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Texto:
Marcos
Ripalda
Vale que esta
señora de Canadá, nacida en 1939, ha aparecido, su nombre, no ella
misma, claro, pues sería digno de Expediente X, en la lista de
candidatos y candidatas al premio Nobel, premio que su compatriota,
Saul Bellow, recibió en 1976, año en que, por cierto, nació quien
suscribe. Vale que, tal vez, el volumen de cuentos recogidos en
Érase una vez no es una muestra significativa del trabajo de
esta autora. Vale. Y ahora pongamos un punto y aparte.
He leído reseñas que alaban la ironía de Atwood, que
elogian su manejo de los tiempos narrativos, que se prodigan en
cumplidos, que celebran el acierto del punto de vista y del enfoque
mismo de cada pieza. He leído, incluso, las mismas reseñas de nuevo
y ha sido entonces, no soy Spiderman, qué se le va a hacer, cuando
mi sentido arácnido ha detectado el peligro. Sin ser el guardián del
criterio literario, puedo aventurar que,
por mucha ironía que destile, el panorama que nos muestra Atwood,
además de resultar ciertamente desalentador, acaba por agotarnos. Y
es que Atwood escribe aquí como una principiante con destellos de
clase, qué duda cabe. Pero desgraciadamente se queda a un saltito de
narrarnos algo verdaderamente interesante o, al menos, de
suministrarnos ese detalle único que cautiva al lector. Vamos, que
no es Carver ni Cheever ni Woolf. Que estos autores sí que sabían
hablar del hastío de la pareja y de las divergencias y rutinas
varias sin estrellarse en la piscina de plastilina de los lugares
comunes. A favor, por supuesto, la intrigante y divertida pieza que
abre el volumen, “Érase una vez”, y la cautivadora “El
resplandeciente quetzal”, donde Atwood (casi) consigue una historia
que aspira a mostrarnos, sin concesiones, la siempre engorrosa
disyuntiva (humana) entre lo que deseamos y lo que nos conviene.
Lo mejor que
se puede decir es que Atwood bucea en el océano Pacífico de la
pareja con escaso acierto. Las perspectivas son buenas a priori,
pues los conflictos de pareja como núcleo/detonante dramático
siempre dan juego. Cierto. Pero no (me) consigue emocionar. Los
cuentos de Érase una vez son perfectos para torpedearlos en
una clase de escritura; y, valga el tópico, abundan las historias de
escritores minoritarios, sean de culto o no, donde, a su vez,
predominan otros tópicos bien parecidos de la metaliteratura, y bla,
bla, bla.
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