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Texto:
Marcos
Ripalda
Vamos a dar un rodeo para aclarar por qué Herzog
es un obra maestra. Es absolutamente necesario. Para que no haya
dudas, y a pesar de algún que otro lugar común. Incluso así. Porque
ya nadie duda que, por ejemplo, Crimen y castigo es una de
las joyas de la literatura universal. Para mí fue la novela que
abrió el pozo. Pero para llegar hasta el agua tuve que esperar a
leer Viaje al final de la noche. Otra joya indudable. Nada
nuevo. Aún así, este rodeo tiene sentido. Porque hay que decir lo
exacto. Explicarse completamente. Si es que uno puede… Porque como
el personaje de Herzog, el hombre duda. El ser humano es un animal
que duda. Y si no duda es que no respira y puede que este muerto o
algo mucho peor. No digo que haya que dudar siempre, pero hay que
hacerlo necesariamente, a veces. Está claro que si la señal
dice STOP, uno para. Pero no es esta clase de duda que sólo
atormenta a los conductores que no deberían conducir (y que deberían
dejar que se estrellen los demás), la que nos ocupa. Es una duda,
digámoslo ya, existencial. Y una novela que se ocupa de ella y está
bien escrita siempre es bien recibida. Ahí están Camus y Sartre y
Gombrowicz paseando sus dudas debajo del sobaco. Cierto es que hay
dudas de las que emergen certezas. Herzog duda. Cristalino. Crimen y
castigo es un libro que debería leer todo el mundo (siempre que no
esté líado con el engorroso trabajo de evitar, si puede, una mina,
ya me entienden). Qué me dicen del parte metereológico. Dudamos los
que lo vemos. Porque una veces aciertan y otras no. Se entiende.
Pero a lo que vamos es que el hombre es como el clima. Cambia.
Afortunadamente. Y unas veces llueve y otras te torras. Hasta aquí
todo claro. 2666, de Roberto Bolaño, es una obra maestra.
Esté acabada o no. Importa el trayecto, el texto mismo. Porque no
hay duda de que hay novelas que se sabe que acaban, que es lo suyo,
estén terminadas o no, pero acaban mal. O sea, que tienen un final
que no convence a casi nadie. Porque habíamos puesto expectativas de
más. Porque el final es malo y ya está. No hay más vueltas. Porque
terminar es complicado. Henry James sabe acabar un relato. Pero no
todo el mundo puede ser Henry James. Así que tras algunas novelas
más, libros de cuentos y muy poca poesía, llegamos a Saul Bellow. Y,
por supuesto, ya podemos bebernos el agua del pozo y refrescarnos.
Encontramos a Herzog varado, desecho, inmerso en una
enorme crisis existencial. Para combatir esta crisis, para
explicarse, para saber, escribe cartas. Unas cartas importantes,
necesarias. Es un hombre erudito que no busca soluciones, sino
respuestas. Pero ya sabemos que la universidad no es la vida.
Herzog es la historia, además, de un fracaso. Un
fracaso enorme que ya no nos cabe en la salita de estar. Un
excedente de fracaso que ningún almacén puede albergar. Y Moses
Herzog, un profesor, un intelectual humanista, reacciona de la única
manera que sabe: escribiendo.
Herzog soy yo. Lo que le preocupa a Herzog me
preocupa a mí, aunque su vida nada tenga que ver con la mía.
Saul Bellow recibió el Premio Nobel de Literatura en 1976.
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