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HERZOG

Saul Bellow

Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores, 2008

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Vamos a dar un rodeo para aclarar por qué Herzog es un obra maestra. Es absolutamente necesario. Para que no haya dudas, y a pesar de algún que otro lugar común. Incluso así. Porque ya nadie duda que, por ejemplo, Crimen y castigo es una de las joyas de la literatura universal. Para mí fue la novela que abrió el pozo. Pero para llegar hasta el agua tuve que esperar a leer Viaje al final de la noche. Otra joya indudable. Nada nuevo. Aún así, este rodeo tiene sentido. Porque hay que decir lo exacto. Explicarse completamente. Si es que uno puede… Porque como el personaje de Herzog, el hombre duda. El ser humano es un animal que duda. Y si no duda es que no respira y puede que este muerto o algo mucho peor. No digo que haya que dudar siempre, pero hay que hacerlo necesariamente, a veces. Está claro que si la señal dice STOP, uno para. Pero no es esta clase de duda que sólo atormenta a los conductores que no deberían conducir (y que deberían dejar que se estrellen los demás), la que nos ocupa. Es una duda, digámoslo ya, existencial. Y una novela que se ocupa de ella y está bien escrita siempre es bien recibida. Ahí están Camus y Sartre y Gombrowicz paseando sus dudas debajo del sobaco. Cierto es que hay dudas de las que emergen certezas. Herzog duda. Cristalino. Crimen y castigo es un libro que debería leer todo el mundo (siempre que no esté líado con el engorroso trabajo de evitar, si puede, una mina, ya me entienden). Qué me dicen del parte metereológico. Dudamos los que lo vemos. Porque una veces aciertan y otras no. Se entiende. Pero a lo que vamos es que el hombre es como el clima. Cambia. Afortunadamente. Y unas veces llueve y otras te torras. Hasta aquí todo claro. 2666, de Roberto Bolaño, es una obra maestra. Esté acabada o no. Importa el trayecto, el texto mismo. Porque no hay duda de que hay novelas que se sabe que acaban, que es lo suyo, estén terminadas o no, pero acaban mal. O sea, que tienen un final que no convence a casi nadie. Porque habíamos puesto expectativas de más. Porque el final es malo y ya está. No hay más vueltas. Porque terminar es complicado. Henry James sabe acabar un relato. Pero no todo el mundo puede ser Henry James. Así que tras algunas novelas más, libros de cuentos y muy poca poesía, llegamos a Saul Bellow. Y, por supuesto, ya podemos bebernos el agua del pozo y refrescarnos.

 

Encontramos a Herzog varado, desecho, inmerso en una enorme crisis existencial. Para combatir esta crisis, para explicarse, para saber, escribe cartas. Unas cartas importantes, necesarias. Es un hombre erudito que no busca soluciones, sino respuestas. Pero ya sabemos que la universidad no es la vida.

 

Herzog es la historia, además, de un fracaso. Un fracaso enorme que ya no nos cabe en la salita de estar. Un excedente de fracaso que ningún almacén puede albergar. Y Moses Herzog, un profesor, un intelectual humanista, reacciona de la única manera que sabe: escribiendo.

 

Herzog soy yo. Lo que le preocupa a Herzog me preocupa a mí, aunque su vida nada tenga que ver con la mía.

 

Saul Bellow recibió el Premio Nobel de Literatura en 1976.

 

 

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