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Texto: Ángel
Muñoz
Murakami es
sin duda el mayor talento de su generación, y de lejos el escritor
japonés actual más conocido fuera de sus fronteras. Sin llegar tal
vez a la categoría de best sellers devorados por miles de lectores
ávidos que asaltan las estanterías de cualquier Carrefour, hecho que
a veces hace realmente sospechosa la calidad de la obra, sus novelas
se han hecho un hueco en nuestro mercado teniendo una numerosa
legión de fieles, que además va in crescendo con cada nueva entrega.
He leído toda
su obra, con resultado desigual. Esta, su tercera novela, me parece
con mucho su mejor libro, y en la que encontramos como mayor seña
distintiva del mismo un elemento fantástico muy común en la
literatura nipona de las últimas décadas, y muy especialmente en
nuestro autor.
En los grandes
autores latinoaméricanos del pasado siglo como García Márquez o Juan
Rulfo, se instauró con fuerza la corriente literaria del Realismo
mágico, en la que se difuminaba la línea entre lo fantástico y lo
real, invadiendo el mundo real lo puramente imaginario en una
convivencia cotidiana perfecta como consecuencia de la irrupción
teconológica de los años 60 y 70 en las supersticiones enraizadas en
el pueblo. En mi opinión, encontramos un elemento muy similar
vistiendo la literatura japonesa del mismo periodo. Cada una con sus
peculiaridades, una, la latinoamericana, mucho más colorida,
desbordante, otra, la nipona, más pesimista, más oscura, pero ambas
con esa invasión y esa cohabitación perfecta del mundo imaginario en
lo real.
Murakami
continua, tal vez desde Oé, en esa línea, heredando ese poso
fantástico e incorporándolo a todas sus novelas en mayor o menor
medida. Es esta Caza del Carnero Salvaje en la que en mayor
grado desborda fantasía. En sus novelas posteriores este elemento se
difumina hasta retomarlo de nuevo con la misma fuerza en su novela
más vendida en nuestro país: Kafka en la orilla.
El argumento es ya en si mismo un derroche de imaginación. Un
creativo publicitario arrastra una vida gris ocupada por la
presencia insufrible de sus fracasos amorosos y por su convivencia
laboral con su socio, un alcohólico incapaz de dar un paso en
ninguna dirección. Hasta que irrumpen en ella los dos elementos
determinantes de la novela. Una modelo de la que se enamora por el
magnetismo irresistible que ejercen sus orejas sobre el común de los
mortales. Unas orejas perfectas, tapadas siempre con la melena y que
descubre a modo de los poderes de un héroe de la Marvel para
subyugar a quien ella desee. Y un carnero. Un carnero que no existe,
protagonista de una foto para una de sus campañas. Un carnero
espiritual que posee a quien quiere, lo utiliza como un instrumento
a su antojo para hacer su voluntad en el mundo tangible. Un carnero
que no existe y que sin embargo ha aparecido en una foto, y provoca
la entrada en escena de una misteriosa y poderosa corporación, que
encarga a nuestro hombre la búsqueda del carnero y la localización
del escenario donde fue tomada la imagen. Ese encargo no es
gratuito, tiene un plazo y la única recompensa es no destrozar su
vida, la empresa tiene el suficiente poder no solo para dejarle sin
trabajo a perpetuidad sino para convertirle en un paria social.
Y así,
acompañado de la modelo de orejas perfectas, se lanza a una
investigación digna de las mejores novelas policíacas, sustituyendo
los ambientes del hampa por pasajes realmente estrafalarios y
surrealistas (el Hotel del Delfín y sus habitantes son realmente
inolvidables). Esa búsqueda les llevará hasta la remota isla de
Hokkaido donde se dará un desenlace magistral y sorprendente y en el
que los lectores reconocerán uno de los elementos más sorpresivos
con el que se han resuelto de manera recurrente un gran número de
películas de misterio y terror desde hace algunos años... no puedo
decir más al respecto.
En definitiva,
Murakami consigue toda una joya. Una lectura fluida, divertida,
vibrante y colorida, que bebe de la mejor novela negra revisándola
de manera fantástica con unos elementos realmente dignos del mejor
esperpento y culminándola de una manera rotunda, con uno de esos
finales redondos que consiguen que cierres el libro con una sonrisa
de oreja a oreja.
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