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Texto:
Marcos
Ripalda
Esta novela es
un delirio. Y hay que leerla como tal. No deja títere con cabeza. Y
la práctica del psicoanálisis, que empezaba a calar por aquel
entonces
¾corría
el año 1953, y Boris Vian, tras el fracaso que supuso esta novela,
abandonaba definitivamente la literatura para dedicarse a otras
actividades de mayor calado, como componer una ópera¾,
es ferozmente ridiculizada a través del siniestro Jacquemort,
retrato de un psicoanalista muy particular en busca de pacientes.
Pero la novela no habla sólo de esta búsqueda. Hay mucho más. Porque
Vian, escritor muy capaz, tenía buen ojo para captar ese detalle
clarividente que define a un personaje sin necesidad de
descripciones farragosas e indigestos diálogos. En El
arrancacorazones todo fluye naturalmente y, por fin, la cordura
y la locura se dan la mano. Y es que en el detalle más nimio se
esconde la peor de las intenciones. Vian se viste del maestro Kafka
en aquellos pasajes de la obra que juegan con la posibilidad de
reducir el mundo
al dominio de una madre sobre sus hijos. Pero hay
más. Mucho más.
Boris Vian fue un
hombre inquieto, incansable, moderno. Como escritor ha dejado, en mi
opinión, una obra maestra, la novela La espuma de los días
(1946). Sus cuentos, por cierto, son bastante insulsos. Y un libro
como La hierba roja (1950) es francamente decepcionante. La
novela que nos ocupa, controvertida y desigual, fijó para la
posteridad el estilo de su autor, donde lo grotesco, lo excitante y
lo absurdo caminan juntos por un universo reconocible al que se
añaden pinceladas mágicas y surrealistas. Un humor ácido, corrosivo
e irracional envuelve toda la obra. Lo que importa es esencialmente
lo que menos importa. Punto.
En su breve y
excitante vida (murió a los 39 años de edad), Boris Vian, que
obtuvo el título
de ingeniero, se ejercitó como trompetista de jazz, inventor,
locutor, cantante, traductor de novelas negras, escenógrafo,
conferenciante y ensayó, como buen “patafísico”, un sinfín de
marcianadas dignas de un hombre del Renacimiento. Por cierto, su
vida fue una auténtica novela. Veamos un ejemplo. En 1946 publica
una primera novela con el seudónimo de Vernon Sullivan, supuesto
escritor norteamericano de color negro. Su nombre real figuraba como
traductor de la misma. Qué juguetón este Vian.
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