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EL MÁS ALLÁ

VV. AA.

Ediciones Beta

Año 2007

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Ya lo dice el refrán: “La ignorancia es osada”. Y disculpen esta somanta de palos, de verdad. Que hay escritores consagrados que también escriben con el culo, con perdón.

 

Está claro que no debería ser yo el que hiciese esta reseña, pero así están las cosas. Ahora mismo lo entenderán. Uno de mis relatos, “Lentejas”, relato que considero aceptable, aunque no maravilloso, está seleccionado y, claro, son ganas de tirar piedras sobre el tejado de uno. Y es que, aparte de topicazos, el libro, que es muy digno, qué duda cabe, y hasta valiente, porque cede un espacio para los que comienzan y los que podían haberse ahorrado ese comienzo, ya me entienden, porque escribir correcto es lo mínimo, sí, prueba superada, pero el ejercicio de la literatura no tiene nada que ver con lo que ofrecen la mayoría de las piezas aquí recogidas. Un buen cuento no es el que está peor o mejor escrito, que también, sino el que cuenta de la forma adecuada una historia. Tono, ritmo y algo que contar. Pero nos topamos con relatos de principiantes, de narradores que se ponen a escribir y se pasan por el forro lo poco que hayan podido sacar de sus carreras universitarias, sus lecturas diversas y las retahílas sectarias de los talleres de escritura que florecen en poblaciones cada vez más pequeñas. Y conste que hay material para buenas y mejores historias: vomitonas que se hacen con el control del planeta; perros abandonados que alegran la existencia de quienes los encuentran; enamoramientos no recíprocos; asesinatos; venganzas; de todo un poco, ya ven, e, incluso paralelismos ridículos aunque válidos, entre los que viven bien (trabajo, casa, familia) y poseen un frigorífico para hambrunas improbables y los que viven mal (sin trabajo, en la calle, solos), que son los indigentes de toda la vida, los que aprovechan la enorme caja de cartón de ese frigorífico, metáfora del bienestar, y que como ocupa demasiado espacio, pues se deja en la calle, que para reciclajes no está el tiempo…

 

A ver. Tanto para escribir un relato tipo soy una persona normal y me gustaría contar la historia de una niña que se pierde en el bosque y la raptan siete motoristas samuráis que se la tienen jurada al padre de la niña, como para contar la historia de nuestra abuelita que se quedó ciega cosiendo para los señoritos con el objetivo de sacar a sus catorce hijos adelante porque el padre murió, hay que: 1. Leer mucho. 2. Escribir mucho. 3. Desechar mucho. 4. Plagiar mucho. 5. Tachar mucho. 6. Cortar mucho. Obviamente, no seré yo quien diga que no se lee, pero sospecho que se absorbe poquito. Tampoco digo que no se escriba mucho ni poco ni que se deseche mucho o poco, pues no he estado en el proceso. Que se plagie, sí, se hace, pero mal. Y tachar se debe tachar poco, porque la mayoría de los relatos están poco cocidos o se han podado escasamente. Está claro que ni todo el mundo sabe escribir (un cuento) ni todo el mundo debe escribir. De hecho, ahora entiendo el porqué de que haya tantos músicos, arquitectos, pintores, soplagaitas televisivos, presentadoras pelmas y personajillos de turbia procedencia que se atreven con la publicación de sus memorias o con cuentos para niños o con libros de autoayuda porque una vez les cortaron un pecho y salieron victoriosos. Y es que, claro, esto del ejercicio de la pluma es patrimonio del que se pone a ello. Que si el charcutero del barrio o el ala pívot de ese equipo que pasó el primer playoff quieren escribir, quién va a impedírselo. Yo no, desde luego, e iniciativas como ésta, que, por cierto, recoge los relatos premiados y los finalistas del Premio Ediciones Beta de Relato Corto, vienen a confirmarlo. Así que ánimo. Y cuando vuestro amigo o amiga del alma os lea lo que ha escrito, por favor, espero que seáis sinceros, y le digáis a Manolín o a Piluca, que siga currándoselo, que está cerca, o bien que esto no es lo suyo.

 

Aplausos, eso sí, para el simpático e irreverente “Muñoz, el de la tercera planta”, de Aster Navas Martínez; “Amistad”, de Juan Carlos Fernández León, que recuerda a “Las interioridades”, del escritor sanluqueño Félix J. Palma; y “Tejolote versus Anaconda”, de Andrés Portillo González, surrealizante visión de un desigualado combate de boxeo.

 

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