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Texto:
Marcos
Ripalda
Es imposible no sentir miedo. Porque es una recreación de
una posibilidad. Está ahí. Al alcance de la mano. Una posibilidad no
tan buena como otra, conste. Una posibilidad que se acerca montada
en un tanque. Lo arrasará todo. Cenizas. Y nuestro sentido común,
nuestra conciencia, lo que nos quieren arrebatar las criaturas que
enarbolan en nuestro país, la patria, símbolos de pájaros blancos
(¿libres?) sobre fondos azules, puede ubicar esa bendita mina
intelectual bajo las fauces de esa posibilidad y hacerla saltar por
los aires. Pero nadie mueve un dedo. ¿Acaso lo haríamos nosotros?
Demasiado preocupados por los horarios, los hijos, la hipoteca, el
compañero. El hombre es capaz de hacer las cosas más horribles
(incluso en nombre del progreso y el bien común) y también las más
maravillosas. El cuidado de los enfermos, el arte, las ferias donde
se come chistorra y se bebe vino y uno se olvida de las
preocupaciones por unas horas o unos minutos y deja de sentir esa
sensación de abandono, mientras camina junto al padre de ese niño
que sólo conoce un mundo desolado, en mitad de ese frío
inextinguible, siempre hacia delante, hacia el sur, hacia el mar, ya
llegamos, narrado con un lenguaje parco, sin concesiones, alguna
metáfora aislada, pocas reflexiones, seguir adelante. Porque La
carretera habla de la angustia en estado puro. Solos en el
mundo. Sin Dios. Imagino al último hombre vivo. No, mejor no imagino
la posibilidad. Tan cerca. La desesperanza, deshumaniza. Somos
animales. Por instinto. Protegerse del frío y la lluvia y la nieve.
Recuerdo ese relato de Jack London donde un hombre perece congelado
mientras trata de encender un fuego. Llevamos el fuego. También
dentro. El que hará más soportable el frío del corazón. El que
plantará cuartel a la adversidad. Ante nosotros, una novela de
ciencia-ficción, sí, pero es ciencia-ficción pegada con cola a los
párpados del mañana. Toda buena novela lo es. No importa la época.
Cosas que importan. Recordar el pasado para evitarlo. Punto. Somos
responsables de nuestro futuro. Aunque nadie jamás llegue a
conocerlo.
Ganador del premio Pulitzer el pasado año, Corman McCarthy está de
enhorabuena. Se acaba de estrenar el filme No es país para viejos,
basado en una de sus mejores novelas.
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