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Texto:
Marcos
Ripalda
A
Kundera, escritor, como otros muchos, dotado de la capacidad de
colocar la palabra justa en el contexto exacto, lo abstracto no le
asusta. Y si en sus novelas, auténticas composiciones musicales
dotadas de un ritmo característico, el autor extraía de lo cotidiano
un reflejo de la historia, en sus ensayos, que nada tienen de
sesudos, y sí mucho de sentido común, extrapola su experiencia como
lector y escritor practicante, para acercarnos a sus autores
preferidos y, de paso, elaborar una breve historia de la literatura
europea del último siglo. No se trata, afortunadamente, de una
simple acumulación de autores significativos que han dejado su
impronta en el devenir del universo literario, sino de la síntesis
del recorrido vital de su autor a la hora de enfrentarse a la
creación. Lo precedente le sirve a Kundera para ahondar en su
particular microcosmos temático, para reclamar su propio espacio
literario, construido de palabras-clave, como él las denomina, y de
las que nos ofrece sesenta y siete en la sexta parte del libro.
El arte de la novela
no es un reclamo para alumnos de talleres literarios ni un curso
concentrado sobre literatura europea. Kundera se limita, y no es
poco, a hablar de los otros que lo habitan, de sus lecturas
predilectas, para profundizar en sí mismo. El autor escribe con
asombrosa claridad y concisión de la importancia atribuible a sus
referentes literarios: Cervantes, Broch, Gombrowicz, Diderot,
Flaubert, Sterne, Musil, Joyce y, sobre todo, Kafka, entre otros. La
importancia de estos autores, obviamente, es indiscutible, y no sólo
por obvia.
Queden claras tres ideas respecto al futuro de la novela y sus
posibilidades de trascendencia:
1.- La novela debe despojarse de todo accesorio que la excluya de la
posibilidad de «abarcar la complejidad de la existencia en el mundo
moderno sin perder la claridad arquitectónica».
2.- El contrapunto novelesco debe ser capaz de «soldar en una única
música la filosofía, la narración y el ensueño». De hecho, «existe
una diferencia fundamental entre la manera de pensar de un filósofo
y la de un novelista. Se habla con frecuencia de la filosofía de
Chejov, de Kafka, de Musil, etc. Pero ¡trate de extraer una
filosofía coherente de sus escritos! Incluso cuando expresan sus
ideas directamente, en sus cuadernos íntimos, éstas son más
ejercicios de reflexión, juego de paradojas, improvisaciones que
afirmación de un pensamiento».
3.- Debe existir un arte del ensayo específicamente novelesco, esto
es, que «no pretenda aportar un mensaje apodíctico, sino que siga
siendo hipotético, lúdico o irónico». La novela se adentra en el
terreno del juego, de las hipótesis, de la interrogación y de la
ironía que, privando al hombre de certezas, le revela el mundo como
ambigüedad. Y para que no quede ninguna duda, una reflexión sobre la
ironía, tan presente en las obras de este autor: «La
ironía irrita. No porque se burle o ataque, sino porque nos priva de
certezas revelando el mundo como ambigüedad».
Muy recomendable el discurso de agradecimiento de Kundera por el
Premio Jerusalén recibido en 1985 y que cierra este volumen.
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