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ÉRASE UNA VEZ

Margaret Atwood

Lumen

Año 2007

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Vale que esta señora de Canadá, nacida en 1939, ha aparecido, su nombre, no ella misma, claro, pues sería digno de Expediente X, en la lista de candidatos y candidatas al premio Nobel, premio que su compatriota, Saul Bellow, recibió en 1976, año en que, por cierto, nació quien suscribe. Vale que, tal vez, el volumen de cuentos recogidos en Érase una vez no es una muestra significativa del trabajo de esta autora. Vale. Y ahora pongamos un punto y aparte.

 

He leído reseñas que alaban la ironía de Atwood, que elogian su manejo de los tiempos narrativos, que se prodigan en cumplidos, que celebran el acierto del punto de vista y del enfoque mismo de cada pieza. He leído, incluso, las mismas reseñas de nuevo y ha sido entonces, no soy Spiderman, qué se le va a hacer, cuando mi sentido arácnido ha detectado el peligro. Sin ser el guardián del criterio literario, puedo aventurar que, por mucha ironía que destile, el panorama que nos muestra Atwood, además de resultar ciertamente desalentador, acaba por agotarnos. Y es que Atwood escribe aquí como una principiante con destellos de clase, qué duda cabe. Pero desgraciadamente se queda a un saltito de narrarnos algo verdaderamente interesante o, al menos, de suministrarnos ese detalle único que cautiva al lector. Vamos, que no es Carver ni Cheever ni Woolf. Que estos autores sí que sabían hablar del hastío de la pareja y de las divergencias y rutinas varias sin estrellarse en la piscina de plastilina de los lugares comunes. A favor, por supuesto, la intrigante y divertida pieza que abre el volumen, “Érase una vez”, y la cautivadora “El resplandeciente quetzal”, donde Atwood (casi) consigue una historia que aspira a mostrarnos, sin concesiones, la siempre engorrosa disyuntiva (humana) entre lo que deseamos y lo que nos conviene.

 

Lo mejor que se puede decir es que Atwood bucea en el océano Pacífico de la pareja con escaso acierto. Las perspectivas son buenas a priori, pues los conflictos de pareja como núcleo/detonante dramático siempre dan juego. Cierto. Pero no (me) consigue emocionar. Los cuentos de Érase una vez son perfectos para torpedearlos en una clase de escritura; y, valga el tópico, abundan las historias de escritores minoritarios, sean de culto o no, donde, a su vez, predominan otros tópicos bien parecidos de la metaliteratura, y bla, bla, bla.

 

 

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