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Texto:
Marcos
Ripalda
Este libro me pone
triste. Es cierto que también llueve aquí. No solo en el corazón. Y
es que los personajes de Castán viven, sin excepción, una vida que
no les gusta y hacen lo que pueden para cambiarla o se resignan, qué
más da, ya nada puede hacerse, para qué esforzarse, y es la inercia
la que los ubica mejor o peor, en definitiva.
Los textos parecen
situarse, por el estilo adoptado, en la posguerra española (Aldecoa,
Matute, Fraile, entre otros), aunque mencionen Tomates verdes
fritos, que es una película contemporánea, pero no tanto.
Historias tristes que lo acercan al buen hacer de Luis Martín Santos
o Miguel Delibes; historias, por tanto, desesperanzadas, donde la
luz, si se filtra, es amarillenta, y en el descansillo huele a
puchero y sobaco y siempre se pasea un gato famélico y la vida es un
negativo de la vida, y si algo bueno sucede, siempre lo hace en otro
lugar, qué bueno es saberlo para no estar, irse lejos. Muchos de los
personajes que desfilan por estas páginas son cobardes patológicos y
a lo más que llegan es a marear la perdiz día sí, día también, y se
afanan en no desprenderse del recurrente “qué hubiera pasado si”.
Poco o nada de espacio deja Castán para que sus criaturas cambien
sus vacías existencias por otras que se presumen emocionantes,
aunque en el camino haya que aportar nuestro granito de arena para,
por ejemplo, hacer que descanse para siempre mamá, y no nos dejes
caer en la tentación.
El frío de vivir
que sienten estas pobres gentes no se combate con mantas y
edredones. Es el miedo a vivir y, por consiguiente, es la angustia
de no haber vivido. Es resentimiento contra el mundo. Ya sea en
habitaciones, trenes o tabernas de viejo, Castán se centra en
aquellos deseos, casi siempre frustrados, que hacen avanzar la vida.
Y es que a la hora de hacer cuentas, suma más odiar que amar. El
odio perdura por más tiempo. Apunten eso. El frío viene después.
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