda la obra. Lo que importa es esencialmente lo que menos importa. Punto.

 

En su breve y excitante vida (murió a los 39 años de edad), Boris Vian, que obtuvo el título de ingeniero, se ejercitó como trompetista de jazz, inventor, locutor, cantante, traductor de novelas negras, escenógrafo, conferenciante y ensayó, como buen “patafísico”, un sinfín de marcianadas dignas de un hombre del Renacimiento. Por cierto, su vida fue una auténtica novela. Veamos un ejemplo. En 1946 publica una primera novela con el seudónimo de Vernon Sullivan, supuesto escritor norteamericano de color negro. Su nombre real figuraba como traductor de la misma. Qué juguetón este Vian.

 

 

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